La política española ha cruzado en los últimos años umbrales de polarización inéditos desde la Transición. Pero hay momentos en los que la contienda partidista deja de ser un ejercicio legítimo de confrontación democrática para convertirse en una cuestión de ética pública. Las recientes declaraciones de Óscar López, responsabilizando a Javier Lambán, el fallecido expresidente aragonés, de los malos resultados del PSOE en Aragón, constituyen uno de esos momentos.
Óscar López, actual ministro y figura destacada del núcleo duro del politburó del sanchismo, afirmó que el exlíder socialista aragonés “en lugar de hacer oposición al señor Azcón, se dedicó a hacer otra cosa, por cierto, muchas veces con argumentos que eran de la derecha, por lo tanto, también el PP no tenía un desgaste que tenía que haber tenido”. La frase, pronunciada tras la derrota electoral en Aragón, apuntaba directamente a la estrategia política de Javier Lambán como causa del retroceso socialista.
El problema no es sólo la crítica interna sino el contexto: Lambán ya no puede defenderse. El señalamiento póstumo convierte el reproche en un gesto políticamente cómodo y moralmente discutible.
El legado de Javier Lambán frente al relato del sanchismo
Javier Lambán fue presidente de la comunidad autónoma durante dos legislaturas. Gobernó en un escenario complejo, manteniendo un perfil institucional moderado y defendiendo posiciones propias dentro del PSOE, especialmente en cuestiones territoriales y pactos nacionales. Su distanciamiento con la dirección federal fue notorio en debates clave como la política de alianzas con independentistas.
Ese perfil crítico lo convirtió, a ojos del sanchismo, en una figura incómoda, en un traidor. Sin embargo, reducir el resultado electoral aragonés a una supuesta “falta de oposición” simplifica en exceso un escenario político atravesado por dinámicas nacionales, desgaste acumulado y reconfiguración del voto conservador.
Nuevo ciclo político en Aragón
En las elecciones autonómicas, la candidatura de Jorge Azcón consolidó un cambio de ciclo. El PP logró articular un bloque sólido en un contexto nacional favorable para la derecha, impulsado por la crítica a las alianzas del Gobierno central y por la movilización del electorado conservador.
Pretender que la ausencia de “desgaste” del PP se deba exclusivamente a la estrategia de oposición del líder socialista aragonés ignora variables evidentes: el contexto económico, la inflación, la percepción de cesiones territoriales desde Madrid y el efecto arrastre de la política nacional. Además, Azcón ganó las elecciones pero perdió 2 escaños.
Falta absoluta de autocrítica en el sanchismo
El núcleo del problema no es táctico. El sanchismo ha mostrado una tendencia recurrente a externalizar responsabilidades. Las derrotas territoriales rara vez se atribuyen a decisiones estratégicas nacionales o a pactos controvertidos.
Esta dinámica evita un debate profundo sobre el impacto de determinadas alianzas parlamentarias, sobre el desgaste de la marca PSOE en algunos territorios o sobre la percepción de incoherencia ideológica entre votantes tradicionales.
Culpar a Lambán sin matices ni reconocimiento de su trayectoria transmite la imagen de una dirección que no admite pluralidad interna. La discrepancia se convierte retrospectivamente en deslealtad, la autonomía política, en traición estratégica.
Indignidad política
Existe además un componente simbólico. La crítica a un dirigente fallecido, formulada en términos que sugieren responsabilidad directa en una derrota electoral, desgasta la memoria institucional del propio partido. No se trata de blindar legados ni de negar errores, sino de ejercer una crítica proporcionada y respetuosa.
La política democrática exige asumir responsabilidades propias y en el sanchismo dimitir es, como dice el chascarrillo, un nombre ruso. Un partido que aspira a gobernar España no puede permitirse que su relato postelectoral se base exclusivamente en la culpabilización de voces disidentes.
Síntoma de una cultura política
Lo ocurrido no es un episodio aislado, sino un síntoma de una cultura política cada vez más centrada en la disciplina interna y menos en el debate estratégico. El PSOE ha sido históricamente un partido de corrientes, de discusión ideológica y de equilibrios territoriales. La homogeneización del discurso puede ofrecer ventajas tácticas a corto plazo, pero genera fracturas a medio plazo.
El análisis político serio exigiría preguntarse por qué parte del electorado socialista se abstuvo o migró hacia otras opciones, incluso a la extrema derecha, qué impacto tuvieron las decisiones nacionales en la campaña aragonesa y qué papel jugó la percepción de desgaste gubernamental. Nada de eso aparece en la declaración de López.
Sanchismo: del debate interno al discurso único
La polémica suscitada por las declaraciones de Óscar López no es un hecho aislado ni una exabrupto circunstancial. Se inscribe en una evolución más profunda del PSOE desde que Pedro Sánchez recuperó la secretaría general en 2017 tras las primarias. Aquel episodio fue presentado como la victoria de la militancia frente al aparato. Sin embargo, con el paso de los años, el modelo orgánico derivado de ese liderazgo ha ido consolidando una lógica interna distinta: la crítica ya no es un mecanismo de mejora, sino un gesto sospechoso de deslealtad.
El PSOE fue históricamente un partido de corrientes, sensibilidades territoriales y debates ideológicos intensos. La discrepancia formaba parte de su ADN político. Desde la Transición hasta bien entrado el siglo XXI, la pluralidad interna convivía con la disciplina institucional. La diferencia actual, según denuncian voces críticas dentro y fuera del partido, es que la discrepancia pública se asocia automáticamente con la traición.
Crítica interna convertida en deslealtad
Dirigentes territoriales que han expresado matices sobre la política de pactos, la cuestión territorial o la estrategia parlamentaria han sido retratados, directa o indirectamente, como obstáculos para el proyecto nacional. En este marco, la crítica deja de ser un ejercicio democrático para convertirse en un problema reputacional.
El caso de Javier Lambán fue paradigmático en vida: sus posiciones divergentes sobre los acuerdos con fuerzas independentistas o sobre determinadas concesiones competenciales fueron interpretadas por el entorno del sanchismo como munición para la derecha. La línea argumental es conocida: quien cuestiona desde dentro debilita al Gobierno; quien matiza el relato oficial fortalece al adversario.
Este planteamiento tiene un efecto inmediato: inhibe el debate interno y empobrece el análisis político. Si toda discrepancia es sospechosa, el partido pierde la capacidad de detectar errores estratégicos antes de que se traduzcan en derrotas electorales.
Discurso único como estrategia de poder
La consolidación de un liderazgo fuerte no es en sí misma antidemocrática. Todos los partidos aspiran a coherencia y disciplina. El problema surge cuando esa coherencia se convierte en homogeneización forzada del pensamiento. El sanchismo ha evolucionado hacia una estructura donde la comunicación política se centraliza y las federaciones territoriales tienen margen limitado para marcar perfil propio.
El resultado es la construcción de un discurso único, en el que la narrativa oficial se impone como marco incuestionable. En ese contexto, el señalamiento de Lambán tras su fallecimiento adquiere un significado simbólico: no solo se le responsabiliza de un resultado electoral adverso, sino que se reescribe retrospectivamente su papel como factor de desgaste.
La comparación con dinámicas propias de regímenes autoritarios, en los que la unanimidad es condición de supervivencia política, no implica equiparar sistemas, pero sí subraya una tendencia preocupante: la reducción del pluralismo interno como método de control.
Desgaste acumulado
Desde que Sánchez lidera el partido, las constantes derrotas autonómicas o municipales rara vez se han acompañado de un debate estratégico profundo sobre el impacto de las decisiones nacionales. La explicación suele desplazarse hacia factores externos: campañas adversas, contexto económico, errores territoriales o supuesta deslealtad interna.
Sin embargo, la política contemporánea está interconectada. La marca nacional condiciona el voto local. Las alianzas parlamentarias en Madrid influyen en la percepción del PSOE en comunidades autónomas. Negar esa interdependencia impide comprender el comportamiento electoral.
La ausencia de autocrítica tiene además un coste organizativo: militantes y cuadros intermedios perciben que el debate no es bienvenido, lo que genera silencios tácticos y, a largo plazo, desafección.
Liderazgo plebiscitario
El liderazgo de Sánchez se consolidó a través de primarias abiertas a la militancia, un mecanismo de legitimación democrática interna. Pero la legitimidad plebiscitaria no debe anular el debate posterior. Al contrario, debería reforzarlo. Cuando el liderazgo se interpreta como mandato incuestionable, se diluye el equilibrio entre autoridad y deliberación.
En ese marco, las declaraciones de Óscar López no son solo una crítica a un dirigente territorial, representan la prolongación de una cultura política donde se impone el relato oficial sobre el análisis crítico.