La política imperialista sin complejos de Donald Trump, una reedición de la doctrina Monroe, ya está generando su correspondiente espiral reactiva violenta. Tras el asalto de Estados Unidos a Venezuela para conquistar sus preciadas reservas petrolíferas, tal como ha confesado el presidente norteamericano, los movimientos revolucionarios guerrilleros de Sudamérica, que parecían cosa del pasado, retornarán con fuerza. Ayer mismo, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, respondió a la amenaza del magnate neoyorquino, que le aconsejó cuidar “de su trasero” para no terminar en una prisión federal yanqui, tal como le ha ocurrido a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, ambos acusados de conspiración para el terrorismo y el narcotráfico. Petro no se arrugó ante el matonismo trumpista y confesó que, para defender a su patria de una posible invasión, está dispuesto a retomar las armas, aunque juró no volver a empuñarlas desde la firma de la paz en 1989.
“La Doctrina Monroe es importante, pero la hemos superado con mucho. Ahora la llaman la Doctrina Donroe”. Así lo declaró Donald Trump, no sin cierta arrogancia, horas después de que EEUU capturara a Nicolás Maduro en Venezuela. Esta amenaza ha exacerbado un mundo, el de los grupos insurgentes comunistas del Cono Sur que parecían condenados a su desaparición. Petro no es el único convencido de morir con el fusil en la mano ante los soldados de la Delta Force. Iván Márquez y otros guerrilleros evalúan regresar a Colombia tras la intervención de EEUU en Venezuela. Los servicios de Inteligencia colombianos han detectado los primeros movimientos de destacados líderes guerrilleros para regresar desde Venezuela, entre ellos figuras como Luciano Marín Arango, alias Iván Márquez, jefe de la Segunda Marquetalia, una de las disidencias de las FARC; o el líder del Ejército de Liberación Nacional (ELN), Eliécer Herlinto Chamorro, alias Antonio García, tras la intervención militar de Estados Unidos que dejó la captura de Nicolás Maduro.
Históricamente, la porosa frontera entre ambos países ha servido como principal ruta de escape de las guerrillas colombianas, en especial en aquellos periodos en los que se han intensificado las operaciones del Ejército. Algunos de sus principales mandos se encuentran en Venezuela desde hace varios años.
Estos y otros líderes guerrilleros ya no consideran seguro el nuevo escenario tras la escalada de las acciones estadounidenses, que comenzaron con el bombardeo de supuestas narcolanchas en el Caribe, y han comenzado a regresar a, por ejemplo, la región de Catatumbo, donde desde hace meses las disidencias de las FARC y el ELN dirimen una disputa que ha dejado decenas de muertos y miles de desplazados.
Es el caso de Luz Amanda Pallares, alias Silvana Guerrero, del Frente de Guerra Noriental y antigua negociadora del ELN con el Gobierno antes de que se rompieran las conversaciones, según han detallado medios colombianos. El ELN es el grupo armado con mayor presencia en Venezuela, con figuras clave del Comando Central, como Antonio García; o del Frente de Oriental, como William Cruz Lizcano, alias Cendales, o Gustavo Aníbal Giraldo, Pablito, quienes ya habrían regresado a Colombia, donde arrastran cuantiosas órdenes de captura. Su radio de actuación son principalmente los departamentos de Arauca, Vichada, Casanare y Boyacá, donde mantienen una enconada disputa con las disidencias de las FARC comandadas por Iván Mordisco por el control del territorio.
Más desprotegida es la situación de una ya mermada Segunda Marquetalia, la disidencia con menor capacidad de todas las que han ido surgiendo tras el descontento de algunos guerrilleros con cómo se han ido desarrollando los acuerdos de paz de 2016. La situación de Márquez es aún más incierta, pues su estado de salud y paradero están rodeados de misterio tras un ataque del Ejército en 2022.
En octubre de 2024, el alto comisionado para la paz del Gobierno de Colombia, Otty Patiño, aseguró que Márquez estaba vivo a pesar del ataque en territorio venezolano, donde también se encontraría Géner García Molina, alias John 40. Ahora se enfrentan al dilema de permanecer en un territorio que ya no les alberga con la misma protección que antes tras la llegada estadounidense, o bien regresar a Colombia y exponerse a las operaciones del Ejército, intensificadas en los últimos tiempos tras el fracaso de las negociaciones de paz con el Gobierno.
Lo que está ocurriendo en Colombia puede ser solo el comienzo. La Sudamérica de hoy ya no es la Sudamérica de los años sesenta, setenta y ochenta. El continente ha visto crecer Estados más consolidados y fuertes, la mayoría de ellos con democracias asentadas. La lucha armada cuenta con menos apoyo social. Y hay menos presencia de ideologías revolucionarias al estilo del marxismo clásico. Esto hace menos probable un resurgimiento masivo de guerrillas tradicionales. Pero una segunda intervención militar estadounidense en Venezuela, tal como ha amenazado Trump, podría reavivar discursos antiimperialistas. Muchos movimientos sociales y partidos de izquierdas verían la intervención como una agresión externa. Eso podría resucitar retóricas que en el pasado alimentaron insurgencias.
En Sudamérica aún operan el ELN (Colombia) y las disidencias de las FARC; hay grupos armados en zonas amazónicas; redes criminales con estructura paramilitar; y otros grupos que podrían intentar capitalizar el conflicto para ganar legitimidad o territorio. Países como Bolivia, Nicaragua, Cuba y en menor medida Brasil y Argentina podrían ver la intervención gringa como una amenaza regional, lo que aumentaría la tensión política y el rearme de las diferentes facciones que parecían cosa del pasado.
