La psicóloga Carina Oviedo habla de los cambios en las relaciones personales, los nuevos riesgos de la salud mental, el creciente miedo al otro, así como de los nuevos retos de la atención, considerando que ya no debemos ser individuos pasivos que reciben instrucciones de uso. Estamos ante un libro imprescindible para el debate social.
De tu libro se desprenden muchas preguntas. ¿Este podría ser el siglo de la ausencia o estamos a tiempo de evitarlo?
Si definimos la "ausencia" como la incapacidad crónica de habitar el propio cuerpo y el espacio compartido, corremos el riesgo real de que esta sea la era de la distracción perpetua. Sin embargo, me niego a suscribir a un determinismo tecnológico pesimista, considero que no estamos condenados a un siglo de la ausencia; lo que atravesamos es una crisis de la atención y de los rituales de encuentro, pero la historia nos demuestra que toda revolución tecnológica termina generando su propio movimiento de resistencia cultural.
El concepto de "presentes ausentes" funciona en mi libro como una advertencia clínica, un llamado a la reflexión y no como una sentencia fatal. La subjetividad contemporánea conserva la plasticidad necesaria, tanto a nivel neurológico como psíquico, para reaprender el arte de estar y creo, estamos a tiempo de evitarlo, aunque exija intencionalidad.
Durante las últimas décadas, la economía de la atención nos trató como usuarios pasivos y el desafío de este siglo es convertirnos en ciudadanos activos de nuestra propia conciencia donde la presencia plena debe dejar de ser un residuo accidental, algo que ocurre cuando "se va la luz" o "se cae el wifi", para convertirse en una elección deliberada, un acto de rebeldía y de amor propio.
¿Cómo es posible que la hiperconexión haya derivado en tanta soledad?
La gran paradoja de nuestro tiempo es que la hiperconexión nos ofrece la ilusión óptica de la compañía sin exigirnos los costos de la intimidad, estamos "juntos, pero solos"; las arquitecturas de las plataformas están diseñadas quirúrgicamente para maximizar el engagement, la dopamina y la validación externa, pero no para nutrir la profundidad vincular.
En mi consulta veo a diario cómo esta dinámica genera un vacío afectivo estructural, hemos sustituido el intercambio vulnerable, con sus pausas incómodas, sus matices, su respiración compartida y sus silencios, por respuestas inmediatas, emojis estandarizados y likes que funcionan como monedas de cambio emocional. La cantidad de contactos nunca suple la calidad del lazo, al contrario, en un alto grado la fatiga emocional que observo proviene de esa sobrecarga de estímulos superficiales.
Además, en las redes sociales no nos relacionamos con personas reales, sino con avatares y perfiles editados, creo que cuando uno está rodeado de "público" pero no de "testigos" de su vida íntima, la soledad no es una casualidad, es el efecto lógico inevitable de vivir en un escenario permanente.
¿De qué manera la tecnología ha transformado las relaciones humanas?
La tecnología en nuestra vida ha introducido una mediación constante que altera la temporalidad, la paciencia y la textura misma del encuentro. El cambio más profundo, a mi criterio, es la erosión de la tolerancia a la frustración y la desaparición del "tiempo de espera". Antes, esperar una carta o tardar en ver a alguien alimentaba el deseo y la imaginación, hoy, la inmediatez ha aplanado el deseo, reduciéndolo a un impulso de consumo instantáneo.
Así, asistimos a una suerte de mercantilización o "tinderización" de los afectos donde el otro ha pasado a ser evaluado como un producto en un catálogo, es decir, puede ser deslizado, bloqueado, reemplazado o fantasmeado (ghosting) con un simple movimiento. Esta transformación no es meramente instrumental, creo más bien, es ontológica porque modifica nuestra expectativa de lo que significa estar con otro.
Priorizamos la comodidad, la eficiencia y el control sobre la espontaneidad, el compromiso y el riesgo inherente que implica amar a un ser humano complejo, contradictorio y, a veces, decepcionante; la tecnología nos ha acostumbrado a la fricción cero, pero las relaciones humanas genuinas siempre la implican.
“Si definimos la ‘ausencia’ como la incapacidad crónica de habitar el propio cuerpo y el espacio compartido, corremos el riesgo real de que esta sea la era de la distracción perpetua”
¿El miedo al otro ha aumentado?
Definitivamente, y es un miedo muy particular. La pantalla funciona como un amortiguador, un bunker que nos protege de la impredictibilidad del rostro ajeno; en el encuentro presencial, el otro nos interpela, nos desborda, nos mira y nos exige una respuesta corporal y emocional en tiempo real, no hay botón de "editar" ni de "borrar" en una conversación cara a cara y ese riesgo de ser vistos en nuestra vulnerabilidad, de no poder controlar la narrativa, genera una ansiedad creciente.
Por ello creo, muchas personas prefieren la seguridad del chat porque en el mundo digital podemos medir el tiempo de respuesta, calcular las palabras, proyectar la mejor versión de nosotros mismos y apagar el dispositivo cuando la interacción se vuelve demandante.
Además, este miedo no es solo al rechazo, sino a la pérdida de control y a la exposición de las propias grietas, estamos perdiendo quizá la costumbre de lidiar con las "aristas" del otro, y al evitar ese roce, terminamos aislándonos en una burbuja donde solo rebotan nuestros propios reflejos. Ir al encuentro con el otro implica correr riesgos.
¿El cambio en las relaciones personales es irreversible? ¿La vida presencial mutará? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad para evitar una transformación ajena a lo sensible y lo cercano?
El cambio es inherente a la condición humana, pero su dirección no está determinada por la tecnología, sino por la ética, la vida presencial, sin duda, mutará, pero no tiene por qué ser una mutación hacia la insensibilidad. Pensemos en cómo el cine no mató al teatro, o cómo el streaming no mató al vinilo, las tecnologías nuevas no siempre destruyen a las antiguas, a menudo las obligan a redefinir su valor; la vida presencial va a mutar hacia un espacio premium, un territorio sagrado al que habrá que acudir con mayor intencionalidad.
Nuestra responsabilidad es enorme y se ejerce en la escena de lo cotidiano, no es solo una cuestión individual de fuerza de voluntad, sino colectiva, estoy convencida de que se trata de educar en una auténtica alfabetización emocional digital, de establecer límites en los hogares y en las escuelas, de reivindicar el derecho a la desconexión; no se trata de demonizar la tecnología, que trae beneficios innegables, sino de utilizarla con la lógica de lo sensible. La resistencia radica en proteger la mesa familiar, el dormitorio, la cena con amigos. Reivindicar lo cercano es, hoy, un acto de libertad y de salud mental.
¿Tu libro surge de tu experiencia como psicóloga?
Mi libro es la cristalización de más de veinte años de mi trabajo como psicóloga en transformación digital y de la escucha clínica frente a narrativas que, hace quince años, simplemente no existían, en las que empecé a notar un cambio en el tipo de sufrimiento que traen los pacientes: ya no solo vienen por duelos clásicos o conflictos laborales, sino por "fatiga por WhatsApp", por "infidelidades digitales", por la angustia de sentir que su pareja esta físicamente en la cama, pero mentalmente en otra pantalla, por la apatía tras rupturas mediadas por un mensaje de texto.
El libro es un intento de traducir ese sufrimiento psíquico individual, que muchos viven como culpa o incapacidad personal a un diagnóstico cultural compartido; busco ofrecer un marco comprensivo que valide estas experiencias sin patologizarlas; mi consulta es el laboratorio donde veo que lo que parece un síntoma individual es, en realidad, el malestar de una época que nos exige estar en todas partes, menos en nuestro propio cuerpo y en nuestro propio vínculo.
¿Cómo estructuras la obra? ¿Hay propuestas?
Mi libro está organizado como un recorrido en cuatro partes, pensado para acompañar al lector desde la comprensión hasta la acción. En este camino desarrollo temas como por ejemplo que buscamos cuando buscamos amor en internet y fuera, qué es la intimidad, cómo operan los estilos de apego en lo digital, y cómo la identidad, la performance y el deseo se reconfiguran en un mundo curado como el de Instagram. También me refiero a los conflictos afectivos amplificados por lo digital. los celos, las discusiones por chat, los silencios punitivos, las dinámicas de las apps de citas, el ghosting y los duelos ambiguos.
Además, trabajo los acuerdos reales para vínculos confiables, la negociación, los límites con redes y exparejas, la privacidad, la sexualidad, y cierro con un capítulo de inteligencia emocional digital.
Sí, hay propuestas concretas, el libro no se queda en el diagnóstico, cada capítulo termina con una sección en la que propongo herramientas accionables para su aplicación en la vida diaria, y así, la estructura del libro es un itinerario que permite entender, reconocer, nombrar y actuar.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.