España sigue atrapada en una vieja obsesión muy española, confundir cantidad de trabajo con calidad económica.
Los datos de Eurostat vuelven a recordarlo con bastante crudeza. Los trabajadores españoles hacen más horas semanales que la media europea y muchas más que países como Países Bajos, Alemania o Dinamarca. Sin embargo, ninguno de esos países parece precisamente encaminado al colapso productivo. Más bien al contrario.
Mientras aquí todavía hay sectores políticos y empresariales que reaccionan ante cualquier reducción de jornada como si estuviera en juego la supervivencia de Occidente, las economías más desarrolladas del continente llevan años demostrando exactamente lo contrario, y es que la prosperidad no depende de alargar indefinidamente el tiempo de trabajo, sino de aumentar el valor del trabajo realizado.
Y ahí España sigue arrastrando una debilidad estructural que lleva décadas sin resolverse.
Trabajar mucho para producir poco
La diferencia entre España y países como Países Bajos no es únicamente laboral, tiene que ver con la productividad, con la tecnología, incluso con la cultura.
Las economías más avanzadas de Europa han conseguido combinar salarios más altos, jornadas más reducidas y mejores niveles de conciliación porque llevan años apostando por sectores de mayor valor añadido, inversión tecnológica y negociación colectiva fuerte.
España, en cambio, continúa dependiendo demasiado de actividades intensivas en tiempo y salarios bajos como hostelería, turismo masivo, servicios precarizados o pequeñas empresas con baja productividad.
Por eso aquí sigue existiendo una idea profundamente arraigada, que la competitividad se consigue trabajando más horas y cobrando menos. Cuando los datos europeos muestran justamente lo contrario.
La gran trampa de la parcialidad española
Hay además otro dato especialmente significativo. Casi la mitad de quienes trabajan a tiempo parcial en España querrían trabajar más horas. Eso significa que buena parte de la parcialidad española no responde a una elección de conciliación o bienestar, como ocurre en otros países europeos, sino a precariedad pura y simple.
No es gente que decide trabajar menos. Es gente que no encuentra trabajo suficiente.
Y ahí vuelve a aparecer una de las grandes fracturas del mercado laboral español, la dificultad histórica para convertir crecimiento económico en estabilidad laboral digna.
La jornada laboral como batalla ideológica
Todo esto explica también la enorme resistencia política y empresarial que sigue generando la reducción de jornada impulsada por el Gobierno.
Porque el debate real nunca ha sido solo sobre media hora más o menos, pero el debate es otro. Qué modelo económico quiere tener España.
Uno basado en salarios bajos, largas jornadas y precariedad estructural, o uno más parecido al de los países que llevan décadas entendiendo algo bastante elemental, que trabajar mejor suele ser mucho más inteligente que trabajar simplemente más.