Jordi Sevilla fue ministro de Administraciones Públicas del Gobierno de España entre 2004 y 2007 y diputado en el Congreso de 2000 a 2009. Nunca fue un ministro que pasó a la historia, más bien pasó con más pena que gloria. Emprendió algunas reformas ambiciosas que quedaron incompletas como el Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP). Pero el proyecto quedó a medio desarrollar, muchas de sus partes nunca se desplegaron y dejó un mosaico de aplicación desigual entre administraciones. Expertos en función pública consideran que el EBEP fue más un marco teórico que una reforma efectiva, y que Sevilla no logró consolidar los cambios antes de dejar el cargo.
La modernización digital emprendida por Jordi Sevilla tampoco se implantó con celeridad. Fue más lenta de lo prometido y la falta de coordinación entre administraciones fue más que evidente. Además, siempre se le criticó su falta de liderazgo político al frente de su departamento, su perfil bajo, su carácter técnico, tecnócrata, alejado de la ideología socialista. Jamás fue un peón con gran peso político dentro del Gobierno ni del partido. Podría decirse que le dieron una cartera de esas que se caen de las manos. Un tipo gris (además de un liberal más que un izquierdista de pedigrí).
Todo ello hizo que muchas de sus iniciativas quedaran diluidas o dependieran de otros ministerios más poderosos, lo que limitó su capacidad de transformar la Administración. Poco presupuesto, poco poder político y escasa visibilidad pública. En otras palabras: algunas ideas buenas, una ejecución irregular. Los interinos, de los que a menudo habla este periódico en defensa de sus derechoos, saben bien lo que fue la gestión Sevilla.
Además, el exministro protagonizó episodios de fricción dentro del propio Gobierno, especialmente con el Ministerio de Economía. Su salida en 2007 se interpretó en algunos círculos como un desgaste interno, pérdida de influencia y cierta frustración por no poder llevar más lejos sus reformas. No fue una salida traumática, pero sí un síntoma de que su margen de maniobra se había reducido.
Hoy, las fricciones con la dirección del partido vuelven. Tanto es así que ayer lunes lanzó una iniciativa para reformar el PSOE, llamada Socialdemocracia 21, que parte de un manifiesto y tiene la aspiración de consolidarse como corriente entre la militancia. Tal como era de esperar, no ha logrado adhesiones, según informa Efe. ¿Es Sevilla el hombre capaz de aglutinar a los descontentos y de enmendar el rumbo de un partido que pierde votos en cada sondeo demoscópico, que acaba de salir de un descalabro como el de Extremadura y cuyo futuro está abocado a la peor crisis de su historia en siglo y medio de existencia? No parece. Sevilla ya no es nadie en el PSOE, si es que alguna vez lo fue. Y ese movimiento, ese paso adelante, solo puede ser interpretado como parte de una campaña contra Pedro Sánchez organizada por otros. Sin duda, por Felipe González y Emiliano García-Page, que están detrás de cada chinita o dardo antisanchista.
Sevilla nunca se destacó en nada en el PSOE. Ayer, voces disidentes del partido, como Emiliano García-Page, Susana Díaz o Juan Lobato, filtraron que no han firmado el manifiesto y, en todo caso, se han limitado a dar la bienvenida a propuestas internas de este tipo. Jordi Sevilla, pese a no tener apoyos, hizo público el documento, en el que pide una revitalización de la socialdemocracia española, tanto dentro como fuera del PSOE, mientras que aboga por “una España cohesionada” y critica el “tacticismo coyuntural”, en referencia a los pactos del Gobierno de coalición con los independentistas. Por el momento, ocho horas después de la presentación hecha por el autor del escrito en su cuenta de Instagram, son escasos y poco relevantes los apoyos expresos recibidos. Cri, cri, cri. Están con él cuatro amigos de su pueblo y poco más. La exdiputada Ana Botella, el expresidente de la Diputación de Castellón José Martí, el exalcalde de Antequera Paulino Plata y el historiador y expresidente de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas Roberto Fernández. Ninguno de los firmantes que han publicado vídeos de adhesión son pesos pesados ni primeros espadas y el gran barón discordante o díscolo, Emiliano García-Page, ha pasado del asunto, lo cual dice mucho sobre el tibio movimiento de disidencia.
En política se puede hacer de todo menos el ridículo, decía Josep Tarradellas. Y todo apunta a que el bueno de Jordi ha hecho un poco el panoli. Cuando se da un paso adelante de semejante trascendencia en la vida, cuando se va a la guerra, hay que ir con todas las consecuencias, con las espaldas bien cubiertas y con ciertas garantías de éxito. Ir para nada es tontería, como decía el cómico aquel. Pero parece que el exministro ha servido a los intereses de otros y, finalmente, ha quedado en evidencia. Un tejerazo en el seno del PSOE que no ha prosperado, uno más, aunque bien haría Sánchez en no tomarse estas pequeñas convulsiones a la ligera o ningunearlas, ya que este tipo de boicots desde dentro van minando el poderío sanchista y ocasionan un daño a la credibilidad del PSOE como partido solvente y cohesionado. Mucho nos tememos que alguien le dijo a Sevilla eso de “¿a que no hay a presentar el escrito contra el jefe?” y él se vino arriba contestando aquello de “sujétame el cubata”. Eso o la nostalgia del exministro por los focos y que ahora ha calmado un tanto con un minuto más de gloria. En realidad, la operación Sevilla parece obedecer a un calentón más propio de los tiempos navideños que acabamos de vivir, pero que está abocado al fracaso. Sánchez sigue firme y con el patio y los resortes de Ferraz bien controlados, aunque el partido se le derrumbe poco a poco. Esa es la única verdad.
