España cerró 2025 con 2,4 millones de personas inscritas en el desempleo, confirmando una tendencia descendente que el gobierno de Pedro Sánchez presenta como uno de los principales logros de la legislatura. En el conjunto de 2025, el paro se redujo en 152.048 personas y la afiliación a la Seguridad Social alcanzó los 21,7 millones, medio millón más que un año antes. En términos agregados, el balance es positivo. En términos estructurales, resulta inquietantemente peligroso.
Como ocurre a menudo con las estadísticas laborales, la primera lectura invita al optimismo, pero la segunda obliga a la cautela. España crea empleo, sí, pero la pregunta central no es cuántos puestos se generan, sino qué tipo de empleo y con qué capacidad para sostener un proyecto vital en un contexto de inflación persistente y encarecimiento del coste de la vida.
Afiliaciones no son empleos
Uno de los rasgos más reveladores del actual ciclo laboral es la creciente divergencia entre afiliaciones a la Seguridad Social y personas efectivamente ocupadas. El aumento de cotizantes no equivale necesariamente a más trabajadores con empleos estables y suficientes. Cada vez es más habitual que una misma persona acumule dos o incluso tres afiliaciones, resultado de la proliferación de contratos a tiempo parcial que no alcanzan, ni siquiera sumados, una jornada completa. Esto es lo que dicen las cifras oficiales no un reel de Instagram o un post de X.
Este fenómeno distorsiona el relato oficial. El empleo crece, pero lo hace fragmentado, discontinuo y, en la mayoría de los casos, mal remunerado, tal y como reflejan las cifras oficiales. Además, esa fragmentación tiene un claro sesgo de género: cerca de tres cuartas partes de la contratación parcial recae en mujeres. El aumento de su presencia en la Seguridad Social es, en apariencia, una buena noticia; lo es menos cuando se apoya en trabajos de baja intensidad horaria y escasa estabilidad.
Temporalidad con rostro joven
Los datos de diciembre volvieron a confirmar otro rasgo persistente del mercado laboral español: su dependencia estacional. Campañas navideñas, rebajas, turismo y hostelería siguen marcando el pulso de la contratación. No es casual que, respecto a noviembre, la contratación indefinida cayera en 76.000 personas, mientras que la temporal aumentó en 10.000, con un crecimiento especialmente acusado entre los menores de 25 años.
El patrón es tan conocido como resistente al cambio. El empleo que se crea al final del año es, en gran medida, efímero y de baja calidad. Para muchos jóvenes, diciembre no es una puerta de entrada al mercado laboral, sino un paréntesis precario entre periodos de inactividad o estudios. La reforma laboral fake de Sánchez ha alterado algunas métricas, pero no ha transformado el núcleo duro del problema.
El mayor fracaso de Pedro Sánchez
Aquí emerge uno de los principales fracasos políticos de Pedro Sánchez. Tras más de siete años en el poder, el Gobierno ha logrado mejorar los indicadores absolutos, pero no ha conseguido que el empleo vuelva a ser un mecanismo eficaz de emancipación social. Trabajar ya no garantiza independencia económica, acceso a la vivienda ni estabilidad a medio plazo.
El Ejecutivo ha defendido la reforma laboral como un cambio de paradigma. Sin embargo, su impacto real ha sido más cosmético que estructural. La temporalidad se ha desplazado de forma parcial hacia fórmulas híbridas y contratos fijos discontinuos, pero la precariedad persiste. El resultado es un mercado laboral que maquilla sus debilidades sin resolverlas. Si no hay autocrítica, si no se reconocen los errores y las carencias, jamás se podrán generar soluciones. Si cada estadística del SEPE o cada EPA se transforma en propaganda positivista, la precariedad crecerá.
En términos políticos, esta contradicción es costosa. El gobierno reivindica cifras récord mientras una parte creciente de la población activa experimenta inseguridad crónica, salarios estancados y una vida laboral fragmentada. La desconexión entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana erosiona la credibilidad del proyecto socialdemócrata que Sánchez dice encarnar.
El sistema productivo, intacto
Más allá de los contratos, el diagnóstico apunta siempre al mismo lugar: el sistema productivo español, prácticamente intacto tras décadas de reformas parciales. La economía sigue apoyándose en sectores de bajo valor añadido, capaces de generar empleo con rapidez, pero incapaces de ofrecerlo con calidad de forma sostenida.
La industria y la innovación continúan teniendo un peso limitado, mientras que los servicios estacionales actúan como colchón social. Esta estructura explica por qué las mejoras cuantitativas no se traducen en progreso duradero. El empleo aumenta, pero los salarios avanzan con dificultad, y el coste de los bienes básicos presiona a los hogares.
Ciclo electoral
El debate laboral, además, está atrapado en un clima político de precampaña permanente. Las cifras mensuales se celebran o se critican con reflejos partidistas, pero rara vez se utilizan como base para un consenso de largo plazo. Sin una estrategia compartida, las reformas tienden a ser parciales, tácticas y reversibles.
La España de Sánchez crea empleo en bruto, pero no ha resuelto cómo convertirlo en trabajo estable, suficiente y emancipador. Mientras esa brecha persista, cada cierre de año repetirá el mismo balance ambiguo: buenas cifras, viejos problemas y un fracaso político que ningún maquillaje consigue ocultar.