Estaba claro. La oferta de Frente Amplio de izquierdas de Gabriel Rufián para frenar a la extrema derecha ha abierto un acalorado debate en el seno de ERC entre quienes apuestan por sumarse a un bloque con las demás confluencias progresistas del Estado español y quienes optan por el enroque en la política local catalana. Y en la cúpula del partido han saltado todas las alarmas. En la dirigencia no ha gustado ese debate que puede terminar fracturando a la formación republicana y empieza a ver a Rufián como un problema más que como una solución. Tal es así que se le ha abierto la puerta de salida al vehemente portavoz de Esquerra en el Congreso de los Diputados.
En una entrevista en la cadena Ser Catalunya, el histórico Oriol Junqueras aseguró que no teme la marcha de Gabriel Rufián: “ERC está por encima de todo”. Y añadió: “No tememos a nada, ni a la prisión. ERC tiene 95 años, ha tenido cinco presidentes de la Generalitat, con Francesc Macià, Lluís Companys, Josep Irla, Josep Tarradellas, Pere Aragonès... da igual. Es un partido que está por encima de todo”.
“Rufián es mi amigo, alguien fantástico: expresa su opinión personal y yo estoy a favor de la libertad de conciencia, solo faltaría, pero esto es compatible con afirmar que el catalanismo, los valores democráticos y el independentismo en Cataluña los encarna ERC”, insistió para incidir en que “Esquerra se presentará como Esquerra”. Es decir, nada de bloque unitario, nada de hermandad para frenar a Vox, que parece imparable en cada cita con las urnas.
Es evidente que la propuesta de Gabriel Rufián de Frente Amplio ha provocado un auténtico terremoto interno en Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Lo que el diputado defendió como una reflexión estratégica para un momento político “excepcional” ha sido interpretado por la dirección del partido como una desviación del rumbo marcado y, sobre todo, como una iniciativa lanzada sin coordinación interna. El resultado: ERC está valorando prescindir de los servicios de Rufián.
El episodio estalló tras un acto público en el que el portavoz independentista republicano compartió escenario con Joan Tardà, histórico dirigente republicano y una de las voces más influyentes del sector más pragmático del partido. Ambos defendieron la necesidad de que las fuerzas progresistas españolas (desde el PSOE hasta Sumar, pasando por los partidos nacionalistas de izquierda) exploren mecanismos de cooperación para evitar que la extrema derecha condicione la agenda política del Estado. La idea, que Tardà lleva tiempo deslizando en entrevistas y artículos, fue recogida por Rufián con entusiasmo, presentándola como una “responsabilidad democrática”. Desde ese momento, muchas voces en ERC valoran sumarse a la propuesta de unidad. Una corriente que no agrada a la cúpula de la formación. De modo que la dirección no tardó en desmarcarse del proyecto.
El partido atraviesa un momento delicado, con tensiones internas sobre la estrategia a seguir en Madrid, el papel en la gobernabilidad del Estado y la necesidad de recomponer su espacio electoral en Cataluña. En ese contexto, la propuesta de Rufián fue vista como un movimiento unilateral que podía interpretarse como un giro hacia posiciones demasiado cercanas al PSOE, justo cuando ERC intenta reafirmar su perfil propio. La reacción más contundente ha llegado de la mano de Oriol Junqueras. En declaraciones posteriores al acto, el expresidente del partido y figura central del espacio republicano sugirió que nadie es imprescindible, una frase que muchos interpretaron como un aviso directo a Rufián. Junqueras insistió en que ERC debe mantener una estrategia coherente, basada en la defensa del autogobierno, la amnistía y la negociación política, y que cualquier planteamiento que afecte a la línea del partido debe discutirse internamente antes de hacerse público.
Aunque Junqueras evitó mencionar a Rufián por su nombre, el mensaje fue inequívoco. La dirección quiere cerrar filas y evitar que voces individuales marquen la agenda. Las palabras de Junqueras resonaron como un recordatorio de que ERC ha sobrevivido a crisis mayores y que el proyecto colectivo está por encima de cualquier figura mediática.
La tensión entre Rufián y la cúpula del partido no es nueva. Desde hace meses, sectores de ERC consideran que el diputado ha ido construyendo un perfil demasiado personalista, más centrado en su presencia mediática que en la estrategia colectiva. Su estilo directo, su actividad en redes sociales y su tendencia a lanzar propuestas propias han generado incomodidad en algunos dirigentes, que preferirían un discurso más alineado con la dirección.
El acto con Tardà, lejos de ser un gesto aislado, fue interpretado como la confirmación de que Rufián se siente cada vez más autónomo respecto a la estructura del partido. La presencia de Tardà (quien mantiene una relación compleja con la actual dirección) añadió un componente simbólico que no pasó desapercibido.
La dirección republicana intenta ahora reconducir la situación sin abrir una crisis mayor. Oficialmente, el partido ha evitado hablar de sanciones o expulsiones, pero varias voces internas han dejado claro que Rufián deberá “reflexionar” sobre su papel y su futuro. La expresión “abrir la puerta de salida” ha circulado en conversaciones internas, aunque nadie la pronuncia públicamente.
ERC se encuentra en un momento de redefinición estratégica. Tras años de protagonismo en la política estatal, el partido quiere recuperar centralidad en Cataluña, donde compite con Junts y con un PSC en ascenso. En ese contexto, cualquier gesto que pueda interpretarse como subordinación a la izquierda española genera recelos.
El futuro de Rufián dentro de ERC es incierto. Aunque sigue siendo un activo electoral y una figura reconocible, su sintonía con la dirección parece debilitada. Algunos analistas apuntan a que podría optar por dar un paso al lado al final de la legislatura, mientras que otros creen que la tensión se enfriará con el tiempo.
Lo que sí parece claro es que la propuesta de un frente unitario de la izquierda española no tendrá recorrido dentro de ERC, al menos por ahora. El partido quiere mantener su autonomía estratégica y evitar que se le perciba como un actor subordinado en la política estatal.
