El miedo a la ultraderecha no moviliza a la izquierda

El PSOE de Pedro Sánchez ha utilizado de manera recurrente ese miedo a la extrema derecha, pero ese argumento ya no moviliza tal y como demuestran tanto los sondeos como las últimas debacles electorales y el crecimiento de Vox

07 de Febrero de 2026
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PSOE miedo ultras
Pedro Sánchez y Pilar Alegría en un acto de campaña | Foto: PSOE

Durante años, el miedo a la ultraderecha ha sido uno de los principales activos electorales del socialismo español. La advertencia de que un avance de Vox pondría en riesgo derechos, libertades y servicios públicos funcionó como un eficaz mecanismo de movilización, especialmente entre votantes urbanos y progresistas. Pero ese argumento comienza a mostrar signos claros de agotamiento. Las declaraciones de Pilar Alegría, candidata del PSOE a la Presidencia de Aragón, lo evidencian con nitidez.

Desde las puertas del hospital Royo Villanova de Zaragoza, Alegría apeló a la participación masiva y advirtió que “cada voto que se quede en casa es un regalo a las dos derechas”. El mensaje es reconocible, casi canónico. Sin embargo, el contexto en el que se pronuncia ha cambiado profundamente. La precariedad laboral, los salarios estancados y la destrucción del poder adquisitivo han desplazado el eje del debate político desde el terreno ideológico al material.

Ansiedad económica, factor político dominante

El problema de fondo para el PSOE no es solo el avance de la extrema derecha, sino la transformación del estado de ánimo social. Para amplias capas de la población que tradicionalmente votaban a la izquierda la amenaza real para sus vidas ya no se percibe como abstracta o ideológica, sino inmediata y cotidiana: llegar a fin de mes, acceder a una vivienda, mantener un empleo estable.

En ese escenario, el argumento del “mal menor” pierde eficacia. El miedo moviliza cuando hay algo tangible que perder, pero deja de hacerlo cuando muchos sienten que ya han perdido demasiado. La apelación constante al riesgo de un gobierno de PP y Vox se enfrenta a una realidad incómoda: una parte del electorado considera que su situación material no ha mejorado de forma sustancial bajo los gobiernos progresistas de Pedro Sánchez.

El voto que no llega

La insistencia de Alegría en que la abstención beneficia a “las dos derechas” revela otra preocupación central: la desmovilización del electorado progresista. No es tanto que los votantes se desplacen masivamente hacia la ultraderecha, sino que dejan de votar. Y esa abstención selectiva suele castigar más a la izquierda que a la derecha.

Desde un punto de vista estructural, este fenómeno tiene lógica. Los votantes conservadores tienden a percibir la política como un mecanismo de defensa de intereses claros; los progresistas, en cambio, exigen resultados coherentes con expectativas más elevadas. Cuando esas expectativas no se cumplen, la frustración se traduce en distancia, no en fidelidad resignada.

El límite del relato moral

El discurso antifascista sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. Advertir sobre los riesgos de la ultraderecha no sustituye a una respuesta convincente a la inseguridad económica. El PSOE se enfrenta a una disyuntiva estratégica: seguir apostando por un relato moral que pierde eficacia o reconstruir una narrativa centrada en empleo de calidad, salarios, vivienda y servicios públicos tangibles.

Las palabras de Pilar Alegría son, en ese sentido, más reveladoras de lo que parecen. Tras la apelación al miedo late un reconocimiento implícito: el voto ya no se gana solo alertando sobre lo que puede venir, sino demostrando lo que se ha hecho y lo que se hará mejor. En eso, el PSOE de Pedro Sánchez, siempre saldrá perdiendo porque los resultados de su gobiernos se resumen en buenas intenciones y en medidas que no afectan al bienestar de las clases medias y trabajadoras.

En Aragón, como en buena parte de España, el PSOE se juega algo más que una presidencia autonómica. Se juega la validez de una estrategia política basada en la contención del adversario más que en la ilusión del propio proyecto. En un contexto de precariedad persistente, el miedo deja de ser motor cuando la esperanza se ha debilitado.

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