Dentro del Partido Popular conviven, desde hace años, sensibilidades diversas que, aunque comparten una base ideológica común, difieren en el tono, la estrategia y la forma de relacionarse con el resto del sistema político. En los últimos tiempos, una parte del partido (minoritaria, es cierto, pero persistente y que está ahí) ha comenzado a expresar su preocupación por la deriva discursiva que identifican como una aproximación al estilo político asociado al trumpismo: confrontación permanente, filibusterismo, desconfianza hacia las instituciones, simplificación del debate público, uso intensivo de la polarización como herramienta electoral y, en general, degradación de la calidad democrática.
Este trumpismo que lo contamina todo se ha ido haciendo más palpable en el PP a medida que Vox crecía en las encuestas. La corriente mayoritaria ha afectado a los primeros espadas, los Feijóo, Ayuso y en su tiempo Pablo Casado. Fruto de esa deriva: los decepcionantes resultados electorales, que alejan al partido de aquellas arrolladoras mayorías absolutas de antes. Se ha visto en las recientes elecciones en Extremadura (donde Vox se ha disparado en número de escaños, y se verá en los próximos comicios de Aragón, donde el fenómeno se está volviendo a repetir). Conclusión: parecerse al partido de Abascal solo ha servido para perder masa electoral, prestigio y poder de influencia.
Ese sector moderado, compuesto por antiguos cargos, cuadros territoriales y voces influyentes en el ámbito municipal y autonómico, intenta abrir un espacio de reflexión interna. Su objetivo declarado es evitar que el partido quede atrapado en una dinámica que consideran ajena a la tradición conservadora española y que, a su juicio, podría limitar su capacidad de gobernar en un país plural y políticamente fragmentado. Todavía no se puede hablar de enfrentamiento político entre facciones o bandos (el PP sigue siendo un partido eminentemente monolítico), pero la tragedia ferroviaria de Adamuz ha venido a confirmar que la fricción existe tanto como la interacción entre los raíles y las ruedas de los trenes siniestrados en Córdoba que quita el sueño al ministro Puente. Aún se antoja lejano un posible descarrilamiento del Partido Popular, pero hay serios indicios de que el rodamiento está fallando. El presidente andaluz, Moreno Bonilla, ha marcado un claro perfil institucional, apostando por mantener una respetuosa tregua hasta que se celebre el funeral de Estado por las víctimas. Mientras tanto, otros barones y delfinas como Ayuso pedían volver a desenterrar el hacha de guerra y hacerle sangre al Gobierno. A la presidenta madrileña totalmente trumpizada el cuerpo empezaba a removérsele por dentro como a la niña del exorcista (“lo que no puede ser es que impere la ley del silencio y del miedo, maldito consenso, no todo lo que se consensua siempre es bueno”). Le había entrado el mono de la violencia verbal tan característico entre los adeptos de la secta MAGA y calibraba cómo empezar a tirarle los muertos a la cara a Pedro Sánchez. Sin embargo, el dirigente andaluz resistía con temple la tentación de entregarse al odio gratuito y a la política basura y optaba por la cordura y la racionalidad ante una calamidad que ha costado 45 vidas y más de un centenar de heridos. “Estamos en luto oficial. Hace escasamente tres horas que hemos recuperado dos cadáveres. No quiero entrar en polémicas. Tiempo habrá para que se investigue y se sepa lo sucedido. Hay dos investigaciones abiertas y deseo que cuanto antes arrojen luz sobre lo ocurrido. Hoy me voy a dedicar al restablecimiento de la dignidad de las víctimas”, zanjó la cuestión.
La dana de Valencia fue un punto de inflexión. Los moderados creen que la estrategia de desinformación, de crispación y de pábulo a descabelladas teorías de la conspiración fue nefasta para Génova. Opinan que Feijóo tendría que haberse cargado al incomptente Mazón en los primeros días tras la catástrofe climática y, sin embargo, lo mantuvo en el cargo más de un año hasta que la ira del pueblo valenciano se convirtió en una incontenible y ruidosa riada de indignación. La tensión entre moderación y confrontación no es nueva en el PP. Desde su fundación, el partido ha oscilado entre etapas de centrismo pragmático y momentos de mayor dureza retórica. Sin embargo, la aparición de nuevas fuerzas políticas a la derecha del espectro ideológico, junto con la creciente polarización del debate público, ha intensificado esta dinámica. El sector moderado identifica varios factores que han contribuido a esta situación: competencia electoral con partidos emergentes como Vox que han introducido un estilo más rupturista y combativo; presión mediática que premia mensajes contundentes y simplificados; transformación del ecosistema digital, donde la viralidad favorece la confrontación; y crisis institucionales sucesivas, que han erosionado la confianza en los consensos tradicionales. Para este grupo, el riesgo no reside solo en perder votos hacia posiciones más extremas, sino en que el partido renuncie a su esencia y a su papel histórico como fuerza de gobierno capaz de articular mayorías amplias.
La batalla ideológica está servida. Se juega el futuro entre un PP centrado y un partido ultra. Algo que afecta al destino del país. El término “trumpismo” es una forma de hacer política basada en la polarización emocional y el bulo. También en la tendencia a deslegitimar al adversario. El uso de marcos simplificados para problemas complejos; la demagogia populista (preferencia por la comunicación directa en redes sociales) y la construcción de un relato identitario que divide entre “nosotros” y “ellos” forman parte de sus señas de identidad y son letales para la democracia. El grupo moderado sostiene que adoptar ese estilo duro y yanqui podría generar réditos a corto plazo, pero también comprometer la estabilidad del partido a medio y largo plazo y degradar el sistema democrático. En ese barco estarían exministros y exdirigentes que participaron en etapas de gobierno marcadas por el centrismo; presidentes autonómicos y alcaldes que gobiernan en territorios donde la moderación es clave para mantener mayorías; técnicos y asesores que defienden una estrategia basada en la solvencia institucional; y sectores del electorado tradicional que se sienten incómodos con la escalada retórica descontrolada y sin sentido. Ese grupo no actúa como una corriente organizada, al menos todavía, pero sí comparte diagnósticos y preocupaciones. Ahí estarían, supuestamente, Mariano Rajoy, José Manuel García-Margallo, Borja Sémper, Alfonso Alonso, Ana Pastor y Elvira Rodríguez. De Feijóo solo podemos decir aquello de “no sabe, no contesta”. Unos días se comporta como un moderado, otros como un falangista exaltado. Ya se ha puesto manos a la obra para levantar una teoría de la conspiración sobre el accidente de Adamuz, como ya ocurrió durante el 11M. “La respuesta solo puede ser la verdad”, ha dicho. Hoy tocaba trumpismo.
