Las graves consecuencias de que Ayuso nunca hable de salarios

El modelo de Ayuso se sostiene sobre un equilibrio frágil donde el crecimiento empresarial se financia, en parte, mediante una deflación salarial encubierta por el alto coste de la vida y, sobre todo, de la vivienda

22 de Marzo de 2026
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Ayuso salarios
Isabel Díaz Ayuso durante un Consejo de Gobierno | Foto: CAM

La figura de Isabel Díaz Ayuso se ha erigido como la máxima exponente de un ultraliberalismo que no solo evita el debate salarial, sino que lo considera una injerencia en el orden natural de la economía. Para la presidenta regional, el salario no es una categoría de protección social, sino el resultado residual de una libertad empresarial absoluta.

Su discurso, cada vez más radicalizado frente a las subidas del SMI, desplaza sistemáticamente la responsabilidad del bienestar desde la regulación estatal hacia un voluntarismo de mercado donde la "empresa libre" es la única fuente legítima de riqueza.

La retórica de Ayuso ha acuñado un nuevo término en la batalla cultural: el intervencionismo liberticida. Al calificar las actualizaciones del salario mínimo como medidas electorales que "hacen daño a todos", la mandataria madrileña establece una frontera infranqueable entre el poder político y la nómina del trabajador. Bajo este prisma, cualquier intento del Estado por fijar un suelo de ingresos es visto como un ataque a la competitividad de la región. Sin embargo, este silencio sobre la precariedad convive con una promesa audaz: España necesita "triplicar los salarios", pero solo a través de la desregulación total. Es la gran contradicción de su modelo: reconocer un problema de ingresos mientras se dinamitan todas las herramientas institucionales para corregirlo.

Paral "modelo Madrid" de Ayuso, la empresa no es solo un actor económico, sino el sujeto de derechos que debe ser "respetado" por encima de la colectividad. Ayuso ha advertido repetidamente que las compañías "se irán a donde sean valoradas" si continúa la presión regulatoria, utilizando la fuga de capitales como amenaza para silenciar las demandas de mejora laboral. Esta visión convierte al trabajador en un beneficiario pasivo de la bonanza empresarial, cuya remuneración depende exclusivamente de la "incentivación y las ganas" del empleador. Al eliminar al sindicato y a la ley de la ecuación salarial, el ultraliberalismo de Ayuso transforma la relación laboral en un acto de fe en la meritocracia abstracta y la buena voluntad del mercado.

La estrategia política de Sol pasa por presentar a Madrid como un oasis de baja fiscalidad donde el salario es un asunto privado, casi invisible. Este silencio salarial deliberado cumple una función ideológica clara: desviar el foco de la desigualdad hacia la identidad. Al no hablar de salarios reales, la conversación se traslada a la "libertad de horarios" o la "apertura de alianzas", conceptos que diluyen el conflicto de clase en una aspiracionalidad constante. La negativa a pactar subidas o a fiscalizar la precariedad en sectores externalizados refuerza un modelo de externalización que prioriza el balance de resultados sobre la calidad del empleo. Es decir, para Ayuso, hablar de salarios es hablar de política, y su objetivo es que el mercado sea el único que tenga la palabra.

La estrategia política de Isabel Díaz Ayuso pasa por hacer creer que la Comunidad de Madrid se ha transformado en un laboratorio de resistencia contra cualquier forma de intervención estatal en el mercado. Este modelo, cimentado sobre la premisa de una "libertad sin tutelas", ha generado un fenómeno económico singular: mientras los indicadores de crecimiento macroeconómico de la región lideran las tablas nacionales, se ha producido un silencio sistemático sobre los salarios reales de la población. Esta omisión no es casual, es el mecanismo que permite ignorar la creciente brecha entre unos ingresos estancados y un coste de la vida que, impulsado por un mercado inmobiliario desbocado, amenaza con devorar la capacidad de consumo y ahorro de las clases medias y trabajadoras.

Los datos de marzo de 2026 dibujan una realidad incontestable: la libertad salarial defendida por el ejecutivo regional no ha ido acompañada de una libertad de acceso a la vivienda. Mientras los salarios en Madrid han experimentado un crecimiento acumulado de apenas el 7,9% en los últimos tres años, el precio del alquiler se ha disparado un 51,4% en el mismo periodo. Esta asimetría ha provocado que el alquiler medio de un piso en la capital ronde ya los 1.589 euros mensuales, una cifra que representa casi el 95% del salario neto medio de un trabajador cualificado. En la práctica, esto supone la desaparición de la emancipación individual, obligando a profesionales con formación universitaria a compartir vivienda o a dedicar la práctica totalidad de sus ingresos a mantener un techo, neutralizando cualquier beneficio derivado de las rebajas fiscales de la región.

El precio por metro cuadrado en Madrid se sitúa en máximos históricos, alcanzando los 23,3 €/m² en la capital y superando los 21 €/m² de media regional. El modelo de Ayuso, que rechaza frontalmente la aplicación de la Ley de Vivienda estatal y el control de precios, fía toda la solución al incremento de la oferta a través del "Plan Vive" y la liberalización del suelo. Sin embargo, la velocidad de construcción de estas 15.000 viviendas prometidas palidece ante una demanda que ha convertido distritos tradicionalmente obreros como Puente de Vallecas o Usera en zonas de rentabilidad especulativa, con subidas interanuales que superan el 12% y el 20% respectivamente.

La invisibilidad del debate salarial en el discurso oficial de Sol permite ocultar que Madrid se ha convertido en una isla inflacionaria. Aunque el IPC general muestra signos de moderación a nivel nacional, la inflación subyacente en la región mantiene un diferencial positivo, impulsada por un sector servicios que traslada el incremento de los costes de los locales comerciales, también sujetos a la burbuja del alquiler, directamente al consumidor. La libertad de horarios comerciales, bandera del ayusismo, ha generado un dinamismo económico indudable, pero también ha consolidado un modelo de empleo con alta rotación y bajos salarios en el sector servicios, donde la carestía de la vida en la capital actúa como un impuesto invisible que reduce drásticamente la renta disponible real de los madrileños.

Ante la imposibilidad de afrontar un alquiler convencional, el mercado ha mutado hacia fórmulas que el gobierno regional abraza como "soluciones pragmáticas", pero que los analistas sociales ven como la institucionalización de la precariedad. El auge del alquiler por habitaciones, cuyo precio medio ya roza los 575 euros, y la promoción del coliving con superficies mínimas de 40 metros cuadrados, son la respuesta física a un modelo de libertad que no alcanza para pagar un hogar completo. Al tratar la vivienda exclusivamente como un activo financiero y no como un derecho vinculado a la suficiencia salarial, la Comunidad de Madrid corre el riesgo de convertirse en una ciudad-dormitorio de lujo, expulsando a la fuerza de trabajo esencial hacia una periferia cada vez más lejana y costosa.

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