El Benidorm Fest 2026 ha vivido su edición más paradójica y, probablemente, más reveladora. El año en que RTVE decidió no participar en Eurovisión, cuya 70ª edición se celebrará en Viena, es también el año en que nuestro festival ha alcanzado una madurez artística, técnica e industrial que trasciende por completo la etiqueta de “preselección”.
La decisión de la corporación pública de no acudir al certamen europeo, en protesta por la no exclusión de Israel y en un contexto de boicot de cinco países europeos entre los que se encuentra España, liberó al Benidorm Fest de una presión histórica: la obsesión por diseñar una candidatura “vendible” para el resto del continente. Sin esa losa, tanto los artistas como RTVE pudieron concentrarse en lo esencial: ofrecer un espectáculo de calidad donde la música fuese la auténtica protagonista y no la calculadora de puntos.
Un concurso que se reinventa
Lejos de debilitarse, el festival se recicló. RTVE no redujo su apuesta; la amplió con un premio económico de 150.000 euros (100.000 para los intérpretes y 50.000 para los compositores) y añadió una clara dimensión internacional a la victoria.
Los ganadores de este año, Toni Grox y LucyCalis, no solo obtienen respaldo económico, sino también un acuerdo con Univisión y Televisa para impulsar su carrera en Latinoamérica y grabar un tema en Miami bajo la producción de un reconocido productor internacional cuyo nombre aún no ha sido desvelado por la cadena pública.
A ello se suma el premio de Spotify, que permitirá grabar, en este caso a Asha, una canción en Estocolmo con el apoyo de la mayor plataforma de streaming musical del mundo. De este modo, RTVE reinventa un festival que nació hace cuatro años como preselección española para Eurovisión y lo convierte en un evento musical con identidad propia, desprovisto de la obsesión histórica por “en qué posición quedaríamos” y con una apuesta más clara por la industria musical real de nuestro país.
En paralelo, la radiotelevisión pública apostó por una factura técnica impecable. Literalmente, tiró la casa por la ventana. La dirección de César Vallejo y el asesoramiento artístico de Sergio Jaén, responsable de la puesta en escena del último ganador de Eurovisión 2025, se tradujeron en una realización ambiciosa, con un cuidado extremo de la imagen, el sonido, el juego de cámaras y la planificación visual. Cada semifinal, de más de hora y media, y una final de tres horas, estuvieron vestidas de brillo, color y luces con una puesta en escena comparable a grandes eventos internacionales como la Super Bowl. Y, paradójicamente, aunque España no compite este año en Europa, la estructura del espectáculo (iluminación, vídeos de presentación y cierre, grafismos, introducción de títulos y créditos, sistema de votación y revelación de resultados) se asemeja más que nunca al festival europeo que cumple siete décadas.
Pluralidad de estilos e impulso a artistas independientes
En el plano musical, la edición estuvo marcada por una diversidad estilística poco habitual en comparación con los cuatro años anteriores y por una característica significativa: el peso del circuito independiente. Desde la bachata de Dani J hasta el pop de María León, Julia Medina o Asha, pasando por la copla pop de Rosalinda Galán o el flamenco pop de los ganadores Toni Grox y LucyCalis, el festival reflejó una pluralidad sonora que no respondía a fórmulas prefabricadas para el gusto europeo.
Basta revisar los créditos en Spotify para comprobar que muchos de los concursantes provienen de la música independiente, artistas que llevan años “remándola”, construyendo carrera sin el respaldo de grandes multinacionales, salvo excepciones puntuales como Miranda y Bailamama con Sony Music. Y ahí reside una de las claves del sentido profundo del Benidorm Fest: una televisión pública poniendo recursos al servicio de la creación artística en nuestros idiomas cooficiales y contribuyendo al desarrollo cultural de cantantes y compositores que difícilmente tendrían este escaparate en el circuito privado.
En ese clima de tensión política y mediática conviene no olvidar un detalle simbólico que tampoco pasó desapercibido durante la gala final. Mary, cantante del grupo Nebulossa, ganadores del Benidorm Fest 2024 con su canción “Zorra”, lució durante su actuación un tatuaje con la bandera palestina en el pecho. Un gesto personal, visible en pantalla en un evento de máxima audiencia, que inevitablemente se inscribe en el debate sobre la participación de Israel y que pudo incrementar la incomodidad de determinados sectores. Ese símbolo añadió una capa más al relato posterior: para algunos medios digitales, mayoritariamente conservadores, el festival no solo suponía un gasto discutible, sino también una televisión pública que no rehúye posicionamientos simbólicos en un contexto internacional extremadamente sensible.
Críticas interesadas a RTVE
Desde el domingo posterior a la final, han proliferado titulares sensacionalistas en determinados medios digitales privados cuestionando los más de cuatro millones de euros invertidos “para no ir a Eurovisión”. Se habla de “falta de sentido” del festival, pero rara vez se contextualiza el trasfondo político de la decisión ni se aborda con la misma contundencia la controversia internacional que la motivó. Algunos de esos medios, financiados en parte mediante publicidad institucional de ayuntamientos y comunidades autónomas gobernadas por el PP, han evitado condenar la participación de Israel e incluso la han defendido, mientras centran el foco exclusivamente en el coste del evento.
Cabe recordar, además, a estas formaciones políticas (y a sus medios afines) y a los tantos haters que abundan en las redes sociales, que incluso en Italia, un país que estuvo en cuatro ocasiones sin participar en Eurovisión (la última durante 13 años, de 1998 a 2010, volviendo en 2011) no dejó de celebrar su emblemático, reconocido y prestigioso Festival de San Remo desde su creación en 1951. Esto evidencia que la ausencia de un certamen europeo no invalida el valor ni la continuidad de un festival propio y con identidad.
La hemeroteca, además, no perdona. Son los mismos espacios que hace pocos meses impulsaban la retirada de España de Eurovisión por “gastar miles de euros para quedar siempre mal”, críticas que se intensificaron tras la posición de Melody en 2025 y que llevaron incluso a que el presidente de la corporación, José Pablo López, fuera interpelado en el Congreso por diputados del PP y Vox. Meses después, cuando López tomó la decisión de no participar, dirigentes del más alto nivel de esos mismos partidos salieron en tromba a criticar la medida. La coherencia, al menos en este asunto, no parece ser el punto fuerte de las derechas de nuestro país.
Un éxito que molesta
En el terreno de las audiencias, el fenómeno resulta igualmente revelador. La gala final fue líder en su franja la noche del sábado. Aun así, muchos titulares optaron por relativizar el dato comparándolo con ediciones anteriores, en un ejercicio que roza la manipulación informativa: admitir el liderazgo de la cadena pública, pero añadir inmediatamente un “sí, pero no tanto”.
El éxito de RTVE incomoda. Sus buenos resultados en la mayoría de las franjas han coincidido con el derrumbe de Mediaset España, incluso en programas que hasta hace poco eran líderes históricos, y empiezan a poner en cuestión el dominio del grupo Atresmedia. En ese contexto competitivo, no interesa que la propuesta pública sea percibida como un triunfo rotundo. Y el Benidorm Fest se convierte en un blanco evidente dentro de esa batalla narrativa.
El Benidorm Fest 2026 ha demostrado que puede existir sin depender de Eurovisión y, al mismo tiempo, parecer más eurovisivo que nunca. Ha reforzado su dimensión industrial, ha elevado su nivel técnico, ha apostado por la diversidad y por el talento independiente, y ha consolidado su capacidad de liderazgo televisivo.
La gran paradoja es que el año en que España no compite en Europa, el festival ha competido y ganado en casa: ha triunfado en industria, en espectáculo, en audiencia y en relato cultural. Y quizá por eso molesta.
Porque cuando una televisión pública demuestra que puede liderar sin complejos, invertir en cultura propia y competir de tú a tú con los grandes grupos privados como Mediaset España y Atresmedia, el debate deja de ser musical para convertirse en estructural. Ya no se discute solo un festival: se discute el papel de lo público, su capacidad de éxito y su legitimidad para marcar agenda. Y en ese terreno, el Benidorm Fest no solo ha resistido, ha salido reforzado pese a todo y a casi todos.