Feijóo está siendo abducido por la conspiranoia y no opone resistencia

El submundo conspiracionista mundial coincide en lanzar la teoría del fraude electoral. Ayuso pidió que "ni se le ocurra" a nadie votar por correo. Feijóo, dos días después, dijo confiar en los carteros pero no en los directivos de Correos

09 de Octubre de 2026
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Feijoo abducido
Alberto Núñez Feijóo en una imagen de archivo | Foto: Partido Popular

Depositar una papeleta en una urna no es solo ejercer un derecho. Es cumplir un pacto invisible entre la ciudadanía y el Estado, una ceremonia que descansa en la confianza: en los funcionarios que custodian los colegios, en la neutralidad de quienes transportan las voluntades de un pueblo. Pues bien. A siete semanas del 29 de noviembre, ese pacto empieza a tambalearse bajo un relato de sospechas que ha pasado, en cuestión de días, de las redes sociales y los foros de la conspiranoia a las tribunas de los partidos.

La cronología es corta y elocuente. El lunes, tras conocerse el adelanto electoral, Isabel Díaz Ayuso pidió a "todo el mundo" que ni se le pasara por la cabeza votar por correo y advirtió de que el PP estaría "pendiente" de una posible "adulteración" del censo. El PP de Madrid difundió además un vídeo hecho con inteligencia artificial en el que se advertía de que Sánchez quiere llevar al país "a una dictadura" y se pedía: "No votes por correo". El miércoles, desde Ceuta, Alberto Núñez Feijóo puso el sello de partido: confía "plenamente" en los carteros y en los empleados públicos de Correos, pero no en sus directivos, y anunció que propondrá a la Junta Electoral Central medidas adicionales para "incrementar la garantía del voto por correo".

De Washington a Madrid

Para entender la deriva conviene mirar al otro lado del Atlántico. La narrativa del fraude por correo no nació en España. Se perfeccionó en la política estadounidense durante el ciclo de 2020 y culminó, en enero de 2021, con el asalto al Capitolio. El mecanismo es tan simple como eficaz: sembrar la duda sobre una logística compleja, tachar de sospechoso cualquier retraso y presentar a las instituciones como engranajes de una camarilla. Aquella semilla se convirtió en producto de exportación para movimientos de todo el mundo que buscan una justificación previa ante una eventual derrota. El mensaje al votante es demoledor: si ganamos, la democracia funciona; si pierden, hubo trampa.

En España, Vox adoptó el guion con entusiasmo. Santiago Abascal también animó a evitar el voto por correo, y el cuestionamiento de las juntas electorales y de Correos se ha convertido en un eje recurrente de su agitación. Lo novedoso de esta semana es que la idea ha cruzado la frontera hacia el conservadurismo institucional.

El giro de Ayuso y la ambigüedad de Feijóo

Ayuso negó que sus palabras apuntaran a una manipulación del voto postal y sostuvo que su opinión la comparte "todo el mundo desde hace muchos años". Pidió que los españoles vayan a votar "por tierra, mar y aire", tanto de forma presencial como por correo. Un matiz que convive con el mensaje del vídeo y con su consejo inicial, y que sus críticos consideran difícil de conciliar.

Feijóo, por su parte, optó por una fórmula de equilibrista. Recordó que fue presidente de Correos, lo fue hasta enero de 2003, durante el Gobierno de Aznar, y relacionó su desconfianza con las investigaciones judiciales que afectan a un antiguo responsable de la compañía y a Leire Díez. Conviene precisar que esas investigaciones judiciales no acreditan manipulación alguna del voto postal. Distinguir entre la plantilla y la cúpula suena razonable en abstracto. En la práctica, deja intacta la premisa central del pucherazo: que los altos cargos podrían alterar el resultado.

Cómo funciona, de verdad, el voto por correo

Aquí conviene aportar un dato elemental que se pierde entre tanto ruido. El sufragio por correo se solicita a través de la Oficina del Censo Electoral, se envía por correo certificado y, el día de la votación, la mesa electoral incorpora el sobre a la urna tras comprobar la documentación del elector, con interventores de los partidos presentes. Es un sistema con controles en varios puntos, y los partidos tienen representación en las mesas y en la propia Junta Electoral Central. No significa que sea infalible. Significa que cualquier irregularidad tendría que producirse delante de testigos de todos los colores.

Lo que dice el PP... y lo que responde el Gobierno

Sería injusto no recoger la defensa del PP. Sus dirigentes sostienen que pedir garantías adicionales no equivale a acusar de fraude, que la desconfianza hacia la cúpula de Correos nace de investigaciones reales, y que reforzar los controles beneficia a todos. Es, además, una posición legítima: cualquier partido puede pedir a la JEC medidas de refuerzo, y la propia JEC decidirá si proceden.

El Gobierno y la izquierda responden que la estrategia busca otra cosa: movilizar al electorado propio y desacreditar de antemano un posible resultado adverso, además de desviar el foco de la vivienda, el asunto que ha hecho estallar la legislatura. Desde el bloque progresista se acusa al PP de haberse "abonado" al relato del pucherazo, y de cruzar una línea que hasta hace poco quedaba reservada a los márgenes más marginales del antiglobalismo de extrema derecha.

Una pregunta para Feijóo

La cuestión que recorre los despachos es tan incómoda como inevitable: ¿es consciente el líder del PP de que, al poner en duda a la cúpula de Correos, está validando el marco de quienes sospechan de todo el sistema? Hay dos hipótesis. Si no lo percibe, la ceguera preocuparía en alguien que aspira a gobernar. Si lo percibe y lo hace por cálculo, para no quedar rezagado ante la agresividad de Ayuso y de Vox, el coste institucional podría ser alto. Ninguna de las dos lecturas es tranquilizadora, aunque conviene recordar que solo quien conoce sus intenciones puede decidir cuál es la correcta.

Después del 29N

El daño de esta estrategia, si lo hay, no terminará al cerrarse las urnas. La experiencia internacional indica que cuando una fuerza política siembra dudas sobre la limpieza de unas elecciones, las cicatrices tardan años en cerrar. Convencer a millones de personas de que el resultado responde al fraude y no a la voluntad popular debilita la legitimidad de cualquier gobierno futuro, incluido el que pudiera presidir quien hoy alimenta esa duda.

Cuando el desacuerdo político abandona el terreno de las ideas para instalarse en la impugnación del recuento, la convivencia se resiente. Los partidos que hoy coquetean con el pucherazo para movilizar a los suyos pueden descubrir, demasiado tarde, que están quemando el edificio que aspiran a habitar.

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