Una democracia en forma de simulación

20 de Agosto de 2021
Actualizado el 02 de julio de 2024
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transición española infame

Seguro que todos hemos oído alguna vez la anécdota del motorista que va por la carretera y choca aparatosamente contra la parte trasera de un remolque tirado por un tractor. Y cuando el motorista se recupera del golpe, se acerca  al conductor del tractor y le recrimina que debería haber  llevado colgado un trapo rojo en la parte de atrás del remolque, a lo que el conductor del tractor le contesta: “si no has visto el remolque, vas a ver tú el trapo”.

Durante la dictadura franquista, el Partido Comunista de España creó la emisora Radio España Independiente como medio de información y propaganda. La emisora, la más popular de las emisoras clandestinas que se oponían al franquismo, conocida popularmente por “La Pirenaica” estuvo emitiendo desde el año 1941 al 1977, y aunque al principio lo hizo desde Moscú y después desde Bucarest, se hizo llamar así  para dar sensación de cercanía y animar a los resistentes que aún quedaban a seguir defendiendo la libertad y la democracia representada por La República, que fue arrasada por el golpe de Estado fascista del 36.

En los años en que esa legendaria emisora emitió sus programas, los españoles de izquierdas, perdedores de una guerra y víctimas de una feroz represión, en realidad  una posguerra interminable que el régimen mantuvo casi hasta el mismo día de la muerte del dictador, oían la emisora en las radios de capilla de la época con fervor y esperanza pensando que tarde o temprano, por presiones de la comunidad internacional o por la propia sociedad española harta ya de dictadura, acabaría la pavorosa pesadilla de Franco y los suyos, y volvería la tan ansiada y largamente anhelada libertad y democracia. Pero por desgracia no ocurrió ni una cosa ni la otra, a la parte de la sociedad española que estaba a favor de la democracia no la dejaban ni resollar, y la comunidad internacional miraba para otro lado considerando que la total falta de libertades y la ausencia de democracia en España era un problema interno. Churchill, ese supuesto gran defensor del mundo libre, dijo de Franco que “solo era malo para los españoles” y por lo tanto no suponía ningún peligro para la comunidad internacional.

 Algunos de estos aguerridos oyentes tomaban tantas precauciones a la hora de oír “La Pirenaica” que se metían en la habitación más profunda de la casa, y como eso aún les parecía poca precaución, se cubrían completamente con una de aquellas gruesas y ásperas mantas zamoranas para que los sonidos de la radio no traspasaran el recio tejido y llegaran a oídos de algún vecino que, de ser afecto al régimen, no dudaría en denunciarlo inmediatamente a la guardia civil y colgarse la medalla de haber cazado a un rojo, un peligroso rojo, porque la dictadura, que ahorraba en todo lo concerniente al bienestar de la población, no ahorraba en medios humanos y materiales para perseguir con saña y denigrar a los que llamaba despectivamente “rojos”, hasta el punto de afirmar que eran demonios con tridente en astillero, cuernos, pezuñas y rabo, capaces de las mayores maldades y perversidades. No como ellos que eran seres beatíficos, ángeles del cielo, santos varones y santas hembras enviados por Dios en modo cruzada, a salvar a la patria de los infieles que habían cometido el inconcebible atrevimiento de no pensar como ellos. De Dolores Ibárruri, La Pasionaria, la dirigente comunista a cuyas instancias se creó La Pirenaica, se decía que comía niños, y es de suponer que siendo vasca los cocinaría en marmitako, al pil pil o la vizcaína.

Los españoles que oían la emisora bajo la manta, como si tomaran una especie de medicina, de salutífero sahumerio, de efluvios, vahos e inhalaciones tipo Vicks Vaporub que le aliviaban un poco el dolor y la pesadumbre de vivir un tiempo tan atroz, escuchaban como en trance, entre las continuas interferencias que las autoridades franquistas emitían para que no llegara la señal a España, las palabras de ánimo y esperanza en el sentido de que la tan ansiada y soñada democracia pronto sería una realidad. A veces las interferencias eran tan poderosas que apenas podían distinguirse algunas palabras entre ellas. Más que palabras entre  interferencias, podía hablarse más propiamente de interferencias con algunas palabras por en medio.  Había que tener muy bien entrenados los oídos para discriminar las palabras de los permanentes chirridos, agudos pitidos, crujidos y terribles ruidos que nunca cesaban. Había que estar muy atento, con las orejas bien alerta para entender algo en medio de ese infernal batiburrillo de espantosos sonidos. Uno de los que más hablaban en la emisora era, por supuesto, el legendario dirigente comunista y extraordinario orador Santiago Carrillo, el “Vicks Vaporub” por excelencia, cuyas palabras producían en los oyentes un inmediato alivio de sus permanentes agobios, desazones, molestias y dolores de todo tipo.

Y como todos sabemos, andado el tiempo, el dictador murió porque no hay mal que cien años dure ni que el tiempo lo perdure, aunque en este caso el refrán patina un poco, y Santiago Carrillo volvió de su largo exilio disfrazado con una horrible peluca de bujarrón donde se encontró que el dictador había trabajado duro para que todo quedara atado y bien atado y su régimen, con los debidos ajustes, correcciones y formalidades para que pareciera una democracia al estilo de las de su entorno europeo, continuara en la figura de don Juan Carlos de Borbón, un niño que llegó en 1948, con  diez años, y que era nieto del rey Alfonso XIII, al que los españoles echaron por ladrón.

El entonces niño Juan Carlos fue convenientemente adoctrinado y adiestrado por Franco para sucederle en la jefatura del Estado, cosa que ocurrió en el año 1969 y finalmente fue Jefe del Estado, impuesto por el dictador, no lo olvidemos, en noviembre de 1975, fecha de la muerte de su valedor y patrocinador. Desde ese momento comenzó el proceso de transición de la dictadura a la democracia o “La Transición” a secas que nos fue vendida, después de que todo quedara “atado y bien y atado”, como “modélica, pacífica y ejemplar”. “Transición” según la RAE es “la acción y efecto de pasar de un modo de estar a otro distinto”. Y aquí no hubo tal cosa porque la supuesta modélica transición estuvo en todo momento dirigida y tutelada por los herederos del régimen, el tristemente llamado “búnker” que, entre otras muchas imposiciones, siguieron imponiendo a Juan Carlos como jefe del Estado a pesar de que era preceptivo un referéndum para legitimarle pero como, según el presidente Suárez, las encuestas daban que Juan Carlos perdía la votación, decidieron que lo mejor era saltársela a la torera, como se han hecho aquí tantas cosas, y meter, con un par, a la monarquía directamente en La Constitución como forma de gobierno del Estado.     

Quizás la mejor definición de la Transición sea esa que dice que fue un proceso donde “la derecha cedió algo para conservarlo todo, y la izquierda consiguió algo para no perderlo todo”.

Todo esto me vino a la memoria hace unos días al ver una fotografía de principios de este siglo donde aparecía el rey Juan Carlos como figura central, flanqueado a un lado y a otro por personajes de la Transición como Fraga, Felipe González, Bono, Roca, Landelino Lavilla, y también Zapatero y otras primeras espadas del llamado “Régimen del 78” el régimen salido de la transición que nos lo vendieron como fuerte, vigoroso y saludable cuando, en realidad nació con grandes minusvalías y malformaciones de todo tipo. Entre estos “padres de la patria” que arropaban al nefasto, impresentable, repulsivo y despreciable, entonces y ahora bien blindado política, judicial y mediáticamente, rey Juan Carlos I, estaba nuestro Santiago Carrillo.

Y uno se pregunta qué hacía este hombre ahí, porque muchos no entenderemos nunca que una persona con su bagaje cultural, con su trayectoria, su inteligencia y clarividencia, su compromiso y conciencia se tragara un sapo del tamaño  del Valle de los Caídos y El Escorial juntos y aceptara y firmara esa indigna e injusta ley de punto final zanjando de un plumazo muchos, graves e insoslayables asuntos pendientes, como los miles de españoles muertos en las cunetas y en las fosas comunes repartidas a lo largo y ancho de toda la geografía española.

Y uno también se pregunta por qué Carrillo, ese Vicks Vaporub con varias dioptrías, cuyas palabras aliviaron y esperanzaron a tantos demócratas en la interminable noche de la dictadura,  se hizo esa foto junto a otros políticos con los que poco o nada tenía que ver. Y por qué no exigió la debida reparación, la debida e imprescindible justicia que este país necesitó y necesita antes de firmar ningún papel de reconciliación. De verdad valió la pena transigir, consentir, claudicar y renunciar a tanto para llegar a esta democracia en forma de simulación, algo así como el decorado de un teatro que tienes que creerte para seguir medianamente la representación. De verdad valió la pena tanta dejación y desistimiento para llegar a este país de hoy al que el gran Iñaki Gabilondo describe muy acertadamente como degradado.

Definitivamente no tuvimos suerte ni con Santiago Carrillo ni tampoco con otros dirigentes de izquierdas, pero sobre todo con don Santiago, que además de no apelar a la innegociable dignidad por encima de todo, no vio, como no vio el motorista el remolque y menos hubiera visto el trapo, que una monarquía representada por un Borbón adoctrinado e impuesto por el dictador, no era ni de lejos lo que merecía este país. Un Borbón del que ya en su primera época  se oían algunos desmanes y tropelías y fundadas sospechas de ser un comisionista que tenía la hucha fuera de España. Unas sospechas fuertemente silenciadas por el aparato del poder, que se esforzó todo lo que pudo para presentárnoslo como un hombre providencial, serio, cabal, responsable, honesto, honrado, juicioso y prudente. Algo que no solo no era, sino que era más bien todo lo contrario, como ahora puede verse con total claridad. Una persona a la que nunca, en modo alguno, debería haberse apoyado, defendido, avalado y respaldado desde la izquierda, como se hizo con total y absoluta irresponsabilidad, insensatez, insolvencia e incompetencia.

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