Sánchez y Feijóo repiten los errores que Europa ya aprendió a evitar

PSOE y PP creyeron que podían controlar a Vox. El tiempo demuestra que el cálculo fue un error

05 de Enero de 2026
Guardar
Vox Abascal España
Santiago Abascal, en una imagen de archivo | Foto: Vox

Durante años, la política española se ha explicado a sí misma como una excepción. Mientras en otros países europeos la extrema derecha alteraba el equilibrio institucional, España parecía resistir, protegida por la memoria histórica y por un sistema de partidos aún dominado por dos grandes fuerzas. Esa excepcionalidad ya no existe. Vox ha dejado de ser un actor marginal para convertirse en un agente de desestabilización eficaz, no porque haya conquistado mayorías, sino porque ha logrado algo más sutil y duradero: redefinir los márgenes de lo políticamente aceptable.

El avance no ha sido abrupto. Ha sido gradual, casi silencioso, y en gran medida facilitado por la incapacidad del PSOE y del PP para aplicar un cordón sanitario claro y coherente, como el que sí se ha impuesto —con matices— en países como Alemania, Bélgica o, más recientemente, Francia.

Estrategia de desgaste, no de gobierno

Vox no aspira prioritariamente a gobernar. Su estrategia se parece más a la de otras ultraderechas radicales europeas en su fase inicial: desgastar consensos, tensionar el lenguaje político y forzar a los partidos mayoritarios a jugar en su terreno. La desestabilización no es un efecto colateral, sino el objetivo central.

Cada provocación parlamentaria, cada impugnación simbólica del consenso constitucional, cada batalla cultural cuidadosamente amplificada en redes sociales persigue un mismo fin: desplazar el eje del debate público hacia el conflicto permanente. En ese terreno, Vox se mueve con ventaja. Los partidos tradicionales, no.

El error simétrico del PSOE y del PP

La paradoja es que los dos grandes partidos han contribuido, por razones distintas, al éxito de esta estrategia.

El PSOE ha optado por una confrontación moral constante, presentando a Vox como una amenaza existencial para la democracia. El diagnóstico no es del todo erróneo, pero su traducción política sí lo ha sido. La hipérbole permanente banaliza el riesgo real y refuerza el relato victimista de Vox, que se presenta como fuerza perseguida por un “sistema” al que dice combatir.

El PP, por su parte, ha oscilado entre la normalización táctica y la ambigüedad estratégica. Allí donde ha necesitado a Vox para gobernar, ha pactado; donde no, ha evitado la confrontación directa. El resultado es un mensaje contradictorio: Vox es inaceptable en abstracto, pero perfectamente asumible en la práctica. Ese doble discurso ha vaciado de contenido cualquier intento de cordón sanitario.

Europa demuestra que el aislamiento funciona

En Europa, la experiencia ofrece lecciones claras. En Alemania, el aislamiento político de AfD ha sido imperfecto, pero ha limitado su acceso a responsabilidades ejecutivas. En Bélgica, el cordon sanitario ha mantenido a la extrema derecha fuera del poder durante décadas. Incluso en Francia, donde el partido de Marine Le Pen ha crecido de forma sostenida, los grandes partidos han activado mecanismos (a veces incómodos) para impedir su normalización institucional.

España ha optado por el camino contrario: integrar a Vox en la gobernabilidad territorial mientras se lo denuncia retóricamente a nivel nacional. Esta incoherencia no debilita a la extrema derecha; la legitima.

Victoria cultural antes que electoral

El éxito de Vox no se mide solo en escaños, sino en marcos mentales. Conceptos como “guerra cultural”, “dictadura progre”, “ideología de género” o la impugnación sistemática del consenso autonómico han pasado de los márgenes al debate central. Cuando los adversarios discuten en tus términos, ya has ganado parte de la batalla.

Aquí reside el mayor fracaso del bipartidismo: no haber entendido que el cordón sanitario no es solo institucional, sino también discursivo. No basta con evitar pactos; es necesario negar legitimidad a los marcos que buscan dinamitar el consenso democrático.

La ilusión del control

Tanto el PSOE como el PP han creído, en distintos momentos, que podían utilizar a Vox sin ser utilizados por él. El PSOE, como antagonista útil para movilizar a su electorado. El PP, como socio incómodo pero necesario para acceder al poder. Ambas estrategias comparten un error de base: la subestimación del potencial desestabilizador de la extrema derecha cuando se la normaliza.

Vox no se diluye al entrar en las instituciones; arrastra a las instituciones hacia su lógica. Obliga a elegir bandos, a simplificar debates complejos y a erosionar la confianza en los árbitros del sistema: tribunales, medios, organismos independientes.

El problema ya no es coyuntural

La pregunta ya no es si Vox crecerá más o menos en las próximas elecciones, sino hasta qué punto seguirá condicionando el sistema político español, incluso sin gobernar. En ese sentido, su estrategia está funcionando. Ha logrado que la política sea más áspera, más identitaria y menos orientada al consenso.

El fracaso del cordón sanitario no es solo responsabilidad de Vox, sino de quienes no han sabido o no han querido aplicarlo con coherencia. En política, la ambigüedad frente a fuerzas que buscan desestabilizar el sistema suele interpretarse como debilidad.

Lección pendiente

España no es inmune a las dinámicas que han transformado otros sistemas políticos europeos. La diferencia es que llega tarde a una lección que otros ya han aprendido: la extrema derecha no se neutraliza imitándola ni integrándola sin condiciones, sino marcando límites claros, sostenidos y creíbles.

Mientras PSOE y PP sigan atrapados entre el cálculo táctico y el miedo al coste electoral, la estrategia de Vox seguirá avanzando. No porque convenza a una mayoría, sino porque los demás han renunciado a defender con claridad el terreno común que hace posible la democracia liberal.

Lo + leído