Las palabras pronunciadas en Bruselas por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, no fueron simplemente una declaración diplomática más sobre Oriente Medio. Fueron, en realidad, un síntoma de un cambio geopolítico profundo: la Unión Europea se ha sometido, quizá a regañadientes, al nuevo marco estratégico que promueve Donald Trump, un orden internacional más unilateral, más transaccional y menos dependiente de las instituciones multilaterales tradicionales.
Durante décadas, la política exterior europea se apoyó en una premisa fundamental: el sistema internacional debía basarse en normas, instituciones multilaterales y el respeto al derecho internacional. Ese enfoque, heredado del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se articuló en torno al sistema de Naciones Unidas y a la cooperación entre grandes bloques.
Sin embargo, el discurso pronunciado por Von der Leyen en la conferencia anual de embajadores de la Unión Europea sugiere que ese paradigma está siendo abandonado lentamente. Cuando afirmó que «Europa ya no puede ser la guardiana del orden del viejo mundo», la presidenta de la Comisión no solo estaba describiendo un cambio de contexto. Estaba reconociendo implícitamente que el sistema internacional construido tras 1945 ha dejado de funcionar tal como fue concebido. Y, en ese vacío, está emergiendo una arquitectura estratégica muy diferente.
La guerra en Irán
El detonante inmediato de este giro ha sido la escalada militar en Oriente Medio tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán y la posterior respuesta de Teherán contra varios países de la región.
Aunque Von der Leyen evitó pronunciarse directamente sobre si el conflicto constituye una guerra de elección o una guerra de necesidad, su discurso fue notablemente duro contra el régimen iraní. Al afirmar que «no debería derramarse ni una lágrima por el régimen iraní», la presidenta de la Comisión Europea adoptó una posición que, en términos diplomáticos, se aproxima mucho más a la narrativa estratégica de Washington que a la tradicional cautela europea.
La declaración también incluyó una referencia explícita a la muerte del líder supremo iraní, Alí Jameneí, señalando que muchos iraníes dentro y fuera del país habrían celebrado su desaparición y que el momento podría abrir el camino hacia un Irán libre.
Estas palabras reflejan algo más que una crítica política. Sugieren un alineamiento discursivo con la lógica de cambio de régimen que durante años ha caracterizado la política exterior estadounidense en determinadas regiones del mundo. Durante décadas, los gobiernos europeos evitaron respaldar abiertamente este tipo de planteamientos. Pero el tono del discurso de Von der Leyen muestra hasta qué punto el contexto geopolítico ha cambiado.
Crisis del orden internacional basado en reglas
El elemento más revelador del discurso no fue, sin embargo, la crítica al régimen iraní. Fue la reflexión sobre el futuro de la gobernanza global.
Durante años, la Unión Europea se definió a sí misma como una potencia normativa: un actor internacional que defendía el derecho internacional, el multilateralismo y las instituciones globales. Esa visión se apoyaba en la centralidad de la Organización de las Naciones Unidas y en el papel de organismos multilaterales para gestionar conflictos internacionales.
Pero el ataque contra Irán se produjo sin el respaldo de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Y, significativamente, Von der Leyen obvió deliberadamente ese hecho. En lugar de ello, habló de la necesidad de «replantear» el sistema de Naciones Unidas y de buscar «formas creativas» de resolver las crisis cuando los formatos tradicionales resultan inoperantes.
En lenguaje diplomático, esa frase encierra una conclusión contundente: si el sistema multilateral bloquea determinadas decisiones estratégicas, las potencias occidentales pueden actuar al margen de él. Ese razonamiento encaja perfectamente con la lógica geopolítica que Donald Trump defendió durante su presidencia: un mundo donde la legalidad internacional es secundaria frente a la capacidad real de ejercer poder.
Defender normas mientras acepta su fin
El discurso de Von der Leyen revela una contradicción cada vez más evidente en la política exterior europea. Por un lado, la UE sigue afirmando que el orden internacional debe basarse en normas y reglas. Por otro, reconoce que ese sistema ya no es suficiente para proteger sus intereses estratégicos.
La frase clave del discurso fue probablemente esta: Europa «siempre defenderá el sistema basado en normas», pero ya no puede ceñirse únicamente a esa estructura. Este matiz es fundamental. En la práctica, significa que la Unión Europea está aceptando que el derecho internacional ya no es el único marco para la acción geopolítica.
En otras palabras, Europa empieza a adaptarse a un mundo donde el poder vuelve a ser el factor decisivo de la política internacional. Ese cambio coincide con la visión estratégica defendida por Donald Trump y por amplios sectores de la política estadounidense: la idea de que el orden liberal internacional está en declive y debe ser sustituido por un sistema más flexible basado en alianzas estratégicas y coaliciones ad hoc.
Victoria de Donald Trump
Aunque el nombre de Trump no apareció en el discurso de Von der Leyen, su influencia sobre el nuevo escenario internacional es difícil de ignorar. Durante su presidencia, Trump ha cuestionado abiertamente el sistema multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial. Criticó a la ONU, renegoció acuerdos internacionales y promovió una política exterior basada en la negociación directa entre potencias.
Muchos líderes europeos denunciaron ese enfoque como una amenaza al orden internacional. Sin embargo, varios años después, la realidad geopolítica parece acercarse cada vez más a ese modelo.
El conflicto en Oriente Medio, la rivalidad entre Estados Unidos y China y la fragmentación del sistema internacional han debilitado el papel de las instituciones multilaterales. En ese contexto, las grandes potencias recurren cada vez más a coaliciones flexibles y acuerdos bilaterales para gestionar crisis internacionales.
Cuando Von der Leyen habla de encontrar «nuevas formas de cooperación», está reconociendo implícitamente que Europa también debe adaptarse a esa lógica.
Impacto económico de la guerra
Más allá de la dimensión política, la presidenta de la Comisión Europea también advirtió sobre las consecuencias económicas de la escalada militar. El conflicto en Oriente Medio tiene el potencial de afectar simultáneamente a varios sectores clave de la economía global: la energía, las finanzas, el comercio internacional y las rutas de transporte marítimo.
La región sigue siendo una de las principales arterias energéticas del planeta. Cualquier perturbación en el flujo de petróleo y gas puede provocar aumentos abruptos en los precios y generar turbulencias económicas a escala mundial.
Europa, que ya experimentó una crisis energética tras la guerra en Ucrania, observa con preocupación la posibilidad de un nuevo shock energético. Pero el impacto no se limita al mercado energético. La guerra también puede desencadenar movimientos migratorios, tensiones comerciales y volatilidad financiera.
Dilema estratégico
El discurso de Von der Leyen refleja un dilema estratégico que la Unión Europea lleva años intentando resolver. Por un lado, Europa aspira a convertirse en un actor geopolítico autónomo, capaz de defender sus intereses sin depender completamente de Estados Unidos. Por otro, su seguridad sigue profundamente ligada a la alianza transatlántica.
La crisis actual demuestra hasta qué punto esa dependencia sigue siendo estructural. En un momento en que Estados Unidos adopta una postura más agresiva en Oriente Medio, la Unión Europea se enfrenta a una elección incómoda: mantener una posición independiente o alinearse con Washington para preservar la cohesión estratégica de Occidente. Las palabras de Von der Leyen sugieren que Bruselas se está inclinando hacia la segunda opción.
Nuevo orden internacional
El discurso de la presidenta de la Comisión Europea deja entrever una conclusión que muchos analistas llevan años señalando: el orden internacional surgido tras la Guerra Fría está llegando a su fin.
Las instituciones multilaterales ya no tienen la misma capacidad para gestionar conflictos globales. Las grandes potencias compiten abiertamente por influencia geopolítica. Y las coaliciones estratégicas se forman y se disuelven en función de intereses inmediatos.
En ese contexto, la Unión Europea parece haber aceptado una realidad incómoda: el mundo se está moviendo hacia un sistema internacional más duro, más competitivo y menos regulado. Casualmente, ese sistema es el de Donald Trump.