El Gobierno trocea el decreto de vivienda para aplacar a la izquierda e infligir un fracaso anunciado en el Congreso

La Moncloa fragmenta las exigencias del Sindicato de Inquilinas en dos decretos independientes: un paquete de compromisos asumibles y una propuesta de alquileres indefinidos abocada a ser triturada en el Congreso de los Diputados

29 de Septiembre de 2026
Actualizado a la 13:38h
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Cientos de personas mantienen una acampada en la Puerta del Sol de Madrid para reclamar medidas contra los desahucios y la aprobación del denominado «decreto Maricarmen», foto Agustín Millán
Cientos de personas mantienen una acampada en la Puerta del Sol de Madrid para reclamar medidas contra los desahucios y la aprobación del denominado «decreto Maricarmen», foto Agustín Millán 

Madrugadas interminables de negociaciones, jarras de agua vacías y un aire denso que se podía cortar con un cuchillo. La Moncloa ha vuelto a hacerlo. Pero que nadie se engañe: el tan cacareado acuerdo sobre vivienda entre el PSOE y Sumar no es un triunfo legislativo histórico, sino un truco de magia parlamentaria. Un juego de manos en toda regla.

Acorralados por el ruido constante de la Puerta del Sol y las acampadas que se extienden por medio país, en el Gobierno han preferido vender un pacto a medias vestidito de fiesta social. ¿La solución de ingeniería institucional? Dividir la propuesta en dos decretos leyes bien diferenciados. Una maniobra fina. Así, la parte izquierda del Gabinete puede sacar pecho ante las pancartas diciendo que lo ha dado todo, mientras los fontaneros del PSOE preparan el terreno para que la medida más incendiaria muera ahogada, sin hacer ruido, en la moqueta del Congreso.

Es un truco viejo que se usa cuando el socio minoritario se enroca en sus líneas rojas y el PSOE no piensa firmar algo que dinamite el mercado del alquiler o le haga saltar la investidura por los aires. Dividir para sobrevivir. Moncloa le vende a la calle una imagen de unidad que no existe, y de paso le pasa la patata caliente a los diputados. Los ministros progresistas se quedan con la medalla del intento, sabiendo perfectamente que la oposición y los socios de la derecha tumbarán el texto más radical. Cero coste para el Gobierno, toda la culpa para el Parlamento.

En el primer paquete va lo lógico, lo del día a día. Ahí meten las prórrogas de los contratos actuales hasta 2028, el freno a los desahucios de familias vulnerables hasta 2030 y el intento de meter en cintura los alquileres de temporada y por habitaciones. También añaden los caramelos fiscales para los caseros que no suban los precios, vital para que Junts o el PNV no se levanten de la mesa, deducciones para inquilinos y el blindaje permanente de la vivienda protegida. Un texto pragmático, pensado para no espantar la oferta de golpe.

El segundo paquete, en cambio, es pura pirotecnia para contentar al Sindicato de Inquilinas. Ahí dentro han colocado la bomba atómica: la renovación automática de los contratos para hacerlos, en la práctica, indefinidos. Al aislar ese dardo en un decreto aparte, el PSOE se asegura de que la ley principal no naufrague. Saben que lo de los alquileres perpetuos genera auténtico pánico entre los inversores y entre sus propios socios conservadores de investidura.

Y claro, el reparto de papeles en la presentación pública será de poema.

A la rueda de prensa saldrán tres ministros de estricto perfil socialista: Elma Saiz, Carlos Cuerpo e Isabel Rodríguez, arropados por Ángel Víctor Torres. ¿Representantes de Sumar en la mesa? Ni uno. La foto lo dice todo. Cada facción ha cogido su camino: unos a vender sensatez económica desde la portavocía oficial y los otros a defender la pureza de sus eslóganes desde fuera. Ahora bien, la hora de la verdad llegará en treinta días, cuando el Congreso tenga que votar. Y las cuentas no salen. Sin mayoría absoluta propia, el bloque de la investidura depende del milímetro de Junts y del PNV. En ese escenario, el decreto de los contratos indefinidos entra al hemiciclo ya cadáver: la derecha independentista y la nacional lo van a triturar sin pestañear. La única duda real es si el primer decreto saldrá con vida, algo que dependerá de los encajes de bolillos que logre la ministra de Vivienda con los catalanes.

Mientras tanto, en las tiendas de campaña de Sol la gente no se chupa el dedo. Al otro lado de las vallas, el activismo de base ya ha calado la jugada. Saben que la doble vía es una triquiñuela burocrática para enfriar la calle y no piensan recoger las lonas. Y esa es la lección amarga de este episodio: cuando el decreto más ambicioso sea tumbado en las Cortes y el principal quede descafeinado, el Gobierno habrá quemado un capital político enorme para terminar en la misma casilla de salida. Trocear leyes sirve para salvar un Consejo de Ministros tenso, pero no para arreglar el drama de miles de personas que buscan un techo donde dormir.

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