La palabra patriota se ha convertido en uno de los términos más manoseados del debate político español. Se usa como arma arrojadiza, como etiqueta identitaria, como comodín para justificar cualquier postura. Sin embargo, pocas veces se detiene uno a pensar qué significa realmente ser patriota. ¿Es patriota quien se envuelve en una bandera o quien se arremanga para resolver problemas? ¿Quien grita más fuerte o quien asume costes personales por defender sus convicciones? ¿Quien repite consignas heredadas o quien se atreve a cuestionar inercias que dañan al país? Bajo esa lupa, Gabriel Rufián demuestra más patriotismo (al menos un patriotismo entendido como compromiso con la convivencia y la estabilidad institucional) que Alberto Núñez Feijóo.
Ayer, durante el pleno por la guerra de Irán y las medidas del escudo social, Rufián cargó contra PP y Vox por su seguidismo de Trump, que ha amenazado con hundir comercialmente a nuestro país. El diputado de ERC recordó cómo otros líderes europeos como el presidente de Francia, Emmanuel Macron, o la presidenta de Italia, Giorgia Meloni, han elogiado la postura de 'no a la guerra' de Pedro Sánchez. “Gente más de derechas que ustedes, que ya es difícil, compartiendo la posición del Gobierno”, apuntó, dejando claro que estar en contra de que se bombardeen escuelas no te hace de derechas o izquierdas, “te hace humano”. “Estar con quien amenaza tu país te hace un lacayo, no un patriota” añadió. Touché.
No se trata de comparar trayectorias personales ni de negar las diferencias ideológicas abismales entre ambos personajes políticos. Se trata de observar hechos concretos y preguntarse qué comportamientos han contribuido más a la gobernabilidad de España y cuáles han alimentado la parálisis, la crispación o el bloqueo. Porque el patriotismo, si significa algo en política, debería medirse por la capacidad de mejorar la vida de la ciudadanía y de fortalecer las instituciones, no por la habilidad para exhibir símbolos o repetir discursos grandilocuentes.
En los últimos años, Rufián (con todas sus contradicciones, excesos retóricos y momentos de evidente teatralidad) ha jugado un papel decisivo en la aprobación de presupuestos, en la estabilidad parlamentaria y en la búsqueda de soluciones dialogadas a conflictos enquistados. Ha sido un negociador duro, sí, pero también pragmático. Ha entendido que la política española, fragmentada y plural, exige pactos incómodos y renuncias mutuas. Y ha asumido el coste de defender esos acuerdos ante una parte de su propio electorado, que preferiría una confrontación permanente con el Estado.
Ese tipo de decisiones no suelen dar réditos inmediatos. Exigen explicar, matizar, convencer. Exigen asumir que la política no es un concurso de pureza ideológica, sino un ejercicio de responsabilidad. Y, en ese sentido, Rufián ha demostrado un patriotismo basado en la idea de que España (o el Estado, o el conjunto de ciudadanos que comparten un espacio político común) merece estabilidad, diálogo y soluciones realistas, aunque estas no encajen perfectamente en los marcos simbólicos tradicionales del independentismo.
Frente a ello, la trayectoria reciente de Feijóo ha sorprendido incluso a quienes lo consideraban un político moderado, pragmático y capaz de tejer consensos. Su llegada a la política nacional generó expectativas de desinflamar el debate público, de recuperar el espíritu pactista que en otros tiempos caracterizó al centro derecha español. Sin embargo, la realidad ha sido distinta. Feijóo ha optado por una estrategia de confrontación constante, por un discurso que presenta cualquier acuerdo parlamentario del Gobierno como una amenaza existencial para España, y por una negativa sistemática a participar en pactos de Estado que, en otras épocas, habrían sido incuestionables. Para colmo de males, se ha posicionado junto a Estados Unidos en lugar de defender los intereses de nuestro país. Por no hablar del voto en contra del PP al escudo social, algo vital para millones de españoles en tiempos difíciles por culpa de una guerra que no hemos elegido. Ningún patriota se comporta así. Se lo explicó muy claramente el presidente del Gobierno al líder de la oposición: “Patriotismo es oponerse a una guerra ilegal que en nada beneficia a los intereses de los españoles ni tampoco de los europeos”.
Por supuesto, no se trata de idealizar a Rufián ni de demonizar a Feijóo. Ambos representan proyectos políticos legítimos y ambos han cometido errores. Pero si el patriotismo se mide por la capacidad de contribuir al bien común, por la disposición a asumir responsabilidades y por la voluntad de evitar el deterioro institucional, entonces la comparación adquiere un matiz distinto. El patriotismo no es propiedad de ningún partido ni de ninguna ideología. Es una actitud. Y esa actitud se demuestra con hechos. No con postureos propios de patriotas de hojalata.
