El Pentágono ultima el plan para invadir Groenlandia

Tras el ataque norteamericano contra Venezuela y la instauración de la Doctrina Donroe, un asalto a la isla europea por parte de tropas yanquis no parece una hipótesis tan descabellada

07 de Enero de 2026
Actualizado el 08 de enero
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Groenlandia, un territorio codiciado por Donald Trump.
Groenlandia, un territorio codiciado por Donald Trump.

La reciente insistencia de la Administración Trump en situar a Groenlandia en el centro de su agenda estratégica ha reabierto un debate que parecía enterrado desde 2019, cuando Washington planteó por primera vez la posibilidad de apropiarse de la isla. Esta vez, sin embargo, el tono es distinto: la Casa Blanca habla de “prioridad de seguridad nacional” y no descarta el uso de medios militares, un mensaje que ha provocado inquietud tanto en Europa como en el propio Gobierno groenlandés.

Desde hace más de una década, el Ártico se ha convertido en un espacio de competencia entre grandes potencias. Rusia ha ampliado su presencia militar en la región, China se ha autodefinido como “potencia cercana al Ártico” y Estados Unidos considera que su posición es insuficiente frente a estos avances. En este contexto, Groenlandia (territorio autónomo bajo soberanía danesa) es un punto crítico por tres razones: control de rutas marítimas (el deshielo abre corredores que acortan las distancias miles de kilómetros en el comercio global); recursos naturales (la isla posee reservas de minerales estratégicos, incluidas tierras raras); e infraestructura militar (la base aérea de Thule, operada por EEUU, es clave para el sistema de alerta temprana del Pentágono).

La insistencia de Washington en “asegurar” Groenlandia se enmarca en esta competencia geoestratégica, no en un impulso improvisado. El endurecimiento del discurso estadounidense llega pocos días después de la polémica operación militar que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Más allá del impacto regional, ese episodio ha enviado un mensaje claro y diáfano al mundo: lo de Groenlandia no es un sueño húmedo del magnate neoyorquino. Va en serio. La Administración Trump está dispuesta a actuar sin consenso internacional cuando considera que están en juego sus intereses estratégicos. Y tiene planes militares concretos para tomar la isla.

Guerra y colonialismo

En ese clima, las declaraciones sobre Groenlandia adquieren un significado adicional. La Casa Blanca ha subrayado que la isla es “vital” para la seguridad nacional, se están evaluando “todas las opciones” y el uso de las Fuerzas Armadas es una herramienta “siempre disponible”. Aunque no se ha anunciado ninguna acción concreta, el lenguaje empleado es inusualmente explícito para un territorio perteneciente a un aliado de la OTAN. Cabe recordar que Groenlandia es territorio soberano europeo y cualquier invasión significaría, desde el primer momento, que Estados Unidos y Europa estarían en guerra. En esa línea, cabe descatar que existe auténtico pavor en la Unión Europea ante la deriva suicida del dirigente de MAGA, que está arrastrando al mundo a una posible confrontación global. En Bruselas cunde la idea de que es preciso reforzar militarmente el flanco norte del Ártico, pero llega tarde. El Ejército europeo es solo un  embrión, una idea verde aún, y desplegar una fuerza o una operación de ese calibre para blindar los recursos naturales de Groenlandia es una tarea que no se puede llevar a cabo de la noche a la mañana. Ni hay tiempo, ni hay medios o infraestructura, ni hay dinero. La UE se ha dormido durante décadas y ha aplazado el proyecto. Nunca ha habido una intención clara de los socios comunitarios de avanzar hacia la unidad militar, y ahora los europeos se ven solos entre dos frentes amenazantes (Estados Unidos y Rusia). Solo China podría convertirse en el nuevo paraguas europeo. Pero ese giro radical hacia Oriente provocaría la ira definitiva de Trump y la ruptura del eje atlántico aliado que ha estado vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Mientras algunos asesores han defendido abiertamente que Washington debería “controlar” la isla, el enviado especial para Groenlandia ha intentado rebajar la tensión, sugiriendo que la prioridad sería promover una mayor autonomía groenlandesa acompañada de acuerdos económicos con Estados Unidos. Este contraste revela dos líneas dentro de la administración: el ala dura, que plantea la cuestión en términos de soberanía y poder militar; el ala pragmática, que apuesta por la influencia económica y la cooperación bilateral. Ambas coinciden en un punto: Estados Unidos quiere aumentar su presencia en la isla, aunque difieren en los métodos.

La reacción en Europa ante la amenaza de Trump ha sido inmediata y contundente. Dinamarca, responsable de la política exterior y de defensa de Groenlandia, ha advertido que cualquier intento de alterar el estatus del territorio sería una violación grave del marco de seguridad euroatlántico. La primera ministra danesa ha recordado que un conflicto entre dos miembros de la OTAN pondría en riesgo la propia existencia de la Alianza.

Miedo en Nuuk

El Gobierno autónomo ha rechazado cualquier idea de anexión, pero también ha pedido evitar el alarmismo y ha mostrado disposición a reforzar la cooperación con Washington, consciente de que Estados Unidos es un socio económico y militar clave. Este equilibrio refleja la posición delicada de Nuuk, la capital de Groenlandia: rechaza perder autonomía, pero reconoce la importancia estratégica de mantener buenas relaciones con Estados Unidos.

El interés renovado de Washington por Groenlandia no puede entenderse como un episodio aislado. Forma parte de un patrón más amplio: la competencia con China y Rusia en el Ártico y la redefinición de la política exterior estadounidense hacia un enfoque más unilateral. Así las cosas, la tensión es creciente dentro de la OTAN. Estados Unidos está dispuesto a actuar en espacios que considera vitales, incluso si eso genera fricciones con sus aliados.

Las declaraciones de la Casa Blanca no implican una acción militar inminente, pero sí revelan un cambio de tono significativo. Estados Unidos considera que el Ártico es un escenario prioritario y que Groenlandia es una pieza central en ese tablero. La reacción europea muestra que este movimiento no será aceptado sin resistencia. El resultado es un nuevo foco de tensión entre aliados que, hasta hace poco, parecían alineados en su visión estratégica. Lo que ocurra en los próximos meses (negociaciones, acuerdos económicos, o un endurecimiento del discurso) determinará si este episodio se convierte en una crisis diplomática o en un reajuste controlado de la influencia estadounidense en el Ártico.

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