La operación de Frente Amplio de izquierdas puesta en marcha por Gabriel Rufián tiene enemigos y no solo en la extrema derecha: también en ERC, su propio partido. En las últimas horas la prensa catalana ha informado de que el Col·lectiu Primer d'Octubre, que intentó concurrir como cuarta lista en el último congreso de Esquerra Republicana, pero no logró los avales suficientes, ha presentado una denuncia interna contra Rufián por “posible vulneración de los estatutos”, según informa La Vanguardia.
Concretamente, piden a la comisión de garantías de la formación que abra un expediente informativo al líder en el Congreso por sus “últimas actuaciones políticas recientes”. “Se refieren a su defensa del frente de izquierdas (de la que se ha desmarcado la dirección) y al rifirrafe que protagonizó con los diputados de Junts durante el debate del decreto de vivienda”, añade el rotativo de Barcelona.
Es evidente que lo que, en apariencia, podría interpretarse como un intento de ensanchar alianzas progresistas en un momento de fragmentación política, ha sido recibido dentro del partido independentista con una mezcla de incomodidad, recelo y, en algunos sectores, abierta hostilidad. El Colectiu Primer d’Octubrte es el ala más radical de ERC y sigue apostando por la secesión de Cataluña pese al fracaso del procés. La denuncia interna es solo el síntoma más visible de un malestar que venía acumulándose desde hace meses.
Para entender por qué ocurre esto, conviene observar tres planos: la cultura interna de ERC, la posición de Rufián dentro del partido y el momento político que atraviesa el independentismo.
Tras años de tensiones internas, desgaste electoral y debates sobre la utilidad del diálogo con el Gobierno central, ERC se encuentra en una fase de repliegue. La dirección intenta recuperar cohesión, cerrar grietas y evitar que voces individuales marquen la agenda por encima del proyecto colectivo. En este contexto, cualquier iniciativa que no haya sido consensuada previamente se percibe como un riesgo.
La propuesta de Rufián, al ser lanzada desde Madrid y no desde la estructura catalana del partido, ha sido interpretada por algunos sectores como un movimiento autónomo, incluso personalista. Diversos analistas han señalado que la dirección de ERC teme que un “frente de izquierdas” diluya la identidad del partido en un espacio progresista estatal donde Esquerra perdería centralidad.
Desde su llegada al Congreso en 2016, Gabriel Rufián se convirtió en una de las caras más visibles del independentismo en Madrid. Su estilo directo, su presencia mediática y su capacidad para marcar titulares lo han convertido en un activo electoral, pero también en un elemento difícil de encajar en la disciplina interna.
Sectores críticos dentro de ERC consideran que Rufián actúa con excesiva autonomía y que, en ocasiones, sus intervenciones generan tensiones innecesarias con otros actores del independentismo. El rifirrafe con diputados de Junts durante el debate del decreto de vivienda, mencionado por La Vanguardia, reforzó la percepción de que su estilo puede complicar las relaciones estratégicas entre partidos que, pese a sus diferencias, necesitan coordinarse.
La denuncia del Col·lectiu Primer d’Octubre (un sector crítico que ya intentó presentarse como corriente interna en el último congreso) se enmarca en esta lectura: acusan a Rufián de vulnerar los estatutos por actuar sin mandato explícito y por “desmarcarse” de la línea oficial.
El proyecto de un Frente Amplio no solo afecta a ERC: también toca un nervio sensible en el independentismo. En un momento en que las relaciones entre ERC y Junts son frágiles, y cuando la base social independentista está más fragmentada que nunca, cualquier movimiento que altere el equilibrio interno genera suspicacias.
Algunos sectores interpretan la propuesta de Rufián como un intento de reconfigurar el espacio político catalán desde Madrid, incorporando a actores de izquierdas no independentistas. Para quienes defienden que ERC debe priorizar la reconstrucción del consenso soberanista, esta idea resulta problemática: temen que diluya el objetivo nacional en un proyecto más amplio, pero menos definido.
La cúpula de ERC ha intentado desmarcarse públicamente del Frente Amplio, subrayando que no forma parte de la estrategia oficial. No se trata solo de una cuestión ideológica, sino también de control interno. En un momento de debilidad electoral, la dirección busca transmitir orden, cohesión y claridad. La iniciativa de Rufián, al irrumpir sin un marco consensuado, amenaza esa narrativa. Por eso, aunque la denuncia provenga de un sector minoritario, su existencia revela un clima más amplio: el temor a que figuras individuales condicionen la línea del partido en un momento especialmente delicado.
El “boicot” interno a la operación de Rufián no responde a un único motivo, sino a una combinación de factores: un partido en repliegue, un dirigente con fuerte personalidad política, tensiones estratégicas dentro del independentismo y el miedo a perder control en un momento de incertidumbre. Más que un conflicto personal, es el reflejo de un debate profundo sobre qué quiere ser ERC en el nuevo ciclo político.
