Extremadura, el laboratorio de la derecha radical

El ascenso de Vox y su papel decisivo en la Asamblea extremeña no es un accidente electoral, sino el resultado de una estrategia que convierte la gobernabilidad en palanca de poder

22 de Diciembre de 2025
Actualizado a las 17:12h
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Extremadura, el laboratorio de la derecha radical

El resultado de las elecciones autonómicas en Extremadura confirma una tendencia que ya no puede leerse como episódica. Vox no solo crece en votos y escaños, sino que se coloca en el centro del sistema de decisiones ante un Partido Popular incapaz de alcanzar la mayoría absoluta. Los once diputados de Vox no son solo una cifra: son capacidad de veto, de imposición y de reconfiguración del marco político regional.

La subida de Vox hasta el 17% del voto y seis escaños más que en 2023 no responde únicamente a una movilización coyuntural. Es la culminación de un proceso sostenido de normalización institucional de la ultraderecha, que ha sabido capitalizar el desgaste del bipartidismo tradicional y la fragmentación del espacio político. Extremadura, con su peso rural y su dependencia de políticas públicas estructurales, se convierte así en un terreno especialmente vulnerable a discursos simples con soluciones aparentemente inmediatas.

La campaña de Vox fue coherente con esa lógica: campo, inmigración, identidad, energía y confrontación directa con PSOE y PP, presentados como dos caras de un mismo sistema. No hay aquí innovación programática, sino reiteración eficaz. El mensaje no busca gobernar, sino condicionar. Y los resultados indican que funciona.

El error estratégico del PP

El crecimiento de Vox no puede analizarse sin el contexto del Partido Popular. El adelanto electoral impulsado por María Guardiola perseguía un objetivo claro: gobernar en solitario. El fracaso de esa apuesta deja al PP en una posición de dependencia que debilita su capacidad negociadora desde el primer minuto.

La ruptura escenificada durante la campaña entre ambas formaciones no ha sido un dique, sino un prólogo. Vox llega a la negociación desde una posición de fuerza, consciente de que el PP no tiene alternativa viable para articular gobierno. Esa asimetría explica que el partido de Abascal no se conforme con influir, sino que aspire a marcar condiciones, incluso personales, sobre la candidatura a la investidura.

El PP se enfrenta ahora a una disyuntiva conocida pero cada vez más costosa: aceptar un socio que tensiona el marco institucional o asumir un bloqueo que puede desgastar su liderazgo regional. En ambos escenarios, la iniciativa no está en Génova, sino en Bambú.

El discurso posterior a la noche electoral no deja lugar a equívocos. Vox no habla de acuerdos programáticos ni de estabilidad, sino de lealtad a sus votantes entendida como capacidad de imposición. La advertencia de no “invisibilizar” ni “traicionar” a su electorado se traduce, en términos políticos, en exigencias concretas que van más allá del apoyo parlamentario.

La salida de Vox de gobiernos autonómicos en 2024 mostró que su estrategia no pasa por gestionar a largo plazo, sino por maximizar el conflicto cuando el contexto lo permite. En Extremadura, esa lógica se refuerza: el partido puede optar por entrar en el Ejecutivo, condicionarlo desde fuera o forzar un escenario de desgaste continuado. Todas las opciones le resultan funcionales.

El avance de Vox en municipios pequeños y medianos, especialmente en la provincia de Badajoz, apunta a una consolidación territorial que no debe subestimarse. No se trata solo de voto protesta urbano, sino de implantación en zonas donde la incertidumbre económica, la despoblación y la percepción de abandono institucional crean un caldo de cultivo para discursos identitarios y excluyentes.

El hecho de que Vox se convierta en segunda fuerza en ciudades relevantes y lidere el voto en varios municipios rompe el tópico de un apoyo marginal o testimonial. Hay una base electoral estable, con capacidad de crecer si las dinámicas actuales se mantienen.

La nueva Asamblea extremeña nace marcada por una correlación de fuerzas que desplaza el eje del debate. La gobernabilidad ya no se define por mayorías claras, sino por pactos asimétricos en los que Vox fija el ritmo. El coste político de ese escenario no es abstracto: afecta a políticas públicas, a derechos y a la propia calidad institucional.

Extremadura no es una excepción aislada, sino un anticipo. Lo que ocurre aquí ofrece claves sobre cómo la ultraderecha puede convertir su crecimiento electoral en poder efectivo sin necesidad de liderar gobiernos. El desafío no es solo aritmético, sino estructural: cómo se responde a una fuerza que entiende la política como una relación de fuerza permanente y no como un espacio de negociación democrática.

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