Un debilitado Trump aplaza el ultimátum de "destrucción total" contra Irán

Las presiones de Rusia y del lobby petrolero, así como el bloqueo de los 200.000 millones de dólares para la guerra, hacen caer el nivel de popularidad del presidente

23 de Marzo de 2026
Actualizado a las 14:13h
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Trump en una imagen de archivo
Donald Trump en el Despacho Oval | Foto: The White House

Trump ha retirado, de momento, el ultimátum contra Irán, país al que había amenazado con bombardear sus instalaciones eléctricas y nucleares. El régimen de Teherán respondió al chantaje asegurando que, de producirse ese ataque, respondería con sus misiles destruyendo toda la red energética de los países de Oriente Medio, minando el Estrecho de Ormuz y cerrando el grifo del petróleo a nivel mundial. Sería tanto como un terremoto económico global, además del estallido de la Tercera Guerra Mundial. El presidente norteamericano ha visto cómo se abría el abismo a sus pies y ha decidido dar un plazo de cinco días más a los iraníes alegando que las negociaciones y conversaciones para terminar con el conflicto a corto plazo van por buen camino. Una versión que Teherán ha desmentido con rotundidad. Trump miente una vez más; no hay diálogo entre ambas partes, se trata de una maniobra del magnate neoyorquino para ganar tiempo y que sus marines y tanques puedan preparar una ofensiva a mayor escala, con tropas sobre el terreno.

¿Qué ha llevado al líder de MAGA a dar marcha atrás a su ultimátum? Varios factores entre los que, sin duda, no está la negociación con Irán. En las últimas horas, Rusia ha entrado en el conflicto por primera vez y ha advertido de que si Estados Unidos ataca las centrales eléctricas y nucleares de Irán podría dañar los intereses rusos en este país de Oriente Medio. Se cree que cientos de técnicos y científicos del Kremlin trabajan en el programa energético y nuclear del régimen de los ayatolás. Un ataque de Trump contra estos centros podría causar bajas en el bando ruso. Un casus belli que enfrentaría a las dos grandes superpotencias.

La marcha atrás de Trump ha sorprendido tanto a aliados como a adversarios, y ha abierto un intenso debate en Washington sobre las razones que han llevado al mandatario a frenar una escalada que él mismo había alimentado. Entre las interpretaciones que circulan en la capital estadounidense, una de las más repetidas apunta a la presión del poderoso lobby del petróleo, preocupado por el impacto que un conflicto abierto tendría en los mercados energéticos globales. Una crisis o recesión puede hacer que el galón de combustible esté por las nubes en Estados Unidos y cuando eso ocurre peligra el puesto del presidente. Por tanto, aunque las multinacionales yanquis están ganando dinero con la crisis, a ninguna de las empresas del Big Oil le interesa un escenario caótico mundial con las bolsas de medio mundo desplomándose.

Pero a las razones económicas se suman las militares. La tensión entre la Casa Blanca y el Pentágono ha vuelto a quedar al descubierto después de que el Departamento de Defensa no lograra asegurar los 200.000 millones de dólares adicionales solicitados por el presidente Donald Trump para reforzar el presupuesto militar. La cifra, extraordinariamente elevada incluso para los estándares estadounidenses, formaba parte de la estrategia del mandatario para impulsar una expansión acelerada de las capacidades armamentísticas del país. Sin embargo, el Congreso (incluyendo sectores del propio Partido Republicano) ha frenado la propuesta, generando un choque institucional que revela las fracturas internas en la política de defensa de Estados Unidos.

Trump había presentado el incremento como una necesidad urgente para “garantizar la supremacía militar estadounidense en un mundo cada vez más hostil”. El presidente argumentaba que el país debía prepararse para escenarios simultáneos de tensión con China, Rusia e Irán, además de reforzar su presencia en el Indo-Pacífico y modernizar su arsenal nuclear. El Pentágono, aunque no cuestionó públicamente la petición, se encontró con un muro político difícil de sortear: la resistencia del Congreso a aprobar un aumento presupuestario de tal magnitud en un contexto de déficit creciente y presiones internas para contener el gasto federal.

La negativa legislativa ha dejado al Departamento de Defensa en una posición incómoda. Por un lado, necesita mantener la lealtad al presidente y defender sus prioridades estratégicas. Por otro, debe reconocer que el Congreso (responsable último de aprobar los presupuestos) no está dispuesto a respaldar una expansión tan agresiva del gasto militar. La situación ha generado tensiones entre altos mandos militares, algunos de los cuales temen que la insistencia de la Casa Blanca en cifras inalcanzables termine erosionando la credibilidad del Pentágono.

Todo ello mientras el índice de popularidad del líder de MAGA se desploma hasta caer por debajo del 39 por ciento, el más bajo de su mandato. Por un lado, Trump necesita proyectar fortaleza ante su base electoral y ante sus aliados republicanos en el Congreso, muchos de los cuales han defendido históricamente una línea dura contra Irán. Por otro, el presidente es consciente de que un conflicto prolongado en Oriente Medio podría tener consecuencias económicas devastadoras en un año políticamente sensible, con las elecciones de medio mandato de noviembre a las puertas. El precio del petróleo, que ya había registrado subidas significativas en las últimas semanas, podría dispararse si el estrecho de Ormuz (por donde transita cerca del 20% del crudo mundial) se convierte en escenario de hostilidades abiertas.

Es precisamente en este punto donde entra en juego el lobby petrolero. Aunque no existe evidencia pública de una presión directa sobre la Casa Blanca, diversos analistas señalan que las grandes compañías energéticas estadounidenses han expresado en privado su preocupación por la volatilidad del mercado. La industria del petróleo y el gas, que ha sido una de las principales beneficiarias de las políticas de desregulación impulsadas por Trump, teme que un conflicto con Irán provoque un shock de precios que afecte tanto a la producción como a la demanda global. En un contexto de desaceleración económica internacional, la incertidumbre energética podría convertirse en un factor desestabilizador de primer orden. Todo ello ha llevado a Trump a levantar el pie del acelerador y a dar una tregua de cinco días a Teherán. Es evidente que el presidente norteamericano está más debilitado que nunca.

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