El exitazo de audiencia del programa Mañaneros, emitido en la franja matinal de RTVE, se ha convertido en una pesadilla obsesiva para el Partido Popular. Lo que comenzó como un espacio de entretenimiento y actualidad ligera ha terminado ocupando un lugar central como foro de debate de la política española y Génova ha intensificado sus críticas hacia el formato, su línea editorial y, especialmente, su tratamiento de la actualidad. Para el PP, Mañaneros no es solo un programa de televisión: es un símbolo de lo que considera un uso partidista de la cadena pública por parte del Gobierno. La antena mediática de Moncloa; o sea, Telepedro. El invento está funcionando y en la sede de los populares han saltado todas las alarmas por la posible influencia de Mañaneros en las encuestas de cara a las elecciones de 2027. Un programa de semejante proyección social puede ser una botella de oxígeno para el sanchismo y un fuerte revulsivo para la izquierda española. De ahí que Feijóo haya dado a los suyos la orden de acoso y derribo contra el programa de moda y más visto.
Lo que no dice el PP es que en Telemadrid, la televisión de Isabel Díaz Ayuso, numerosos periodistas de la izquierda están vetados desde hace tiempo. “En esa casa solo hay paz cuando emiten toros, el resto del tiempo es caña a los progresistas”, asegura el periodista Chema Garrido, director de ElPlural. La televisión madrileña está completamente fagocitada por la lideresa castiza, pero ella se permite criticar a Mañaneros como un programa prosanchista que se dedica a perseguir a los políticos del PP, a la derecha y a los jueces.
La tensión no surge de la nada. Desde hace años, la relación entre los grandes partidos y RTVE atraviesa ciclos de desconfianza, acusaciones cruzadas y debates sobre la independencia de los medios públicos. Sin embargo, el foco específico sobre Mañaneros resulta llamativo por su intensidad y persistencia. Dirigentes populares han mencionado el programa en ruedas de prensa, intervenciones parlamentarias e incluso en redes sociales, donde denuncian lo que consideran un sesgo sistemático contra su partido. Esta insistencia ha convertido al espacio matinal en un inesperado protagonista del debate político. Están obsesionados con el programa que presenta Javier Ruiz.
El PP sostiene que Mañaneros actúa como altavoz del Gobierno, especialmente en temas sensibles como la amnistía, la financiación autonómica o la gestión económica. Según su relato, el programa selecciona tertulianos afines al Ejecutivo, evita preguntas incómodas y construye un marco narrativo que perjudica a la oposición. Aunque estas afirmaciones forman parte del discurso demagógico trumpista habitual, lo cierto es que han logrado instalar la idea de que el programa es un terreno de disputa ideológica.
Por su parte, RTVE y los responsables del espacio defienden la pluralidad de voces y la independencia profesional del equipo. Argumentan que la presencia de analistas de diferentes sensibilidades políticas demuestra que no existe un sesgo deliberado y que las acusaciones del PP responden más a una estrategia de presión que a una evaluación objetiva del contenido. En este sentido, varios profesionales del ente público han recordado que la crítica política hacia los medios es legítima, pero que convertir un programa concreto en un enemigo recurrente puede erosionar la confianza en la información pública.
La obsesión del PP con Mañaneros también puede interpretarse como parte de una estrategia más amplia. En un contexto de polarización creciente, señalar a los medios públicos como instrumentos del adversario permite movilizar a la base electoral y reforzar la idea de que la oposición compite en un terreno desigual. Además, la televisión matinal sigue siendo un espacio con una audiencia significativa, especialmente entre sectores de población que consumen información de forma más tradicional. Controlar el relato en esa franja horaria, o al menos cuestionarlo, se convierte así en un objetivo político relevante.
Otro elemento que explica esta fijación es la transformación del propio ecosistema mediático. Con la fragmentación de audiencias y la irrupción de plataformas digitales, los programas que mantienen una presencia estable en la televisión lineal adquieren un valor simbólico mayor. Mañaneros, con su mezcla de actualidad, entretenimiento y tertulia, encaja en ese perfil. Para el PP, criticarlo no solo es cuestionar un contenido, sino disputar un espacio de influencia.
Sin embargo, esta estrategia no está exenta de riesgos. Al convertir un programa concreto en un adversario político, el PP corre el riesgo de sobredimensionar su impacto real y de alimentar una narrativa victimista que puede no conectar con todos los sectores de su electorado. Además, la insistencia en denunciar sesgos mediáticos puede diluirse si no se acompaña de propuestas concretas para reforzar la independencia de RTVE, un terreno en el que todos los partidos han tenido dificultades para alcanzar consensos duraderos.
Mientras tanto, Mañaneros continúa con su programación habitual, aunque inevitablemente bajo un escrutinio mayor. La polémica, lejos de perjudicar a TVE, ha incrementado su visibilidad. Cada día más gente ve el programa que atormenta al PP.
