La negociación en Extremadura avanza y retrocede según el manual de la ciclotimia trumpista. Hoy sí, mañana no; hoy blanco, mañana negro. Hoy hay acuerdo, mañana no. No cabe duda, Abascal le está tomando el pelo a Feijóo.
El líder de Vox ha dicho de todo, que les pregunten por el programa político, no por los sillones; que no le interesa el “reparto de cargos”; que tres regiones españolas esperan “urgentemente un cambio de rumbo y lo van a tener”. Sin embargo, Extremadura, Aragón y Castilla y León siguen sin gobierno. Vox lo ha paralizado todo, el trumpismo era esto. Tira y afloja, marear la perdiz hasta destruir las instituciones democráticas, la técnica del palo y la zanahoria. Y cada día que pasa aumenta la sensación de que es Abascal quien marca el ritmo mientras Alberto Núñez Feijóo intenta mantener el equilibrio entre su discurso moderado y la dependencia parlamentaria de la extrema derecha.
La reunión con Miguel Tellado monitorizando las negociaciones terminó con versiones contradictorias. Mientras Vox insinuaba avances y culpaba a Génova de obstaculizar el acuerdo, el PP aseguraba que muchas de las exigencias de los ultras ni siquiera se habían tratado. Esta divergencia no es anecdótica; forma parte de un patrón en el que Vox utiliza la negociación territorial para proyectar fuerza nacional, mientras el PP intenta evitar que cada pacto autonómico se convierta en un examen de su liderazgo.
Desde la perspectiva de quienes interpretan la situación como una humillación política para Feijóo, el problema no es solo la negociación en Extremadura, sino la estrategia general. Vox ha aprendido que su poder no reside únicamente en los escaños que aporta, sino en la capacidad de tensionar al PP en público. Cada declaración altisonante, cada acusación de “traición” o “falta de valentía”, cada insinuación de que el PP se mueve por miedo a la izquierda, forma parte de un guion que busca situar a Feijóo a la defensiva.
En este contexto, Vox funciona como un dardo calculado. Sugiere que el PP actúa con doblez, que dice una cosa en privado y otra en público, y que carece de la determinación necesaria para gobernar con claridad ideológica. Es evidente que Abascal está tomando la delantera, este tipo de mensajes no solo desgastan al PP, sino que refuerzan la imagen de Vox como un partido que no se deja domesticar.
Feijóo, por su parte, intenta mantener una línea discursiva que combine moderación con firmeza. Su objetivo declarado es ampliar el espacio del centro-derecha y atraer a votantes desencantados con el sanchismo sin perder a quienes, en los últimos años, se han desplazado hacia Vox. Pero esa estrategia tiene un coste: cada vez que el PP intenta marcar distancia, Vox lo acusa de tibieza; cada vez que intenta acercarse, se expone a críticas internas y externas por ceder ante la extrema derecha.
La negociación en Extremadura es un ejemplo perfecto de esta trampa. Tan pronto se anuncia un acuerdo como se desmiente. María Guardiola está el borde del Lexatín mientras el tiempo pasa y la sombra de la repetición electoral se acrecienta. Vox sabe que el PP necesita sus votos para gobernar, y utiliza esa necesidad para imponer condiciones que van más allá del ámbito autonómico. No se trata solo de consejerías o programas regionales; se trata de demostrar que Vox puede obligar al PP a moverse, a rectificar, a justificarse. Para quienes interpretan la situación como una burla política, Abascal está aprovechando cada oportunidad para exhibir que Feijóo no controla la relación entre ambos partidos.
Además, la estrategia de Vox tiene un componente comunicativo muy eficaz. Cada vez que el PP intenta rebajar el tono o negar tensiones, Vox responde con declaraciones que reavivan el conflicto. La narrativa es simple: “Nosotros somos claros; el PP es ambiguo”. Esta simplicidad funciona bien en un ecosistema mediático donde los mensajes contundentes tienen más impacto que las matizaciones. Y mientras el PP intenta explicar que las negociaciones son complejas y requieren discreción, Vox se limita a lanzar titulares que ocupan portadas.
Cada gesto de Vox que contradice o ridiculiza al PP alimenta la idea de que Abascal está imponiendo su agenda. Y aunque Feijóo insiste en que su proyecto es autónomo y que no aceptará imposiciones, la realidad parlamentaria le obliga a convivir con un partido que no tiene incentivos para facilitarle la vida. La situación en Extremadura es solo un anticipo, un entrante del menú indigesto que está por venir en Aragón y Castilla y León.
