La falacia económica que defienden PP y Vox está matando a la clase trabajadora

Cuarenta años de desregulación y rebajas fiscales no crearon prosperidad compartida. Crónica del sistema que funciona como una bomba de succión de abajo hacia arriba

13 de Septiembre de 2026
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Ayuso en el Club Siglo XXI. Falacia
Ayuso en el Club Siglo XXI

Hay dogmas políticos que no se sostienen sobre datos, sino sobre una fe de hierro, casi religiosa. La famosa teoría del goteo que defienden Vox y el PP, esa idea de que la riqueza de los superricos termina desbordando y cayendo hacia abajo, es, de lejos, la más rentable para los que están arriba del todo.

Nos la vendieron a fuego. En los ochenta, los despachos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher convirtieron el invento en religión. En las bolsas y los mítines de la derecha y los ultras la cantinela era la misma: bájale los impuestos a los millonarios, quita trabas al gran capital y ya verás cómo esas ganancias caen como lluvia bendita sobre el resto. Un cuarto de siglo después... en fin. Vaya estafa.

En los barrios donde la gente madruga para poder sobrevivir la teoría no aguanta un asalto. No hay un gráfico bonito que tape la realidad de la cesta de la compra. Las grandes corporaciones baten récords de beneficios año sí y año también, mientras que al currante medio el sueldo se le evapora en la primera semana del mes.

La copa de los más ricos nunca llegó a rebosar por una razón sencillísima: en cuanto se llenaba, la hacían más grande. El dinero se quedó arriba, enredado en paraísos fiscales, recompra de acciones y especulación pura. Abajo no cayó ni una gota.

Las cuentas no engañan. En los últimos diez años hemos producido más que nunca, trabajando más horas y con mejor tecnología. ¿Y los sueldos? Estancados o cayendo en picado por culpa de la inflación provocada por las mismas élites que se lucran con ella.

En la práctica, la famosa "lluvia" funcionó como una bomba de succión al revés. Sacó el dinero del bolsillo del trabajador y lo mandó directo a la cuenta de los accionistas. Cuando una multinacional recibe una rebaja fiscal jugosa, no pienses que le sube el sueldo a la plantilla ni que contrata a más gente en condiciones dignas. ¡Qué va! Eso va directo a dividendos y a los sueldos millonarios de la directiva. El dinero se queda encerrado en la moqueta de los despachos.

Durante décadas, la derecha le vendió la moto al albañil, a la dependienta y al pequeño autónomo. Les dijeron que si al jefe le iba de cine, a ellos les iría bien por inercia. Pero la ilusión saltó por los aires en cuanto la vida cotidiana se volvió un infierno. La vivienda ya no es un hogar, es un activo financiero inaccesible. La luz y la comida se comen el sueldo. ¿Ahorrar para imprevistos? Un lujo de ricos.

La gente se ha dado cuenta del truco. El esfuerzo personal ya no garantiza una vida mejor. La desregulación no trajo esa competencia sana que prometían los teóricos de corbata; lo que creó fue un puñado de gigantes que fijan los precios como les da la gana y se quedan con todo. Desmantelaron las redes del Estado de bienestar y dejaron al ciudadano a la intemperie.

Insistir hoy, como hace, por ejemplo, Isabel Díaz Ayuso, en que la solución es bajar más impuestos a las grandes fortunas ya no es un error de cálculo ni inocencia. Es una decisión con todas las letras para blindar a los de siempre.

La salud de un país no se mide por cuántos multimillonarios salen en la revista Forbes, sino por cómo vive la gente que levanta el país cada mañana. Si el sistema sigue funcionando como una aspiradora que quita abajo para poner arriba, la paz social durará muy poco. Hay que devolver la economía a la economía real: sueldos acordes a la vida, impuestos justos y un techo digno.

Echarle más agua a la copa del que ya está lleno mientras los demás se mueren de sed no es economía. Es un atraco a mano armada.

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