El PSOE necesita aprender a enterrar a Pedro Sánchez

El sanchismo ha consumido al partido hasta dejarlo irreconocible. El modelo británico de renovación interna ofrece la única hoja de ruta viable para una izquierda que agoniza bajo el peso de un liderazgo sin proyecto, sin mayoría y sin salida honrosa

25 de Junio de 2026
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Sanchismo blindado PSOE
Imagen creada con la herramienta Grok de IA

El 22 de junio de 2026 será una fecha que el Partido Socialista Obrero Español debería grabar a fuego en su memoria institucional. Ese lunes por la mañana, Keir Starmer se plantó ante los micrófonos frente al número 10 de Downing Street y pronunció las palabras que ningún líder de su partido había dicho desde hacía años con tanta limpieza y tanta velocidad: que dimitía. Que se marchaba. Que el proceso para elegir a su sucesor comenzaría el 9 de julio y estaría resuelto antes de que el Parlamento regresara de su receso estival en septiembre. No hubo drama shakespeariano. No hubo resistencia numantina. No hubo una guerra de meses que destrozara las siglas del partido. Hubo un mecanismo. Y el mecanismo funcionó.

La cronología de la caída de Starmer es, en sí misma, una clase magistral de cultura política que el PSOE necesita estudiar con urgencia. El proceso no empezó el día de la dimisión: empezó semanas antes, de forma sistemática, con la activación de los resortes internos del partido que el Labour lleva décadas construyendo precisamente para estos momentos. Las elecciones locales de mayo de 2026 habían sido una catástrofe. El partido perdió cerca de 1.500 concejales. Reform UK, el partido ultraderechista de Nigel Farage, avanzaba con una amenaza real sobre el electorado laborista de las Midlands y el norte de Inglaterra. Las encuestas ya no eran malas: eran terminales.

La primera ficha del dominó la movió Wes Streeting, el secretario de Sanidad, que dimitió del gobierno el 14 de mayo. No para destruir al partido, sino para liberar su propia voz política y articular una alternativa de liderazgo. Esa dimisión no fue un acto de deslealtad: fue un acto de conciencia con las siglas que el sanchismo español ha convertido en traición imperdonable. Cuatro semanas después, los secretarios de Defensa también abandonaron el gabinete, esta vez en protesta por la gestión del gasto militar. El cerco sobre Starmer se cerraba desde dentro, con nombres y apellidos, sin filtros anónimos ni puñaladas traperas.

El detonante final fue tan británico como eficaz. Andy Burnham, alcalde de Gran Manchester y el político laborista más popular del país según todos los sondeos, renunció a su cargo para presentarse a una elección parcial en Makerfield, el único mecanismo que el sistema parlamentario británico contempla para que alguien sin escaño pueda acceder al liderazgo de un partido de gobierno. Burnham ganó esa elección parcial con una mayoría de más de 9.200 votos. Ese mismo lunes, Starmer llamó al Rey y presentó su dimisión. El sistema había funcionado como un reloj de precisión.

El ejecutor ejecutado

Hay una ironía densa en todo esto que el PSOE debería ser capaz de leer con honestidad intelectual. Keir Starmer fue durante años el argumento más poderoso a favor de la renovación interna ordenada como modelo de supervivencia de la izquierda. Llegó al liderazgo laborista en 2020 como el antídoto racional contra el corbynismo, como la encarnación del pragmatismo socialdemócrata que sabe distinguir entre las convicciones ideológicas y las exigencias del poder real. Ganó las elecciones de julio de 2024 con una mayoría parlamentaria histórica. Y apenas dos años después, ese mismo partido que había construido los mecanismos para derribar a Corbyn los activó, con la misma frialdad y la misma eficiencia, contra él.

Starmer no cayó porque fuera un mal político en el sentido técnico de la palabra. Cayó porque el electorado había cambiado de dirección y porque el partido supo leerlo antes de que el electorado lo dijera en las elecciones generales. Eso es exactamente lo que el PSOE no hace. El PSOE espera a que las urnas digan lo que ya lleva años diciéndole la sociedad. Y para entonces, el daño no solo afecta al líder: afecta a las siglas, a la marca, a la confianza en el proyecto colectivo que no se reconstruye en un ciclo electoral sino en dos o tres.

El caso Mandelson ilustra la diferencia de calidad democrática con una precisión casi quirúrgica. Cuando en septiembre de 2025 se conoció el alcance de las relaciones de Peter Mandelson (figura del blairismo que Starmer había nombrado embajador en Washington) con Jeffrey Epstein, el primer ministro lo destituyó y admitió públicamente que lamentaba el nombramiento. La responsabilidad se asumió en cuestión de días. Nadie en La Moncloa ha aprendido esa velocidad. El jefe de gabinete de Starmer, Morgan McSweeney, dimitió en febrero de 2026 asumiendo parte de la responsabilidad por aquel error. En España, los errores del gobierno se encapsulan, se minimizan y, cuando estallan, se atribuyen a la conspiración de los poderes fácticos.

El sector crítico que el Partido Laborista sí fue capaz de alumbrar

Andy Burnham es, en términos comparativos, exactamente el perfil de dirigente que el PSOE necesita y que todavía no ha sido capaz de producir porque el sistema sanchista lo impide. Burnham es una figura formada en el aparato laborista, con carteras ministeriales bajo Blair y Brown. No es un outsider ideológico ni un disidente de partido. Ha gobernado Greater Manchester con un perfil de centroizquierda que ha combinado la sensibilidad social con la eficiencia de gestión. Y durante años ha mantenido una posición pública de relativa lealtad al Labour mientras construía, en silencio, una credibilidad propia que no dependía de ningún líder concreto.

El paralelismo con lo que el PSOE necesita es incómodo precisamente porque es exacto. El partido socialista español tiene en sus filas dirigentes con ese perfil: forjados en el sanchismo, con credenciales de lealtad suficientes para no ser fulminados, pero con una lectura crítica del rumbo que guardan con una discreción que empieza a parecerse demasiado a la cobardía política. La diferencia es que el Partido Laborista ha construido un ecosistema institucional que permite que ese tipo de figuras emerja, compita y, llegado el momento, tome el relevo. El PSOE de Pedro Sánchez ha construido lo contrario: un sistema de control en el que cualquier voz alternativa es interpretada como una amenaza existencial al proyecto del secretario general.

El Nacional Executive Committee laborista, que tantas veces ha sido criticado por sus bloqueos (el propio Burnham fue vetado para presentarse a una elección parcial anterior en Gorton y Denton), acabó siendo el instrumento que garantizó la transición ordenada. Hasta sus fracasos tienen una lógica institucional que el PSOE envidiaría si fuera capaz de reconocer lo que le falta. El Comité Federal del partido español, que se celebra este sábado, es, por el contrario, un órgano destruido y colonizado por el aparato del secretario general hasta un grado que hace prácticamente imposible cualquier corrección interna que no pase por el beneplácito de Ferraz.

Partidos que mueren de sus líderes

El PSOE lleva años transitando peligrosamente por ese camino. Lo que comenzó como una apuesta audaz de Pedro Sánchez por refundar la izquierda española se ha convertido, con el paso del tiempo y la acumulación de contradicciones insostenibles, en un proyecto narcisista que ha colonizado las siglas del partido más longevo de la democracia española para convertirlas en patrimonio personal de un solo hombre.

La pregunta ya no es si el sanchismo tiene fecha de caducidad. La pregunta es si el PSOE sabrá sobrevivir a su propio líder con la misma dignidad institucional con la que el Partido Laborista británico supo desprenderse de Tony Blair, de Gordon Brown, de Jeremy Corbyn y, como acaba de demostrar esta semana, del propio Keir Starmer. En cada uno de esos casos, el laborismo encontró el mecanismo (incómodo, doloroso, pero eficaz) para renovarse sin autodestruirse. El PSOE, en cambio, lleva años construyendo los muros de su propia prisión.

El líder que ha devorado al partido

El problema no es Sánchez como persona. El problema es el sanchismo como sistema. Un sistema que ha convertido la lealtad al líder en la única virtud política reconocida, que ha premiado la disciplina sobre el talento, que ha sacrificado la coherencia ideológica en el altar de la supervivencia gubernamental y que ha normalizado alianzas que hace una década habrían resultado impensables para cualquier militante socialdemócrata con conciencia histórica mínima.

La lista de contradicciones acumuladas es tan larga como reveladora. Un gobierno que indultó a líderes del procés mientras predicaba la igualdad territorial. Un ejecutivo que pactó con fuerzas que abogan abiertamente por la ruptura del Estado para obtener la investidura. Una dirección que amnistió a quienes habían desafiado el orden constitucional y presentó esa decisión como un acto de generosidad democrática. Cada una de estas decisiones fue tomada con un único criterio rector: la permanencia de Pedro Sánchez en La Moncloa. El PSOE, como proyecto colectivo, quedó reducido a ser el instrumento de esa voluntad.

Las encuestas y los comicios autonómicos llevan meses dibujando el mismo paisaje desolador: un partido que ha perdido la confianza de amplias capas del electorado progresista, que ha dejado de ser hegemónico en la izquierda y que compite en inferioridad de condiciones con una derecha que, pese a sus propias contradicciones, mantiene una cohesión electoral superior. El sanchismo ya no es una solución. Es el problema.

El sanchismo crítico que no se atreve a hablar

Y aquí está la contradicción que el PSOE necesita resolver con urgencia si quiere evitar una catástrofe electoral de dimensiones históricas. El relevo no puede venir de fuera del sanchismo ni, por supuesto, de los rescoldos del felipismo. Debe proceder de sus propias entrañas críticas. Hay en el partido una generación de dirigentes que crecieron políticamente al calor de la renovación que Sánchez impulsó en 2017, que conocen los mecanismos internos del poder sanchista mejor que nadie, que comparten sus orígenes pero que guardan en privado, con una discreción que empieza a parecerse demasiado a la complicidad, reservas profundas sobre el rumbo tomado.

Son los que susurran en los pasillos del Congreso, los que hablan con los periodistas off the record lo que no se atreven a decir en el micrófono. Los que en las reuniones de los grupos territoriales reconocen que la marca electoral se ha deteriorado de forma alarmante. Los que saben que el modelo de gobierno de coalición con Sumar ha llegado a sus límites naturales y que las alianzas parlamentarias con los independentistas tienen un coste que la ciudadanía no está dispuesta a seguir pagando. Son, en definitiva, el sanchismo que todavía tiene conciencia reformista pero que ha optado por el silencio como estrategia de supervivencia.

Ese perfil de dirigente, formado en las filas del aparato sanchista, con credenciales de lealtad que nadie puede cuestionar, pero con una lectura crítica de la situación que le distingue del núcleo duro de La Moncloa, es precisamente el que necesita el PSOE para afrontar una transición ordenada. No un rupturista que llegue a incendiar el partido. No un veterano de las guerras federalistas de otra época. Un sanchista que haya aprendido a pensar más allá de Sánchez.

Burnham fue ese perfil para el laborismo. El PSOE tiene que encontrar su Burnham. Y ese Burnham, hoy, está callado. Demasiado callado. Y mientras permanece callado, el partido sangra votos, credibilidad y tiempo. El tiempo es, en política, el único recurso que no se recupera.

El mecanismo que el PSOE se niega a activar

El Partido Laborista tiene una tradición de mecanismos internos para gestionar la sucesión que el PSOE debería estudiar con la atención que hasta ahora le ha negado. Las normas del partido británico permiten que un porcentaje suficiente de parlamentarios fuerce un proceso de liderazgo. Es un mecanismo incómodo, traumático a veces, pero que obliga a los líderes a rendir cuentas ante sus propios compañeros de partido y no solo ante la opinión pública exterior. Es la diferencia entre un partido que gestiona su poder y un partido que lo acumula hasta que colapsa.

El PSOE reformó sus estatutos bajo el impulso del propio Sánchez para blindar al secretario general frente a posibles rebeliones internas. La victoria en el congreso de 2017 sobre Susana Díaz fue la primera piedra de esa arquitectura de control. Desde entonces, el partido ha ido construyendo, capa a capa, un sistema en el que el liderazgo es prácticamente irrevocable mientras el líder no decida marcharse por voluntad propia. Es una trampa para el partido, aunque haya sido diseñada como una fortaleza para el líder.

Esa trampa es, hoy, la principal amenaza para la supervivencia del PSOE como fuerza política relevante. Porque si el partido no encuentra por sí mismo los mecanismos para gestionar una transición de liderazgo, será la debacle electoral la que los imponga desde fuera. Y las debacles electorales no son quirúrgicas. Son amputaciones.

El laborismo habló, en Ferraz nadie tiene el valor de escuchar

La dimisión de Starmer es, para el PSOE, la lección más actualizada, más concreta y más políticamente relevante que un partido de gobierno europeo le ha dado a otro en lo que va de década. Porque Starmer no se fue derrotado en las urnas. Se fue antes de la derrota, gestionando la salida de forma que el partido conserva la iniciativa, el gobierno y la posibilidad de regenerarse antes de que el electorado dicte sentencia definitiva. Eso es exactamente lo que la cultura política sanchista hace imposible en España.

En España, dimitir es rendirse. En el imaginario sanchista, cualquier paso atrás del líder es una victoria de la derecha, una traición a los votantes progresistas, un regalo a los enemigos del gobierno. Esa narrativa, construida con esmero durante años, ha convertido la renovación interna en un tabú y la lealtad ciega en la única forma de militancia reconocida. El resultado es un partido que no puede corregirse a sí mismo. Un partido que ha perdido el instinto de supervivencia colectiva y lo ha sustituido por el instinto de supervivencia de su secretario general.

Burnham ha dicho que su candidatura representa una oportunidad de renovación para el Partido Laborista. El sistema laborista, con todas sus imperfecciones, le ha dado esa oportunidad antes de que fuera demasiado tarde. El sistema sanchista no le dará esa oportunidad a nadie. Y ese es, exactamente, el problema.

Izquierda o sanchismo

La pregunta que el PSOE tiene que hacerse ya, sin más dilaciones, es si quiere sobrevivir como partido o prefiere subsistir como plataforma personal de su secretario general. Son dos proyectos incompatibles a medio plazo. El primero requiere asumir el coste de una renovación interna que inevitablemente humillará a quien la protagoniza, aunque se presente como una retirada ordenada. El segundo conduce, con una lógica implacable, a una erosión continuada que cada ciclo electoral traducirá en más pérdidas, más dependencia de aliados cada vez más exigentes y más alejamiento de ese electorado de centro-izquierda que ha sido históricamente la base sobre la que se construyeron los grandes gobiernos socialistas de la democracia española.

La izquierda española necesita un partido socialista fuerte, moderno y creíble. Necesita un PSOE que sea capaz de articular una propuesta de gobierno que no dependa de la aritmética más exótica del hemiciclo ni de las concesiones más inverosímiles a quienes niegan la legitimidad del Estado. Necesita, en definitiva, un PSOE que haya aprendido a ser algo más grande que su propio líder.

Eso es exactamente lo que el Partido Laborista acaba de demostrar esta semana, una vez más, que es capaz de hacer. Lo hizo con Blair. Lo hizo con Brown. Lo hizo con Corbyn. Y lo acaba de hacer con Starmer. El PSOE todavía no ha aprendido esa lección. El reloj, sin embargo, no se detiene a esperar que lo haga.

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