La confirmación de que agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos ICE estarán presentes en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán Cortina ha abierto una grieta política y simbólica que va mucho más allá de la logística de un gran evento deportivo. No se trata solo de cooperación internacional en materia de seguridad. El debate toca fibras profundas sobre soberanía, modelo democrático, uso de la fuerza y el tipo de poder que Estados Unidos proyecta hoy fuera de sus fronteras.
La Embajada estadounidense en Roma, según han reportado varios medios italianos, la presencia del ICE se enmarca en la colaboración habitual de agencias federales con el Servicio de Seguridad Diplomática y con las autoridades del país anfitrión. Oficialmente, se insiste en que el ICE no realizará operaciones de control migratorio en territorio italiano, sino tareas de apoyo en la verificación y mitigación de riesgos procedentes de organizaciones criminales transnacionales. Sin embargo, el desmentido parcial del ministro del Interior italiano, Matteo Piantedosi, no ha logrado cerrar la polémica.
Brutalidad
La controversia no nace en el vacío. El ICE llega a Europa con una reputación profundamente deteriorada. En los últimos meses, sus redadas masivas contra inmigrantes ordenadas por el presidente Donald Trump, el uso de fuerza letal en operativos internos y episodios como la ejecución de Alex Pretti por disparos de agentes del ICE han consolidado la percepción de un cuerpo que actúa con brutalidad, escaso control político y una lógica cuasi militar.
En amplios sectores de la opinión pública europea, el ICE ya no es visto como una agencia administrativa, sino como un instrumento coercitivo que entra en domicilios, ejecuta detenciones agresivas y opera con una cultura de impunidad incompatible con los estándares democráticos del continente. Esa imagen choca frontalmente con el espíritu olímpico, asociado a valores de convivencia, apertura e inclusión.
Rechazo y alarma en Italia
La reacción en Italia ha sido inmediata. Desde la oposición, la senadora del Partido Democrático Cristina Tajani ha denunciado que el ICE representa “todo lo contrario al espíritu de una cita olímpica”. Pero el rechazo más contundente ha llegado desde el propio corazón institucional del país anfitrión. El alcalde de Milán, Giuseppe Sala, rompió con el lenguaje diplomático habitual al afirmar que el ICE es “una milicia que mata” y que no se siente protegido por un ministro que trivializa su posible presencia.
Las palabras de Sala reflejan algo más que una disputa partidista. Expresan el temor de que la normalización de cuerpos de seguridad extranjeros con historial de violencia, incluso bajo fórmulas de cooperación técnica, suponga una erosión silenciosa del principio fundamental de que el monopolio legítimo de la fuerza corresponde al Estado democrático y está sujeto a controles estrictos.
Exportación del modelo Trump
El caso del ICE en Milán se inscribe en una tendencia más amplia de la política exterior estadounidense bajo Trump. La externalización de su aparato de seguridad, la proyección de agencias federales más allá de sus fronteras y la lógica de la fuerza preventiva se han convertido en rasgos distintivos de su acción internacional. Aunque formalmente subordinados a la autoridad italiana, los agentes del ICE simbolizan una forma de entender la seguridad donde el fin justifica los medios.
Para muchos observadores europeos, esta presencia no es neutra. Representa la exportación de un modelo securitario duro, moldeado por la política doméstica estadounidense, en el que la migración se trata como una amenaza y no como un fenómeno social a gestionar desde el derecho. La inquietud no es tanto lo que el ICE hará en Italia, sino lo que su mera presencia normaliza.
Juegos Olímpicos, escenario político
Los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán Cortina, que se celebran del 6 al 22 de febrero con atletas de 93 países, pretendían ser una vitrina de modernidad y consenso internacional. Sin embargo, la polémica del ICE revela cómo estos grandes eventos se han convertido en escenarios de disputa geopolítica y simbólica. La seguridad ya no es solo una cuestión técnica, sino un reflejo del equilibrio de poder y de los valores que los Estados están dispuestos a tolerar.
Italia se enfrenta ahora a una decisión incómoda. Aceptar sin matices la cooperación estadounidense puede interpretarse como pragmatismo. Pero también puede leerse como una cesión simbólica ante un socio cuyo enfoque de la seguridad está cada vez más alejado de los estándares europeos de proporcionalidad y derechos humanos.

