Pocas aspiraciones han sido tan reiteradas y tan frustradas en la política contemporánea como la unidad de la izquierda en España. Cada ciclo electoral reactiva el mismo diagnóstico: la fragmentación política penaliza en escaños y facilita mayorías conservadoras. Cada negociación preelectoral revive la misma promesa: una coalición progresista capaz de maximizar representación y disputar la hegemonía política.
Sin embargo, la experiencia acumulada en las últimas décadas revela una constante incómoda: cuando la izquierda alternativa intenta unirse, lo hace tarde, bajo presión y con estructuras frágiles. El resultado suele ser una alianza táctica, no un proyecto estable. La cuestión principal ya no es por qué la izquierda se divide, sino por qué incluso cuando logra articular coaliciones, éstas terminan desgastándose con rapidez.
El impulso más reciente hacia la unidad de la izquierda en España no puede entenderse sin considerar el auge de la extrema derecha. La aparición de Vox, con un discurso ultranacionalista, supremacista, antiinmigración y de confrontación con los derechos sociales, ha reconfigurado el espacio electoral, presionando a las fuerzas progresistas a cerrar filas. El crecimiento sostenido de Vox, que en las elecciones generales de 2023 consolidó más de 30 escaños en el Congreso y, por ejemplo, en los últimos comicios aragoneses se quedó a sólo 4 escaños del PSOE y la formación del ultra Alvise Pérez triplicó los votos de Podemos, crea un escenario en el que la división de la izquierda amenaza con facilitar la hegemonía de la derecha y la extrema derecha.
Los líderes de Podemos, Sumar, IU y las fuerzas nacionalistas como Compromís, ERC, BNG o Bildu perciben que la amenaza de Vox obliga a una unidad táctico-estratégica: no se trata solo de maximizar votos, sino de evitar que la extrema derecha se beneficie de la fragmentación progresista. En este contexto, cada negociación de listas y de programas se ve condicionada por un imperativo defensivo. La coalición progresista deja de ser solo un proyecto electoral y se convierte en un mecanismo de contención frente a la expansión de Vox en las instituciones y en la agenda política.
El PSOE, consciente de este factor, ha utilizado la presencia de Vox como argumento para justificar su liderazgo en cualquier proceso de unidad. La fuerza del partido en el bloque progresista, junto con su capacidad de movilizar votantes moderados, lo convierte en el socio central que puede garantizar que la coalición no se desplace hacia posiciones que, aunque más ideológicas o maximalistas, serían menos competitivas frente a Vox. Esta dinámica también refuerza las tensiones con Podemos y Sumar, que buscan conservar su identidad política y su programa máximo sin sacrificar legitimidad ante la izquierda más radical.
Históricamente, la izquierda española había negociado su unidad más por conveniencia electoral que por la percepción de una amenaza ideológica externa. Sin embargo, el ascenso de Vox ha cambiado las reglas del juego: la unidad ya no es solo deseable, sino defensiva. Cada ruptura potencial ahora tiene un coste estratégico tangible: facilitar el avance de la extrema derecha y reforzar a una oposición conservadora que, sin esta presión, podría perder cohesión por sí misma.
Fragmentación histórica
Desde la Transición, el espacio situado a la izquierda del PSOE ha oscilado entre la marginalidad parlamentaria y la irrupción disruptiva. Izquierda Unida (IU), fundada en 1986 bajo liderazgo del Partido Comunista, consiguió consolidarse como tercera fuerza en determinados momentos de los años noventa. Sin embargo, nunca logró romper el techo estructural que le imponía el sistema electoral español.
La combinación de la Ley D’Hondt y las circunscripciones provinciales pequeñas penaliza a las fuerzas medianas con voto disperso. En términos prácticos, dividir el voto a la izquierda del PSOE suele traducirse en menos representación parlamentaria. La lógica aritmética parecía clara: la unidad electoral de la izquierda era necesaria para sobrevivir. Pero la política rara vez es solo aritmética.
Primeros intentos de unidad progresista
La irrupción de Podemos en 2014 alteró profundamente el tablero político. Con un discurso de ruptura surgido al calor del 15-M y una estructura centralizada, el partido liderado por Pablo Manuel Iglesias logró convertirse en tercera fuerza en las elecciones de 2015 y 2016. La coalición con Izquierda Unida bajo la marca Unidos Podemos se presentó como el embrión de una alternativa capaz de superar al PSOE.
El esperado “sorpasso” nunca se produjo. Aunque la alianza sumaba votos, no consiguió consolidar una mayoría alternativa. Las tensiones internas entre culturas políticas distintas (la tradición comunista de IU y el populismo de izquierda de Podemos) debilitaron la cohesión. La entrada en el Gobierno de coalición PSOE–Unidas Podemos en 2020, un hito histórico, otorgó influencia institucional, pero aceleró el desgaste. Gobernar implica asumir costes, y el discurso de ruptura se diluyó en la gestión.
Recomposición de la izquierda fragmentada
La primera gran fractura llegó con la salida de Íñigo Errejón y la creación de Más País en 2019. Posteriormente, la plataforma Sumar, impulsada por Yolanda Díaz en 2023, intentó reconstruir la unidad de la izquierda mediante una fórmula más transversal y menos confrontativa. El acuerdo electoral entre Sumar y Podemos evitó una ruptura total en las elecciones generales de 2023, pero dejó al descubierto una realidad incómoda: la unidad era instrumental, no orgánica. Las negociaciones sobre listas y liderazgo evidenciaron desconfianzas profundas.
El patrón se repite con regularidad: ante el riesgo de irrelevancia, las fuerzas progresistas negocian una coalición. Una vez superada la urgencia, resurgen las diferencias estratégicas y personales. La fragmentación de la izquierda española reaparece como constante.
Causas estructurales del fracaso de la unidad de la izquierda
El problema no puede explicarse únicamente por rivalidades personales. Existen factores más profundos.
En primer lugar, la izquierda española es ideológicamente heterogénea. Conviven tradiciones distintas: comunismo histórico, ecosocialismo, municipalismo, feminismo político, ecologismo y populismo de izquierda. Cada corriente tiene bases sociales, prioridades programáticas y culturas organizativas propias. La unidad exige algo más que sumar siglas, implica integrar identidades políticas que compiten por el mismo electorado.
En segundo término, los proyectos recientes han estado fuertemente personalizados. A diferencia de otros países europeos donde las coaliciones progresistas se articulan mediante estructuras federales estables, en España los liderazgos son determinantes. Cuando la figura central pierde influencia, la arquitectura de la alianza se debilita.
En tercer lugar, el propio sistema electoral español incentiva competencia interna permanente. En un Congreso fragmentado, incluso fuerzas pequeñas pueden convertirse en actores decisivos para formar gobierno. Esta capacidad de influencia reduce el coste inmediato de la división y alimenta la tentación de mantener marca propia.
El papel del PSOE
Cualquier intento de unidad de la izquierda choca frontalmente con la posición estratégica del PSOE, la fuerza hegemónica del espacio progresista. Su liderazgo, Pedro Sánchez, es una condición innegociable: ningún proyecto que aspire a sumar Podemos, IU o las fuerzas nacionalistas puede prescindir de su participación, y al mismo tiempo, el PSOE jamás aceptará ceder la primera posición ni el liderazgo político a otra figura.
A esta tensión se suma la existencia de diferencias ideológicas profundas. Mientras que Podemos, IU y las fuerzas nacionalistas como Compromís, ERC, BNG o Bildu promueven agendas más radicales (desde la reforma fiscal progresiva hasta la autodeterminación territorial), el PSOE mantiene un perfil reformista y pragmático. La negociación de un programa común se convierte en un campo de batalla donde las demandas de cada partido tienden a chocar. La pretensión de imponer los llamados programas máximos genera fricciones constantes: cada partido busca que la coalición refleje su identidad, lo que dificulta la construcción de un proyecto integrado y estable.
Otro punto crítico es el reparto de las listas electorales. Para cualquier coalición, el PSOE exige proporcionalidad que garantice la hegemonía de sus candidatos. En la práctica, esto deja al resto de fuerzas en posiciones muy retrasadas, reduciendo significativamente sus posibilidades de acceder a escaños. La negociación sobre listas simboliza las dificultades estructurales de la unidad: los socios menores aceptan integrarse a cambio de pocas garantías reales de representación efectiva.
Comparación internacional
España no es un caso aislado. En Francia, la coalición de izquierdas NUPES ha afrontado tensiones similares entre socialistas, ecologistas y la Francia Insumisa. En Italia, la fragmentación progresista ha sido crónica durante décadas. Sin embargo, en España existe una expectativa recurrente de unidad que convierte cada ruptura en símbolo de fracaso estratégico.
Al mismo tiempo, la hegemonía del PSOE introduce un dilema estructural: mientras el partido mantenga su posición dominante en el bloque progresista, la izquierda alternativa oscilará entre cooperar y diluir su perfil o competir y arriesgarse a la irrelevancia.
Costes políticos
La inestabilidad del espacio a la izquierda del PSOE tiene consecuencias amplias. Para el electorado progresista, las disputas internas erosionan la percepción de solvencia y proyecto común. Para el sistema político, la fragmentación incrementa la volatilidad parlamentaria y complica la formación de mayorías estables. Paradójicamente, la unidad electoral de la izquierda en España suele activarse como reacción defensiva frente al avance de la derecha, no como construcción estratégica de largo plazo. Esto refuerza su carácter coyuntural.
La experiencia reciente demuestra que la izquierda española ha aprendido a unirse cuando la alternativa es la desaparición. Lo que no ha demostrado es la capacidad de institucionalizar esa unión más allá de la urgencia electoral. La combinación de diferencias ideológicas, reclamos de liderazgo, pretensiones programáticas divergentes y la exigencia del PSOE de controlar listas y posiciones electivas hace que la unidad sea casi siempre frágil y temporal.


