Hay una tradición política tan antigua como la propia Iglesia que consiste en posar junto al Papa, proclamar la sintonía con sus valores y seguir gobernando exactamente igual que antes. Isabel Díaz Ayuso ha llevado esta tradición a un nivel de refinamiento estético que merece reconocimiento. El pasado 1 de junio, la presidenta de la Comunidad de Madrid mantuvo una audiencia privada de una hora con León XIV en el Palacio Apostólico del Vaticano, le entregó la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid, le habló de la fe que se respira en la región, de los belenes navideños, de los valores cristianos que allí se celebran tanto, y regresó a Madrid con el aire de quien acaba de cosechar un aval pontificio para su proyecto político.
El problema es que León XIV publicó el 15 de mayo su primera encíclica, titulada Magnifica Humanitas, exactamente dieciséis días antes del encuentro con Ayuso. Y su contenido, leído con atención, no se parece demasiado al programa electoral del Partido Popular en la Comunidad de Madrid, ni, por supuesto, a las medidas adoptadas por el gobierno de Ayuso. Más bien lo contradice en sus puntos esenciales con la serenidad de quien sabe que tiene dos mil años de doctrina social respaldándole.
"Díaz Ayuso le habló al Papa de belenes navideños y de la fe que se respira en Madrid. El Papa acababa de publicar un documento que habla de migrantes como examen decisivo de la justicia. La conversación debió de ser interesante."
La encíclica que nadie leyó antes de la foto
Magnifica Humanitas es un texto de calado político inequívoco, aunque esté escrito en el lenguaje de la doctrina social. Publicada con motivo del 135 aniversario de la Rerum Novarum de León XIII, el documento que fundó la tradición de justicia social del catolicismo, la nueva encíclica actualiza esa tradición para la era de la inteligencia artificial y del poder tecno-económico concentrado. Y lo hace con una claridad que incomoda precisamente a quienes más se apresuran a fotografiarse con su autor.
Sobre los migrantes, por ejemplo, León XIV no habla de arraigo ni de empadronamiento histórico ni de períodos mínimos de vinculación territorial. Habla de algo conceptualmente distinto: señala a los migrantes, refugiados y desplazados como el "banco de pruebas decisivo" de cualquier sociedad, porque la forma en que los trata demuestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad. Llama a garantizarles vías seguras y legales, acogida digna e integración efectiva. Es difícil imaginar un diagnóstico más alejado de la iniciativa aprobada en la Asamblea de Madrid apenas un mes antes de la visita papal, donde el PP, en alianza con Vox, respaldó restringir el acceso de los migrantes en situación irregular a las prestaciones y servicios sociales, y condicionó el acceso a vivienda protegida a diez años de empadronamiento continuado en el territorio.
La traducción política de la encíclica y la traducción política de la moción apuntan, por tanto, en direcciones opuestas. Una habla de fraternidad como criterio de justicia. La otra habla de arraigo como criterio de acceso. Que ambas sean presentadas como expresiones de valores cristianos requiere un ejercicio de contorsionismo teológico de cierta dificultad técnica.
La dignidad que no se merece ni se demuestra
Pero las contradicciones no se agotan en la política migratoria. La encíclica sitúa en el centro de su argumentación la dignidad irrenunciable de la persona humana, con una formulación que merece ser leída despacio: la dignidad fundamental de cada persona, escribe León XIV, no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada. Es previa a cualquier condición, a cualquier trayectoria de cotización, a cualquier período de empadronamiento. La persona no es "lo que realiza o produce", advierte el documento, porque reducirla a esa condición, convertirla en un recurso que se usa y se explota, es precisamente la tentación que la doctrina social lleva siglo y medio combatiendo.
Es también, dicho sea con la debida delicadeza, la lógica opuesta a la que inspira buena parte de la política social del PP madrileño, donde el acceso a los recursos públicos tiende a vincularse de manera creciente a la demostración previa de la contribución al sistema. La encíclica no menciona a Madrid. No tiene por qué. Describe una lógica, y esa lógica se reconoce sin dificultad.
"El Papa dice que la dignidad de la persona no se adquiere ni se merece ni necesita ser demostrada. El PP de Madrid acaba de aprobar que el acceso a la vivienda pública requiere diez años de empadronamiento. La distancia teológica entre ambas posiciones es notable."
El poder económico concentrado y sus devotos
Hay otro capítulo de Magnifica Humanitas que el PP debería leer con particular atención antes de seguir empleando al Papa como activo electoral. La encíclica denuncia con explícita contundencia el peligro de los poderes económicos superconcentrados que actúan por encima de los Estados sin límites éticos ni democráticos, lo que sus comentaristas han bautizado como una nueva forma de colonialismo: el control de las condiciones de vida mediante la tecnología, los datos y el capital desregulado. León XIV advierte que el mercado no puede organizar completamente la vida humana, que el crecimiento económico que aumenta la desigualdad y destruye la convivencia no sirve de mucho, y que toda civilización que pone el poder por encima de la dignidad termina destruyéndose.
La hemeroteca del PP en materia de desregulación, reducción de la presión fiscal sobre grandes patrimonios y cesión al sector privado de espacios antes ocupados por los servicios públicos ofrece un contraste llamativo con esta doctrina. En la Comunidad de Madrid, la sanidad pública acumula críticas por lo que sus plataformas ciudadanas describen como privatización encubierta: un modelo que, al no invertir suficiente en la red pública, empuja a los ciudadanos hacia los seguros privados. El Papa, en su encíclica, reivindica la destinación universal de los bienes y la solidaridad como principios irrenunciables. Ayuso, en su Madrid, reivindica la libertad individual de cada cual para pagarse la sanidad que pueda permitirse. Son dos cosmologías distintas, y solo una de ellas tiene al Papa de su lado.
La instrumentalización como deporte nacional
Nada de esto es, en rigor, exclusivo del PP ni de Ayuso. La instrumentalización política de la visita papal es un deporte bipartidista con larga tradición española, y el Partido Socialista tampoco ha renunciado a sus propias fotos con León XIV. Pero hay una diferencia de grado que merece señalarse: cuando la política migratoria más restrictiva de la historia reciente del PP madrileño coincide temporalmente con una encíclica que convierte precisamente el trato a los migrantes en el termómetro moral de cualquier sociedad, el contraste no lo genera el analista. Lo genera el calendario.
Ayuso viajó al Vaticano con una medalla y un libro de fotografías navideñas de Madrid: los belenes de San Lorenzo de El Escorial, el nacimiento del Ayuntamiento, las pasiones. Es un gesto de cortesía impecable. El problema es que el anfitrión acababa de publicar un documento en el que los pobres, los enfermos y los migrantes son descritos como las "piedras desechadas" que, sin embargo, son las piedras angulares sobre las que se edifica la verdadera comunidad. Difícil encontrar una metáfora más alejada de la política de arraigo de diez años que el PP aprobó en la Asamblea de Madrid el mes anterior.
"Ayuso llevó al Papa un libro de belenes. El Papa le habría podido regalar su encíclica, que también es, a su manera, un documento sobre quién es bienvenido y quién no."
La foto y el texto
En política, la foto siempre ha valido más que el texto. Ayuso lo sabe, y por eso invirtió en la foto: el viaje al Vaticano, la audiencia privada de una hora, la medalla, las declaraciones sobre la sintonía en torno a los valores cristianos. Lo que no se puede controlar es lo que el Papa escribe cuando nadie le está pidiendo que pose. Y lo que León XIV ha escrito en Magnifica Humanitas es, en muchos de sus pasajes esenciales, una interpelación directa a las políticas de quienes más empeño ponen en fotografiarse con él.
La encíclica llama a construir no una nueva torre de Babel, sino una ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Y las piedras angulares de esa ciudad, insiste el documento, son precisamente los que la política de arraigo deja fuera: los migrantes sin diez años de empadronamiento, los que no pueden demostrar su cotización, los que no encajan en los criterios de arraigo real y prolongado que el PP madrileño ha convertido en condición de acceso a lo público.
Que la visita de León XIV a España haya sido recibida por el Partido Popular como una oportunidad de capitalización electoral es comprensible. Que esa capitalización requiera ignorar sistemáticamente lo que el Papa acaba de escribir sobre los temas en los que el PP tiene posiciones más alejadas de la doctrina social es también, en cierta medida, comprensible. Lo que resulta difícil de sostener es hacer las dos cosas a la vez y esperar que nadie lo note.
León XIV llega a España hoy. Ayuso lo recibirá con toda la hospitalidad que Madrid puede ofrecer. Será un espectáculo hermoso. Solo cabría esperar que, en algún momento del encuentro, alguien le mencionara al huésped que su encíclica ha llegado a la capital unos días antes que él, aunque con bastante menos cobertura mediática.