A Von der Leyen le aflora el trumpismo

La presidenta de la Comisión Europea colapsa por la guerra de Irán al mantener dos discursos ideológicos antagónicos en menos de 24 horas

12 de Marzo de 2026
Actualizado a las 9:24h
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Von der Leyen en una imagen de archivo
Von der Leyen en una imagen de archivo

Hay momentos en la historia en los que uno parpadea y, al abrir los ojos, descubre que el suelo que pisaba ya no está. Que las certezas se han evaporado, que el viejo mundo –ese que se sostenía sobre tratados, solemnidades diplomáticas y un cierto pudor institucional– ha sido sustituido por algo más ruidoso, más agresivo, más impulsivo y performativo. Algo que, para entendernos, podríamos llamar “trumpismo globalista”. Y lo sorprendente no es que exista, sino que haya empezado a brotar en lugares donde, hasta hace nada, habría parecido impensable. Por ejemplo, en la Comisión Europea. Por ejemplo, en Ursula von der Leyen.

Porque, de repente, y en menos de 24 horas, doña Ursula ha pasado de declarar muerto y enterrado el viejo orden internacional con sus reglas de juego, su diplomacia y sus valores democráticos a invocar de nuevo los principios de la UE según su fundación por el Tratado de Roma de 1957. A la presidenta parece haberle aflorado un ramalazo de ese estilo político trumpizado que combina la incoherencia y el tono duro y agresivo. Un estilo que, según señalan algunos analistas, recuerda a la lógica que se atribuye al expresidente estadounidense Donald Trump: la política sin sentido alguno, la irracionalidad y el impulso ciclotímico e incontrolable que lleva a guerras y desastres por doquier. Todo ello ha quedado especialmente visible en el cambio de tono de Von der Leyen respecto a la guerra en Irán.

El giro radical de la presidenta, desde el humanismo europeísta al coqueteo con las autocracias, ha sorprendido al propio presidente español, Pedro Sánchez. Hasta tal punto que ya puede decirse que hay dos Europas: la democrática y la trumpizada. Mala noticia. Hasta hace poco, la presidenta de la Comisión se movía en el terreno clásico del europeísmo: declaraciones medidas, apelaciones al multilateralismo, referencias constantes al orden internacional basado en reglas. Pero en las últimas semanas, ese guion parece haberse quedado viejo, como si perteneciera a un mundo que ya no existe. Y en su lugar ha emergido un discurso más áspero, más binario, más alineado con la idea de que la fuerza (o la apariencia de fuerza) es la única moneda válida en la política global.

La guerra en Irán ha actuado como un catalizador. Lo que antes se resolvía con comunicados prudentes y llamadas a la contención ahora se despacha con declaraciones que parecen diseñadas para encajar en un clip de 15 segundos. Algunos observadores han interpretado este giro como una adaptación al nuevo ecosistema geopolítico, donde la moderación se percibe como debilidad y la complejidad como un lujo que nadie se puede permitir. Y aunque ella misma ha matizado, a posteriori, su primera histórica declaración, en la que anunció el final del viejo mundo y la llegada de un nuevo orden sin reglas, todo el planeta ha podido comprobar, con decepción, de qué pasta está hecha la conservadora presidenta europea.

La desaparición del viejo mundo, tal como dice doña Ursula, sería una noticia fatal. Pero no es así. Los valores y principios democráticos sobre los que se fundó la UE son más necesario hoy que nunca. Ese mundo en el que la Unión Europea presume de ser un actor normativo, un faro de legalidad internacional, un contrapunto civilizado a las pulsiones más primarias de la política global, tiene que seguir existiendo. Debe seguir existiendo. Ese mundo en el que Bruselas puede permitirse sermonear a otros porque, al menos en apariencia, mantiene una coherencia interna, no puede desaparecer de la noche a la mañana. Porque no hay alternativa. Porque Europa es el último bastión de lo que llamamos democracia. Porque lo contrario es la barbarie, el crimen de guerra, el fascismo.

Hoy, en cambio, la UE parece atrapada entre la necesidad de proyectar poder y la imposibilidad de ejercerlo de forma efectiva. Y en ese vacío, en esa tensión irresuelta, florecen discursos que antes habrían sido considerados impropios de la institución. Discursos que, según algunos, se acercan peligrosamente a la lógica trumpista: la idea de que el orden internacional no es un marco compartido, sino un tablero donde cada cual mueve fichas según su conveniencia inmediata.

Durante décadas, el derecho internacional fue el escudo moral de Europa. No siempre se cumplía, por supuesto, pero se invocaba con devoción. Era la herramienta que permitía a la UE presentarse como una potencia civil, como un actor que prefería la ley a la fuerza, la negociación al ultimátum. Si no existiera la UE habría que inventarla. Lo mismo que la ONU. Suprimir ambas organizaciones supranacionales es lo que pretende Trump. Y si él gana, nosotros perdemos.

El contexto actual, ese escudo filosófico/ideológico de la UE parece haber perdido brillo. Las apelaciones al Derecho internacional suenan cada vez más a fórmula ritual, a frase hecha que se pronuncia por inercia mientras se actúa en sentido contrario. Y cuando Von der Leyen adopta un tono más beligerante, más alineado con la lógica de bloques, más dispuesto a simplificar conflictos complejos en términos de “ellos contra nosotros”, muchos interpretan que ese viejo marco jurídico está siendo relegado a un segundo plano. No es que haya desaparecido del todo, pero sí parece haber dejado de ser el eje central del discurso europeo. Y eso, para quienes crecieron creyendo que la UE era la última defensora del multilateralismo, resulta desconcertante.

Lo que algunos llaman “trumpismo” no es solo un estilo político, sino una forma de entender el mundo: la desconfianza hacia las instituciones, la preferencia por la acción unilateral, la convicción de que la fuerza (o la apariencia de fuerza) es más eficaz que cualquier tratado. Y aunque Von der Leyen no comparte ni el contexto ni la trayectoria de Trump, ciertos gestos recientes han llevado a algunos comentaristas a señalar similitudes en el tono, en la narrativa y en la manera de abordar la crisis internacional.

La fuerza de la UE reside precisamente en la capacidad de construir consensos, de mediar, de ofrecer una alternativa a la política de bloques. Si ahora renuncia a ese papel, ¿qué queda? ¿Una Europa que intenta imitar un estilo que no le pertenece? ¿Una Comisión que se ve obligada a adoptar un tono más agresivo porque el mundo ya no escucha los matices? ¿Un viejo continente que camina otra vez hacia la guerra de todos contra todos? Quizá lo más inquietante no sea el giro de Von der Leyen, sino lo que revela: que el viejo mundo se está desmoronando más rápido de lo que pensamos. Que las instituciones que parecían sólidas están improvisando sobre la marcha. Que el Derecho internacional, ese gran invento del siglo XX, se ha vuelto frágil en un siglo XXI dominado por la inmediatez, la polarización y la política-espectáculo. Todo eso es verdad. Pero que el proyecto haya embarrancado momentáneamente no significa que haya fracasado. No hay otra alternativa al fascismo sino más Europa, más unidad de las democracias, más utopía y más fe en lo bueno que está por venir. Ese fue el error de Von der Leyen: haber dejado de creer.

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