Las elecciones autonómicas de 2023 en Extremadura y Aragón ofrecieron un ejemplo casi clínico de cómo funciona la maquinaria de la sospecha de la extrema derecha. No hubo apagones informáticos, ni denuncias formales de fraude avaladas por tribunales, ni irregularidades documentadas en las actas oficiales. Hubo, en cambio, una avalancha de contenidos en redes sociales que insinuaban, o afirmaban abiertamente, que el voto por correo favorecía sistemáticamente al PSOE y que ello constituía una prueba de manipulación.
El patrón es idéntico al observado en otros países: capturas de pantalla parciales, gráficos descontextualizados, porcentajes aislados y una conclusión predefinida. La afirmación más repetida era aparentemente contundente: “En el recuento del voto por correo el PSOE gana”. Lo que se omitía era el contexto estadístico y sociológico.
En el sistema electoral español, el escrutinio del voto por correo se integra en el recuento general una vez cerradas las urnas presenciales. Es habitual que el perfil del votante por correo difiera del votante presencial: mayor proporción de personas mayores, trabajadores desplazados o residentes en el extranjero. En determinadas convocatorias, ese perfil puede inclinarse hacia partidos con mayor implantación territorial o voto tradicional.
Tras las elecciones en Extremadura y Aragón, algunos usuarios difundieron tablas oficiales que mostraban un incremento porcentual del PSOE en tramos concretos del escrutinio. La manipulación no consistía en inventar cifras, sino en sugerir que ese incremento probaba un amaño. Se trataba de un clásico caso de correlación presentada como conspiración.
De Telegram a la conversación nacional
Los primeros mensajes circularon en grupos cerrados de Telegram y WhatsApp vinculados a la extrema derecha o al antiglobalismo radical. En cuestión de horas, capturas y vídeos explicativos se replicaron en X y Facebook. Algunos influencers con miles de seguidores amplificaron la narrativa con un tono más sofisticado: “No afirmamos que haya fraude, pero es sospechoso que siempre ocurra lo mismo”.
El uso estratégico del condicional es clave, tal y como indican los manuales de comunicación digital del ultraderechista Steve Bannon. No se acusa directamente, se invita a “reflexionar”. Esa ambigüedad protege frente a posibles consecuencias legales y, al mismo tiempo, alimenta la sospecha colectiva.
En pocos días, la idea de que el voto por correo “corrige” resultados en favor del PSOE se instaló en conversaciones cotidianas. Programas de tertulia reprodujeron el debate, a menudo en formato de confrontación, reforzando la percepción de que existía una controversia sustantiva. Y, todo ello, en un momento en que el PSOE está repitiendo de manera recurrente sus peores resultados de la historia.
Algoritmo, amplificador ideológico
La dinámica algorítmica jugó un papel decisivo. Los contenidos que cuestionaban la integridad del recuento generaban reacciones intensas. Para la lógica de recomendación de plataformas como X o Facebook, esa interacción es señal de relevancia.
El resultado fue una visibilidad desproporcionada respecto al volumen real de denuncias formales. La conversación digital no reflejaba necesariamente una crisis institucional, sino una crisis de percepción amplificada.
En paralelo, cuentas anónimas o de reciente creación difundían gráficos con flechas rojas y titulares alarmistas. Algunas utilizaban logos alterados de medios de comunicación para simular veracidad. Otras combinaban datos reales con interpretaciones erróneas, construyendo un relato coherente para quienes ya desconfiaban del sistema.
Importación del guion estadounidense
La narrativa reproducía casi palabra por palabra los argumentos empleados en Estados Unidos tras 2020: el voto por correo como anomalía estadística, el “cambio” de tendencia en el tramo final del escrutinio, la sospecha de manipulación centralizada. La diferencia es que en España el proceso está altamente descentralizado y supervisado por representantes de todos los partidos en cada mesa.
Sin embargo, la eficacia del guion no depende de su exactitud, sino de su familiaridad. La repetición internacional refuerza la sensación de patrón global: “Si ocurrió allí, puede ocurrir aquí”.
El voto por correo en España está regulado por procedimientos estrictos y su recuento se realiza con presencia de interventores de todas las formaciones. Pero las explicaciones técnicas rara vez compiten con la narrativa emocional.
La asimetría es evidente: un hilo conspirativo se consume en segundos; un análisis detallado requiere atención y predisposición. En la economía de la atención, la sospecha es más rentable que la precisión.
El caso español demuestra que ningún sistema es inmune a la desinformación algorítmica. La fortaleza institucional no basta si la conversación pública se contamina de sospecha sistemática. La extrema derecha, con su dominio de la comunicación emocional y su capacidad de movilización en redes, ha entendido que la batalla se libra tanto en la percepción como en las urnas.
Durante años, las teorías de fraude electoral se consideraban marginales. Hoy forman parte del debate cotidiano. Esa transición no se explica únicamente por la radicalización ideológica, sino por la normalización mediática.
Cuando dirigentes de extrema derecha repiten la acusación en entrevistas, tertulias o mítines, el mensaje abandona el nicho digital y entra en la esfera pública convencional. La frontera entre rumor y argumento político se difumina.
El fenómeno recuerda a lo ocurrido con la campaña del Brexit en el Reino Unido, donde la combinación de mensajes simplificados, segmentación digital y apelaciones emocionales transformó percepciones en cuestión de meses. Aunque los contextos difieren, la lógica es similar: convertir una afirmación discutible en sentido común repetido.
La economía política del engaño
La desinformación no solo es ideología; también es negocio. Influencers y creadores de contenido monetizan vídeos alarmistas. Páginas web con titulares sensacionalistas generan ingresos publicitarios a través del tráfico masivo. La sospecha se convierte en producto.
En este ecosistema, el bulo sobre el voto por correo es especialmente rentable. Cada convocatoria electoral reactiva el ciclo de indignación. Cada vídeo viral atrae nuevos seguidores. La infraestructura digital recompensa la persistencia del engaño.