Óscar Puente aspira a suceder a Pedro Sánchez

Pablo Iglesias da por hecho que el ministro de Transportes está preparado para ser el recambio del sanchismo

26 de Enero de 2026
Actualizado el 02 de febrero
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Óscar Puente en una imagen de archivo
Óscar Puente, durante una intervención en el pasado 41 Congreso Federal | Foto: PSOE

Lo dice Pablo Iglesias. Óscar Puente será el sucesor de Pedro Sánchez cuando este ya no esté en el poder. “Maneja los códigos comunicativos del siglo XXI. Será él”, confirma el líder de Podemos exvicepresidente del Gobierno. Y recientemente en La brújula de Onda Cero, Rafa Latorre preguntó a García Page sobre el futuro del PSOE post Pedro Sánchez y sobre si su sucesor natural sería alguien como Óscar Puente que, al igual que Sánchez, “levanta pasiones entre la militancia”. Tras un revelador silencio, el dirigente manchego aseguró que “un partido como el PSOE no está al servicio ni de la militancia, ni de los votantes y menos aún de los dirigentes. Estamos al servicio de la sociedad en su conjunto”. Ese requiebro (ese irse por los cerros de Úbeda) ante una posibilidad que, sin duda, horroriza a Page, fue más que elocuente y demuestra que la noticia de que el ministro de Transportes puede aspirar a ser el candidato socialista en un futuro no muy lejano no es descabellada.

En el PSOE, el liderazgo no se hereda ni se designa a dedo; se gana en primarias. Cualquier militante que reúna los avales puede presentarse. Y Óscar Puente es uno de los dirigentes más visibles del partido. También uno de los que goza de mayor tirón entre las bases. Es cierto que Page lo odia, pero Page, hoy por hoy, no es más que un barón territorial que ejerce las labores de mosca cojonera o Pepito Grillo del sanchismo.

Puente salió muy reforzado de la riada de Valencia (recuperó en tiempo récord líneas férreas y de Metro que desaparecieron, literalmente, del mapa), aunque es verdad que puede salir tocado de la última crisis tras los descarrilamientos de Adamuz y Cataluña. Tiene un perfil comunicativo fuerte y una presencia mediática constante. Ha ganado peso político desde su entrada en el Gobierno. Y su nombre aparece en análisis y columnas como posible figura de relevo si algún día hubiera un cambio (mucha prensa juega a favor de obra).

Eso no significa que vaya a ocurrir, solo que forma parte del grupo de dirigentes con proyección. En la historia reciente del partido, quienes han llegado a la Secretaría General han cumplido algunos de estos requisitos: apoyo de una parte significativa de las bases; implantación territorial o respaldo de federaciones fuertes; visibilidad pública y capacidad de comunicación; y percepción de solvencia interna y externa. Puente cumple con uno o más de estos puntos, pero no todos los escalones dependen de él. Para llegar a la cúspide, tendrá que superar a primeros espadas como María Jesús Montero o Patxi López. No es cierto que no haya recambio; el PSOE es un partido con suficientes cuadros y figuras con proyección, no una sola. Incluso en la política municipal y autonómica. Gente con inteligencia y capacidad de liderazgo, aunque hoy por hoy sean anónimos gestores en sus pueblos y terruños.

La primera virtud de Puente es su habilidad comunicativa, algo esencial en los tiempos que corren. Se mueve como pez en el agua en las redes sociales y eso vale más que cien mítines bien dados. Además, se expresa con claridad, confronta con destreza y sus zascas a las derechas son antológicos, algo que enardece al socialista más cafetero y causa cierta simpatía, aunque solo sea por una relativa afinidad ideológica, en el votante situado más allá de la izquierda del PSOE. El ministro conecta con públicos diversos y maneja la escena en los medios de comunicación.

A su hoja de servicios (Pedro Sánchez, que parece cada día más desgastado y hasta quemado, la valora en su justa medida, como demostró ayer al romper una lanza por su mano derecha) se une la experiencia en la gestión. Antes de ser ministro, fue alcalde de Valladolid durante dos mandatos, portavoz municipal y figura destacada en la política local. La gestión local suele considerarse una escuela política exigente porque obliga a tomar decisiones prácticas y visibles para la ciudadanía. Y Puente la aprendió bien. En su etapa como alcalde y ahora como ministro, se le atribuye un estilo directo, rápido en la toma de decisiones y orientado a resultados. Este rasgo aparece con frecuencia en los análisis sobre su figura pública. En su contra juega que, a menudo, se deja llevar por una ironía hiriente o no bien graduada, un ramalazo que le pierde, tal como demostró hace unos días, cuando se mostró seguro de que se abriría una negociación con los maquinistas en huelga una vez que pasara “el suflé emocional” por la muerte de sus compañeros. Esa frialdad con un gremio tocado por la tragedia no parece la más idónea para alguien que pretende dirigir los destinos del país. Otro hándicap puede ser que pierde gancho entre los socios indepes. Ayer mismo, Junqueras pidió su dimisión por las últimas catástrofes ferroviarias. Hoy por hoy, un socialista no puede llegar a la Moncloa sin Esquerra, Bildu, etc, etc.

Óscar Puente ha mantenido una relación estrecha con la dirección del partido y ha sido uno de los portavoces más visibles en momentos delicados. Esa combinación de lealtad y visibilidad suele ser valorada dentro de las organizaciones políticas. Estas cualidades no significan que vaya a ser presidente ni que deba serlo; simplemente son rasgos que algunos observadores consideran relevantes cuando analizan su figura en escenarios hipotéticos de liderazgo.

Puente podría ser líder del PSOE perfectamente. Tiene visibilidad, peso político y está loco por la música, es decir, que no le haría ascos a un reto que cuadra con su espíritu luchador y guerrillero. Sin embargo, cualquier cambio pasa por un proceso interno de primarias según el contexto político del momento. Y ahí hay mucha tela que cortar.

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