Resistir no es gobernar

Escándalos, aliados en rebelión, elecciones clave y una estrategia de resistencia que desafía toda lógica política. Descubre por qué 2025 pretendió decidir una década de poder en España

30 de Diciembre de 2025
Actualizado el 08 de enero de 2026
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Sanchez resistir
Pedro Sánchez en una imagen de archivo | Foto: Pool Moncloa

Pocas palabras describen mejor a Pedro Sánchez que la que él mismo convirtió en lema: resistencia. No como gesto épico, sino como método. “La resistencia siempre es buena”, dijo en uno de los momentos más delicados de su presidencia. El año 2025 ha demostrado hasta qué punto esa máxima no era retórica, sino una concepción del poder: aguantar, recomponerse y seguir avanzando, incluso cuando el terreno parece ceder bajo los pies.

Este ejercicio de supervivencia política ha tenido un coste elevado. El caso de Santos Cerdán, antiguo hombre fuerte de la organización socialista, acusado de integrar una trama de adjudicación de obra pública a cambio de comisiones y encarcelado durante casi cinco meses, supuso un golpe directo al núcleo de confianza del presidente. Era ya el segundo secretario de Organización, la segunda mano derecha de Sánchez, encausado por presunta corrupción. El impacto emocional fue evidente; el político, calculado. Frente a las peticiones de dimisión y de adelanto electoral lanzadas por PP y Vox, Sánchez optó por el camino que mejor conoce: admitir el daño, prometer reformas (que no cumplirá) y reafirmar que no se movería del cargo.

 “Manual de Resistencia”, edición ampliada

Si existiera una reedición del célebre Manual de Resistencia, 2025 reclamaría un capítulo propio. Cerdán se sumó a los casos de José Luis Ábalos y su exasesor Koldo García, ambos en prisión; las denuncias de acoso sexual dentro del PSOE, que obligaron al presidente a reconocer fallos de diligencia; el episodio de la llamada “fontanera” Leire Díez; y un rosario de problemas judiciales que rozan directamente a su entorno: la inhabilitación del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, el procesamiento de su hermano David Sánchez y la continuidad de las investigaciones sobre su esposa, Begoña Gómez.

Para muchos dirigentes del pasado, una sola de estas crisis habría sido terminal. Para Sánchez, han sido parte del paisaje. No porque las minimice, sino porque ha decidido que ninguna alterará su hoja de ruta: mantener la legislatura y defender la idea de que su gobierno, con todos sus defectos, sigue siendo preferible a la alternativa.

Gobernar sin presupuestos

La resistencia de Sánchez no se limita al frente judicial. En el plano político, gobierna sin nuevos Presupuestos Generales del Estado y con la constatación de que Junts ha dado por roto su acuerdo con el PSOE. Aún así, el presidente insiste en que la legislatura llegará hasta 2027. Su cálculo es frío: ni Junts ni el PNV quieren verse retratados apoyando una moción de censura que les obligaría a coincidir no solo con el PP de Alberto Núñez Feijóo, sino también con Vox.

Esa aritmética parlamentaria explica los constantes gestos hacia los socios nacionalistas e independentistas, así como hacia ERC, materializados en las últimas semanas con medidas destinadas a cumplir acuerdos pendientes. En Moncloa incluso se alimenta la esperanza de que una eventual aplicación plena de la amnistía a Carles Puigdemont recomponga relaciones con Junts y abra, en un escenario optimista, la puerta a nuevas cuentas públicas.

Los límites de la resistencia

Donde la resistencia ha mostrado más fricción es dentro del propio Ejecutivo. Sumar, socio minoritario de la coalición, ha elevado el tono a finales de año, reclamando una profunda remodelación del Gobierno y respuestas más contundentes frente a los casos de corrupción y acoso sexual. Sánchez ha ignorado esas demandas, incluso después de que Sumar interpretara su mal resultado en las elecciones extremeñas como consecuencia directa de la “bunkerización” presidencial.

Las palabras de Lara Hernández, “resistir es una renuncia”, atacan el núcleo de la filosofía sanchista. Para Sánchez, resistir no es renunciar, sino crear las condiciones para seguir aplicando una cada vez más presunta agenda progresista frente a lo que presenta como una alternativa de involución social y política encabezada por PP y Vox. Sin embargo, esa agenda sólo tiene las tapas, dentro sólo hay fotos del líder supremo.

Estabilidad en tiempos de crispación

Pese a la parálisis legislativa parcial y a las tensiones internas, el presidente reivindica estabilidad. Se apoya en los datos de crecimiento macroeconómico y creación de empleo, que exhibe como prueba de que su gobierno “le sienta bien al país”. Es una apuesta arriesgada: la gestión económica como escudo frente al desgaste institucional y moral que producen los escándalos. Sin embargo, la economía real no recibe los beneficios de la macro.

El calendario electoral añade presión. Tras Extremadura, llegarán comicios en Aragón, Castilla y León y Andalucía, que servirán como termómetro del estado de ánimo político. Sánchez resta dramatismo: insiste en que agotará mandato y no oculta una ambición mayor, la de completar una década en el poder. Ha llegado a describir su Ejecutivo como un Gobierno “a prueba de bombas”.

Resistir como estrategia, no como destino

La gran incógnita no es si Sánchez sabe resistir (ha demostrado que sí), sino si la resistencia puede seguir siendo una estrategia suficiente. Gobernar a base de aguante exige un delicado equilibrio entre supervivencia y proyecto. Por ahora, el presidente confía en que, como recordó José Luis Rodríguez Zapatero, “siempre que llueve, escampa”.

En la política española, donde los ciclos suelen ser cortos y los liderazgos frágiles, Sánchez ha hecho de la resistencia una forma de poder. La pregunta que queda abierta es si esa resistencia acabará llevándolo a puerto… o si, con el tiempo, se convertirá en el mayor límite de su propio legado, porque mientras está focalizado en resistir se ha olvidado de gobernar.

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