Núcleo Nacional, el nazismo legalizado por la democracia

Las fuerzas de seguridad del Estado insisten en que están investigando las vías de financiación del partido neonazi español, pero lo cierto es que sus integrantes se sienten cada vez más fuertes e impunes

11 de Noviembre de 2025
Actualizado a las 8:57h
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Integrantes de Núcleo Nacional durante un aquelarre neonazi en Madrid
Integrantes de Núcleo Nacional durante un aquelarre neonazi en Madrid

Hasta la fecha, no hay pruebas ni indicios confirmados de que Vladimir Putin o el Gobierno ruso estén financiando a Núcleo Nacional (NN), el partido neonazi que desplegó una concurrida manifestación no autorizada el pasado fin de semana en Madrid. Ninguna investigación oficial ni medio de comunicación acreditado ha podido documentar vínculos financieros entre el Kremlin y este grupo español de extrema derecha. Pero la investigación continúa.

La sospecha de posibles conexiones entre grupos ultras europeos y Rusia ha sido recurrente en los últimos años. A Putin siempre le ha interesado desestabilizar las democracias occidentales, debilitarlas como paso previo a la desintegración de la UE y a su más que segura ofensiva hacia el Oeste en su afán por recuperar territorio perdido en países de la antigua Unión Soviética. La “guerra híbrida” mediante financiación de grupos antisistema, bandas terroristas, actos de sabotaje, pirateo informático y ataques contra infraestructuras esenciales. En Francia, Alemania e Italia se han documentado casos en los que partidos o movimientos radicales han recibido apoyo directo o indirecto del Kremlin como parte de esa estrategia de desestabilización geopolítica.

Sin embargo, en el caso de Núcleo Nacional, surgido en España en 2023 como una escisión de Bastión Frontal, no hay evidencia pública de financiación extranjera. NN es un grupo de extrema derecha que se autodefine como neonazi. Sus miembros se caracterizan por su estética fascista, discursos ultranacionalistas, acciones violentas y creciente presencia en manifestaciones públicas. NN es una asociación legal registrada ante el Ministerio del Interior, aunque está bajo investigación policial por delitos de odio y antisemitismo. Su nada modesta sede, llamada “El Nido”, ubicada en Las Tablas (Madrid), hace referencia al “Nido del Águila” en el que se refugiaba Adolf Hitler. Se definen abiertamente como fascistas, nacionalsocialistas y neonazis. Promueven lemas como “Sangre, Tierra y Tradición” y han difundido mensajes como “Las vidas blancas importan”. Rechazan el sistema democrático y critican a Vox por ser “derechita cobarde”. Además, han jaleado agresiones a menores migrantes y convocado protestas frente a centros de acogida. También han organizado manifestaciones con saludos fascistas, cánticos como el Cara al sol y símbolos nazis, especialmente en fechas conmemorativas como el aniversario de la muerte de Franco.

El pasado fin de semana reunieron a más de 1.000 personas frente al Congreso de los Diputados bajo el lema “Contra los políticos corruptos”. Exhibieron pancartas xenófobas y gritaron lemas racistas como “Moros no, España no es un zoo”. También se vieron banderas rusas, lo que viene a demostrar el sentimiento de simpatía que el nuevo franquismo siente hacia el autócrata Putin. En varias concentraciones, se produjeron detenciones por altercados y presencia de menores entre los manifestantes.

NN es una organización bien estructurada. ¿De dónde sale el dinero para sus violentos eventos? Es algo conocido que un banco próximo al líder húngaro Viktor Orbán, la mano derecha de Putin en la UE, paga los gastos de campaña de Vox. No sería de extrañar, por tanto, que el nuevo falangismo patrio haya abierto ambién un canal de obtención de recursos vía Moscú. Las fuerzas de seguridad del Estado informan de que están tras la pista del grupo. Sin embargo, todavía no hay resultados concretos. Hay sectores de la Policía y la Guardia Civil que son laxos, tibios o tolerantes con el movimiento (quizá porque simpatizan con ellos) y los jueces tampoco han demostrado demasiado interés por ilegalizarlos. Lo tendrían fácil: bastaría con aportar una de las siniestras grabaciones sobre sus aquelarres fascistas como prueba para aplicar el delito de oído. No lo hacen, y en cierta medida en eso la democracia está cometiendo el mismo error que la República de Weimar, que en los años veinte del pasado siglo dejó hacer al fascismo con un resultado nefasto: una guerra mundial y el horror de los campos de exterminio del Tercer Reich.

Núcleo Nacional utiliza gimnasios, redes sociales y estética juvenil para atraer a nuevos miembros. Su líder es un youtuber popular entre la ultraderecha que promueve la idea de que “los héroes somos nosotros”. Han ganado adeptos entre jóvenes desencantados con la política tradicional, aprovechando el auge de discursos identitarios y antiinmigración. Las autoridades aseguran que sus cabecillas han sido identificados y están bajo vigilancia policial. Pero no es cierto. Cada día son más y más fuertes. Más violentos, tal como se demuestra en sus macabras puestas en escena, que recuerdan en buena medida a aquellos actos multitudinarios donde Hitler soltaba su vómito contra el pueblo judío.

La Delegación del Gobierno en Madrid ha destacado el “extraordinario trabajo” de la Policía Nacional en contener sus manifestaciones, pero lo único cierto es que, en no pocas protestas neonazis, los antidisturbios se limitan a mirar y a contemplar sin entrar en acción. No fue el caso del pasado fin de semana, cuando los agentes cargaron de forma expeditiva contra los integrantes de este grupo fascista.

De momento no ha podido confirmarse ninguna financiación extranjera, aunque la sede y recursos de NN han despertado sospechas. Tampoco hay nada que apunte a financiación internacional, ni mucho menos al Kremlin. Aunque el Gobierno ruso ha sido vinculado con movimientos ultraderechistas en Europa, no hay ninguna evidencia que relacione a la Administración Putin con Núcleo Nacional. Las sospechas sobre su financiación se centran en redes locales, donaciones privadas y estructuras opacas dentro de España. Pero sin olvidar la conexión rusa.

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