La operación militar ordenada por Donald Trump contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, abre un escenario incierto que hace temblar al mundo. Es el nuevo desorden global donde la guerra, la ley de la jungla y el poder del más fuerte prevalecen sobre las normas elementales del Derecho internacional. Hoy ha sido Venezuela la atacada por Estados Unidos, mañana puede ser Groenlandia, México, Colombia o Cuba, objetivos todos ellos ambicionados y señalados por el magnate estadounidense. Ahora bien, cabe preguntarse cómo puede influir la agresiva política exterior norteamericana basada en la decimonónica doctrina Monroe en el futuro de Europa y, más concretamente, en el futuro de España. Y ahí la conclusión a la que se puede llegar es que nuestro país queda, tras la calamidad de Venezuela, en una posición de clara y peligrosa vulnerabilidad. Hagamos historia ficción (o quizá no tan ficticia).
A España se le abren varios frentes geoestratégicos que condicionan su posición en el nuevo mundo Trump. El primero es, sin duda, Ceuta, Melilla y las Islas Canarias, enclaves altamente sensibles que están en los planes del Pentágono. Esa parte de nuestro territorio nacional es un flanco débil, por mucho que nos ampare el artículo 5 de la OTAN (defensa colectiva: cuando uno de los socios de la Alianza Atlántica es atacado se ataca a toda la organización). Marruecos mantiene una reivindicación histórica sobre ambas ciudades y el archipiélago canario. Y Estados Unidos considera a Marruecos un aliado fiel en el norte de África por razones históricas, militares y comerciales que darían para otro artículo. Esto coloca a nuestro país en una posición delicada. Los intereses de Washington no coinciden con los intereses españoles en el Magreb. Trump nos tiene entre ceja y ceja y no le temblará el pulso a la hora de mirar para otro lado o dejar hacer si el rey de Marruecos, en un hipotético caso, decidiera cometer la locura de lanzar a su ejército contra nosotros para tomar Ceuta y Melilla en una operación sorpresa. España tiene totalmente desguarnecido ese flanco sur. En menos de un día perdería esa parte de su territorio, tal como le ocurrió en 1898 con el desastre de las colonias de ultramar, un momento de la historia marcado por la decadencia del viejo imperio español en el que, por cierto, Estados Unidos también jugó un papel destacado como potencia emergente. Cada vez que España se descalabra a lo largo de los siglos hay un Tío Sam en la sombra saciando de dólares a nuestros enemigos.
Hoy comprobamos con estupor cómo la historia se repite cíclicamente. Retornan los fantasmas del pasado, vuelven los fascismos de antaño, las antiguas fronteras, el recurso a la guerra y la política de hechos consumados. La diplomacia, las organizaciones internacionales supraestatales y el Derecho internacional han volado por los aires, tal como ocurrió a finales de los años 30 del pasado siglo, cuando Hitler se anexionó Austria y Checoslovaquia e invadió Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. Teniendo en cuenta cómo piensa y cómo se las gasta el actual presidente de los Estados Unidos de América, no es descabellado pensar en un nuevo “Desastre del 98” español (esta vez no ya en Cuba, Puerto Rico y Filipinas) sino a cuenta de la pérdida de Ceuta y Melilla. A la imaginación del maquiavélico Trump le sobra maldad para urdir un plan letal de ese estilo. Si la explosión del acorazado USS Maine en el Puerto de La Habana sirvió como detonante para que Estados Unidos nos declarara la guerra en 1898, otro incidente similar en la caliente frontera sur africana podría ponernos al borde de un conflicto bélico con Marruecos. La única diferencia sería que en aquellos años la patraña del hundimiento del Maine fue alimentada por la prensa amarilla del magnate William Randolph Hearst y hoy el enemigo editorial estaría en la propia caverna mediática española al servicio de la derecha ultra empeñada en derrocar a Pedro Sánchez a cualquier precio. Eduardo Inda, gurú de la prensa amarilla y sensacionalista, bien podría encargarle a uno de sus fotógrafos aquello que ya dijo en su día el propio Hearst: “Ponga usted las fotos que yo pondré la guerra”.
Ceuta, Melilla y las Islas Canarias son, hoy por hoy, y tras el fin de semana negro en Venezuela, plazas mucho más vulnerables. Donald Trump ha lanzado varias amenazas directas contra Europa, especialmente en el terreno comercial y estratégico. Ha llegado a afirmar públicamente que invadirá Groenlandia y que la Unión Europea “se creó [literalmente] para fastidiar a Estados Unidos”. Ha afirmado que la UE es un modelo fracasado además de “asqueroso” al considerar el Estado de bienestar (con su Sanidad pública y su robusto programa de protección social) un sistema cuasi-comunista. Y ha prometido acabar con todo lo bueno que ha logrado el viejo continente desde 1945. Es evidente que, en su segundo mandato mucho más nefasto para el planeta que el primero, Trump ha puesto en marcha el plan del loco, o sea matonismo, unilaterialismo y antagonismo y hostilidad hacia los tradicionales aliados europeos, alineándose incluso con Putin (el carnicero de Ucrania) en algunos asuntos políticos, ideológicos y militares. Entre él y el sátrapa ruso han logrado armar y financiar un ejército de partidos fascistas y quintacolumnistas corrosivos para las democracias europeas. Vox es la prueba palpable de esa guerra híbrida tan silenciosa como letal.
Groenlandia puede ser la siguiente estación en el programa expansionista/imperialista de Trump. Pero a nosotros los españoles aquellas tierras heladas nos quedan demasiado lejanas. Más nos valdría mirar a latitudes mucho más calientes y próximas como Marruecos. La hostilidad que el dirigente americano ha mostrado con España va en paralelo al respaldo que ha dado al régimen de Rabat. Ya nos ha amenazado en varias ocasiones con castigos económicos y férreos aranceles si no aumentamos nuestro gasto militar hasta el 2 por ciento (por supuesto comprando material bélico a sus amigos del complejo industrial armamentístico de Washington). Trump cree que los españoles están viviendo a costa de los presupuestos en Defensa de Estados Unidos y la OTAN. Algo así como un socio caradura y parásito, aprovechado y “jeta”, que no contribuye con lo que debe. Un paria moroso. “Les vamos a hacer pagar el doble”, dijo. Las acusaciones del inquilino de la Casa Blanca no son ciertas. España siempre ha sido un socio fiable que ha contribuido con arreglo a lo estipulado en el Tratado. Pero Trump está obsesionado con que el Gobierno de Madrid recibe más de lo que aporta, una impagable protección de la Alianza Atlántica poco menos que gratuita o a precio de saldo. Por si fuera poco, odia a Pedro Sánchez por haber liderado la resistencia antifa en el mundo y por haberse puesto de lado de los palestinos y en contra de Netanyahu, el hermano sionista de los yanquis. Otro motivo más para temer que el presidente de EEUU esté pensando en hacer alguna trastada como aplicar a los díscolos españoles “el método Maduro”, es decir, un serio correctivo por no cumplir con lo que ordena y manda el nuevo emperador y amo del mundo.
España tiene serios motivos para estar preocupada. No hay que tomarse a broma las bravuconadas de Donald Trump. En una reciente rueda de prensa en la Casa Blanca, el presidente norteamericano llegó a comparar a nuestro país con las naciones del Eje del Mal, es decir, a la altura de China, Corea del Norte e Irán. A ese delirio han contribuido las derechas españolas, que invocando un falso patriotismo se han alineado con las mentiras del empresario de Mar-a-Lago hasta alimentar el relato de locura supremacista del magnate neoyorquino. Mientras se vierten todas estas amenazas de matón barriobajero contra los españoles, el rey de Marruecos se frota las manos. Haremos bien en reforzar militarmente la frontera sur. Por si las moscas marroquíes deciden volar por allí.