Las relaciones entre España y Marruecos se desenvuelven en un delicado equilibrio marcado por la vecindad geográfica, la interdependencia económica, la cooperación en materia migratoria y antiterrorista, pero también se ven afectadas por fricciones históricas y territoriales latentes. Como telón de fondo, el contencioso sobre el pueblo saharaui, la reivindicación del rey de Marruecos sobre Ceuta y Melilla y el recelo del reino alauita ante el acercamiento de España a Argelia. Estas fricciones llevan a Mohamed VI a adoptar una política hostil contra España y a atacar, de cuando en cuando, “la integridad territorial de nuestro país”, tal como ha reconocido el propio Gobierno de Pedro Sánchez. Es la guerra híbrida, uno de cuyos arietes principales se materializa en la política migratoria que Marruecos y sus mafias manejan a conveniencia y placer. Cada vez que nuestros vecinos africanos se sienten agraviados por algún asunto bilateral, abren el grifo demográfico e inundan de migrantes la frontera sur de Ceuta y Melilla. Eso es precisamente lo que ocurrió la pasada semana, cuando 70.000 personas entraron ilegalmente en territorio español, provocando una crisis humanitaria sin precedentes y el colapso de las ciudades autónomas españolas.
En el centro de esta tensa relación (que podría desencadenar algún escarceo militar en el futuro), la pertenencia de España a la Unión Europea y a la OTAN es el único y absoluto dique de contención que evita un conflicto militar directo entre ambas naciones. Dentro de la Alianza Atlántica, el artículo 5 del Tratado de Washington establece el principio de la defensa colectiva: un ataque contra un aliado se considera un ataque contra todos. La pertenencia de España al club militar es un importante elemento de disuasión contra posibles tentaciones de Marruecos a la hora de apoderarse por la fuerza de Ceuta y Melilla. No obstante, hay un escollo que perjudica a nuestro país: el artículo 6 del Tratado delimita geográficamente el paraguas de cobertura militar a Europa, Norteamérica y las islas situadas al norte del Trópico de Cáncer. Esto deja a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla formalmente excluidas de la cobertura automática del tratado, al encontrarse en el continente africano. Aunque archipiélagos como Canarias sí están protegidos ante posibles ataques de una fuerza exterior, la exclusión de los enclaves norteafricanos demuestra que la OTAN podría no constituir un escudo automático e infalible para defender cada centímetro del territorio español, lo que matiza la idea de que la organización atlantista blinda y fortifica por completo, y de forma automática, a España.
A este factor se suma la dimensión de la Unión Europea. A través de la Cláusula de Asistencia Mutua (Artículo 42.7 del Tratado de la UE), los Estados miembros están obligados a prestar ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance en caso de agresión armada en su territorio. Al pertenecer España a la UE, cualquier conflicto bélico abierto afectaría directamente a los intereses de la Unión y a la estabilidad de sus fronteras meridionales. No obstante, la UE es primariamente un proyecto político y económico cuya respuesta ante una crisis militar tendería a priorizar la mediación diplomática, las sanciones económicas y la presión geopolítica antes que una escalada bélica directa. La Unión Europea frena las tensiones no solo por una cláusula de defensa, sino porque convierte a ambos países en socios comerciales interconectados donde la guerra destruiría los intereses de ambas partes.
Más allá de los tratados multilaterales, es fundamental reconocer que España cuenta con unas Fuerzas Armadas altamente profesionalizadas, modernas y con una capacidad de disuasión convencional muy sólida. El equilibrio militar en la región no depende exclusivamente de que terceras potencias salgan en defensa de Madrid. Las capacidades tecnológicas, aéreas y navales de España aseguran un coste prohibitivo para cualquier hipotética aventura militar extranjera. La seguridad nacional no es un regalo pasivo de las organizaciones internacionales, sino el resultado activo de la capacidad de defensa propia y del peso específico de España en los equilibrios de seguridad del Mediterráneo occidental. Así mismo, los aliados occidentales –con Estados Unidos a la cabeza– consideran el Estrecho de Gibraltar y el norte de África un enclave de vital importancia para la estabilidad global, el comercio marítimo internacional y la lucha contra el terrorismo en el Sahel.
Para Washington y las grandes potencias europeas, una guerra abierta entre España y Marruecos constituiría una catástrofe geopolítica que desestabilizaría el flanco sur de Occidente. Por esta razón, la presión diplomática de la OTAN y de la UE actúa de manera preventiva: los aliados no solo protegen a España por una obligación legal estricta, sino porque la estabilidad de España es un pilar indispensable para su propia seguridad. No obstante, España se enfrenta a otro problema no menor. Donald Trump ha elegido a Marruecos como socio preferente (de hecho fue el primer país en reconocer la soberanía norteamericana tras la guerra de independencia) y en un hipotético conflicto entre ambos países nunca apostaría por los españoles, sino por los sumisos marroquíes.
En conclusión, la pertenencia a la Unión Europea y a la OTAN es un pilar fundamental que eleva drásticamente el coste de cualquier agresión y enmarca las relaciones hispano-marroquíes dentro de un orden internacional basado en reglas. Sin embargo, atribuir la ausencia de un conflicto armado únicamente a estas organizaciones podría no ser una interpretación definitiva y rotunda. La paz se sostiene sobre una combinación de factores: la disuasión militar autónoma de España, los profundos intereses económicos y de cooperación mutua, la estabilidad institucional y el imperativo geoestratégico de las potencias occidentales de mantener el orden en una de las rutas comerciales más sensibles del planeta. La pertenencia a Occidente es un ancla esencial, pero la soberanía, la capacidad de defensa y la diplomacia activa siguen siendo los guardianes cotidianos de la paz.
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