La socialdemocracia europea ha aprendido, casi siempre demasiado tarde, que los grandes partidos no desaparecen por derrotas repentinas, sino por una lenta acumulación de decisiones defensivas presentadas como principios innegociables. El PSOE de Pedro Sánchez parece hoy recorrer ese mismo trayecto. La anteposición de los intereses personales del presidente, el cálculo partidista a corto plazo y un sectarismo ideológico creciente están empujando a los socialistas españoles hacia una irrelevancia política que ya se ha manifestado con crudeza en otros países de la Unión Europea.
Desde que Sánchez consolidó su liderazgo y alcanzó La Moncloa, el PSOE ha experimentado una transformación profunda. De partido de Estado, capaz de articular consensos amplios y asumir costes institucionales, ha ido mutando hacia una organización centrada en la preservación del poder. No del poder entendido como instrumento para desplegar un proyecto socialdemócrata sólido, sino del poder como fin en sí mismo, ligado a la continuidad de un liderazgo personalista. Esta lógica ha impregnado la estrategia política del partido y ha reducido su horizonte a la supervivencia inmediata.
El resultado es una paradoja evidente: el PSOE gobierna España, pero lo hace desde una fragilidad estructural permanente, apoyado en alianzas que no construyen mayorías sociales estables ni refuerzan la arquitectura institucional. Al mismo tiempo, ha ido cerrando vías tradicionales de entendimiento político. Los pactos transversales, los acuerdos de Estado e incluso la posibilidad de una gran coalición con el PP en contextos excepcionales se han convertido en tabúes. No por razones ideológicas profundas, sino por el temor a perder el control del relato y del poder.
La negativa del PSOE a una abstención en Extremadura es un ejemplo revelador de esta deriva. No se trata de una cuestión autonómica menor, sino de un síntoma político. El partido ha preferido bloquear cualquier salida institucional antes que asumir el coste simbólico de facilitar un gobierno ajeno. La abstención, presentada internamente como una claudicación, habría podido reforzar la imagen del PSOE como fuerza responsable y útil para la gobernabilidad. En cambio, la estrategia elegida ha sido la del no por el no, incluso a costa de ceder toda la iniciativa política al PP y a Vox.
Este comportamiento se reproduce a escala nacional. La sola mención de una gran coalición PP-PSOE, habitual en democracias como Alemania, provoca rechazo automático en la dirección socialista. En su lugar, el PSOE opta por apoyarse en fuerzas minoritarias, algunas abiertamente críticas con el marco constitucional, antes que aceptar un entendimiento con su principal adversario democrático. Esta elección redefine al partido no como eje vertebrador del sistema, sino como actor de un bloque ideológico cerrado, más preocupado por la confrontación que por la estabilidad.
La experiencia europea ofrece advertencias claras. En Francia, el Partido Socialista se atrincheró en debates identitarios y luchas internas hasta perder toda centralidad política. En Italia, la incapacidad del centroizquierda para articular acuerdos amplios abrió el camino a la derecha radical. En Grecia, el PASOK pasó de gobernar a convertirse en una fuerza residual tras confundir hegemonía moral con poder real. En todos los casos, el patrón fue el mismo: liderazgos personalistas, rechazo a pactos amplios y una lectura sectaria de la política.
El PSOE corre hoy el riesgo de repetir ese itinerario. Al abandonar su papel histórico de partido de Estado y adoptar una lógica de trinchera ideológica, pierde capacidad para representar a amplias capas de la sociedad, incluidas las clases medias y trabajadoras que durante décadas fueron su base electoral. La política entendida como confrontación permanente puede movilizar a los fieles, pero erosiona la confianza institucional y aleja a los votantes moderados.
Paradójicamente, la estrategia diseñada para evitar la irrelevancia puede estar acelerándola. Un partido que solo concibe el poder como control excluyente acaba siendo prescindible cuando ese control se debilita. Extremadura no es una excepción, sino un aviso. Y la negativa sistemática a explorar acuerdos de Estado no es coherencia ideológica, sino inseguridad estratégica.
Europa ya ha visto esta secuencia. Sabe que la irrelevancia no llega de golpe, sino cuando un partido deja de ser útil para gobernar en nombre del interés general. Si el PSOE de Pedro Sánchez persiste en anteponer la lógica personal y partidista a su vocación histórica de vertebración del sistema, el desenlace será previsible. Y, como ocurrió en otros países europeos, no será responsabilidad de la derecha, sino de una izquierda incapaz de aprender de su propia historia.