El ejército invisible de Marruecos en España "tiene acceso a todo"

Un exagente de la DGST ha destapado las trampas en aeropuertos, cámaras invisibles en hoteles y la red de chantaje que utiliza Rabat para doblegar a Madrid

17 de Septiembre de 2026
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Ejército invisible Marruecos

La paranoia no es un rasgo psicótico en el espionaje internacional, es, sencillamente, la primera regla de supervivencia. Lo sabe de memoria «Safir», el exoficial de la Dirección General de la Seguridad de Marruecos (DGST) que decidió tirar de la manta ante el consorcio internacional de periodistas Forbidden Stories y el diario francés Le Monde. Oculto en un punto indeterminado de Europa y dominado por el miedo constante a dejar cualquier rastro biológico (exige que le sirvan el café en vasos de cartón para evitar que los agentes de Rabat recojan sus huellas dactilares en una taza de loza, según contó Le Monde), su testimonio desvela una verdad incómoda que en España muchos han preferido esquivar durante años. Las devastadoras herramientas de control y acoso que el aparato marroquí diseñó originalmente para ahogar a sus disidentes internos no se quedaron al otro lado del Estrecho. Se desplegaron con toda su potencia sobre las instituciones, los ministerios y los despachos de poder en España.

España no asistió como un mero espectador distante a la construcción de la dictadura digital alauita, sino que se convirtió en uno de sus objetivos prioritarios. Durante años, la diplomacia de Rabat despachó cualquier sospecha con una cínica sonrisa institucional y la habitual cantinela de que todo obedecía a simples fantasías periodísticas sin fundamento. Sin embargo, el testimonio directo de Safir desmorona esa versión oficial de golpeteo burocrático. El exagente confirma que el software espía Pegasus no solo constituía la joya de la corona del arsenal marroquí, sino que se empleó de manera metódica para perforar la coraza tecnológica del Estado español.

La penetración en la cúpula del Gobierno de Pedro Sánchez en mayo de 2021, alcanzando de lleno los teléfonos móviles del propio presidente y de los titulares de Defensa e Interior, se produjo en el momento exacto de mayor tensión diplomática entre ambos países, coincidiendo con la acogida médica del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, y la posterior represalia migratoria en Ceuta. Los analistas del Centro Criptológico Nacional tardaron meses en cuantificar el volumen de datos sustraído, pero la mecánica ya ha quedado expuesta. No hizo falta que ningún ministro picara en un enlace sospechoso ni descargara un archivo malicioso. La inteligencia marroquí hizo uso del vector de ataque Heaven, diseñado por la firma israelí NSO Group, capaz de tomar el control total de un dispositivo móvil mediante una simple llamada anónima de cinco segundos a través de WhatsApp que ni tan siquiera dejaba rastro perceptible en la pantalla del usuario.

A partir de ese instante, micrófonos ambientadores, cámaras frontales, carpetas de archivos confidenciales, listas de contactos y mensajes privados quedaron expuestos en tiempo real ante los servidores operativos de la DGST. La intromisión no se limitó a las capacidades comerciales del programa israelí. La colaboración directa de la operadora estatal Maroc Telecom permitió que la extracción masiva de gigabytes de información desde terminales situados en suelo español se ejecutara de forma absolutamente invisible, desactivando de manera confidencial los límites de consumo de datos para no levantar sospechas en las facturas ni provocar alertas en las redes españolas.

Una década de incursiones invisibles

Aunque la polvareda mediática generada por Pegasus acaparó las portadas internacionales, Safir recuerda en sus confesiones un punto crítico que reconfigura la magnitud de la amenaza: el programa de NSO Group solo representaba el remate de una estrategia de infiltración tecnológica continuada a lo largo del tiempo. Mucho antes de que los técnicos israelíes desembarcaran en Rabat, la DGST ya utilizaba a escala industrial el programa RCS (Remote Control System), desarrollado por la empresa italiana Hacking Team, con el objetivo de monitorizar las dinámicas políticas en España.

Las tácticas para introducir este malware en territorio español combinaban la tecnología de vanguardia con la picaresca del espionaje clásico de frontera. Agentes de la inteligencia marroquí infectaban ordenadores portátiles y teléfonos móviles pertenecientes a periodistas, diplomáticos, defensores de derechos humanos y representantes de oenegés españolas aprovechando las retenciones rutinarias en los controles aduaneros de los aeropuertos o en los pasos fronterizos de Ceuta y Melilla. La policía de fronteras retenía al viajero bajo cualquier pretexto burocrático inventado, alegando problemas con el pasaporte o con el visado, mientras, en una sala contigua, un técnico de la DGST insertaba una memoria USB modificada en el dispositivo confiscado. En un intervalo de treinta minutos, el equipo quedaba infectado de forma permanente antes de ser devuelto a su propietario con una amable disculpa por el retraso acumulado.

A esta metodología de asalto físico se sumaron campañas masivas y sostenidas de phishing dirigidas contra altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores y del Ministerio de Defensa. El propósito central consistía en monitorizar en tiempo real los giros de la política exterior española respecto a la soberanía del Sáhara Occidental y evaluar el estado de alerta de las guarniciones militares destinadas en Ceuta, Melilla y los peñones españoles. Incursiones detectadas en servidores del EStado permitieron a los servicios secretos marroquíes sustraer documentos clasificados sobre los protocolos de seguridad fronteriza e inteligencia migratoria que España desplegaba en el norte de África. Paralelamente, se mantenía una vigilancia estrecha sobre las comunicaciones electrónicas, redes sociales y cuentas personales de los corresponsales de prensa españoles destinados en el Magreb que mostraran una línea editorial crítica hacia la monarquía alauita.

Microcámaras en habitaciones y micrófonos bajo las mesas

La guerra no convencional que Safir saca a la luz no se libró únicamente en las autopistas de la información o mediante la interceptación de paquetes de datos digitales. Las herramientas físicas de coacción que la DGST utilizaba para asfixiar las protestas en las calles de Alhucemas o en los territorios saharauis se trasladaron directamente a la monitorización de delegaciones, empresarios y personalidades españolas que viajaban a la región.

Al igual que ocurrió con disidentes locales como Omar Radi o Fouad Abdelmoumni, a quienes se les colocaron lentes ópticas microscópicas en las lámparas de sus salones o dentro de los aparatos de aire acondicionado de sus dormitorios, los servicios secretos marroquíes desplegaron una intensa vigilancia sobre la privacidad de diplomáticos, políticos y periodistas españoles. Las reuniones de trabajo mantenidas en cafeterías, restaurantes y hoteles de Rabat, Casablanca o El Aaiún eran grabadas metódicamente mediante micrófonos en miniatura instalados en la parte inferior de las mesas con la complicidad directa de los propietarios de los establecimientos, presionados o recompensados por la inteligencia estatal.

A este despliegue de audio y vídeo se sumaba la presencia en zonas fronterizas de vehículos equipados con tecnología IMSI Catcher, dispositivos que simulan ser torres de telefonía móvil falsas para interceptar de manera masiva todas las llamadas y mensajes emitidos en un radio determinado. Esta herramienta permitía a la DGST mapear al instante qué autoridades, agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado español o activistas se encontraban en un punto concreto de la demarcación en un momento dado.

El repliegue de Pegasus tras las denuncias internacionales de 2021 no supuso el desmantelamiento de la estructura de espionaje, sino su reconversión hacia programas de desarrollo propio y hacia nuevos proveedores del mercado negro de la ciberseguridad

El material íntimo, las conversaciones privadas o los documentos sustraídos mediante este abanico de intrusiones no se guardaban simplemente en carpetas clasificadas para enriquecer los archivos de inteligencia en Rabat. La denominada «prensa de difamación» (un entramado de portales digitales y medios sensacionalistas vinculados de forma orgánica a los servicios de seguridad marroquíes) actuaba como el brazo ejecutor de estas campañas. La DGST filtraba de forma directa fragmentos de audio, fotografías privadas o datos bancarios procesados para que estos medios afines lanzaran feroces ataques de desprestigio, chantaje político o intoxicación mediática contra aquellos españoles que resultaran incómodos para las posiciones estratégicas del régimen del sátrapa Mohamed VI.

Parálisis política de Madrid

El testimonio desgarrador del oficial desertor deja al descubierto un diseño operativo preconcebido: la construcción de una ventaja táctica asimétrica frente a España. Al combinar la cibervigilancia de última generación con el acoso físico y la presión sobre zonas vulnerables (como la gestión de los flujos migratorios o la cooperación antiterrorista), el aparato de seguridad marroquí ha logrado condicionar la toma de decisiones políticas en Madrid.

A pesar de la gravedad institucional que suponen las revelaciones sobre la infección de los teléfonos del Ejecutivo español y el espionaje continuado a sus representantes, la respuesta oficial de los sucesivos gobiernos del PP y del PSOE ha sido la de mantener un calculado y prudente perfil bajo. La vía judicial abierta en la Audiencia Nacional para investigar el espionaje con el programa Pegasus tropezó en repetidas ocasiones con la falta de cooperación internacional y el secreto oficial, propiciando un carpetazo provisional que refleja el temor de la diplomacia española a desatar una crisis bilateral de consecuencias impredecibles.

El relato de Safir concluye con una advertencia implícita para la seguridad nacional española. El repliegue de Pegasus tras las denuncias internacionales de 2021 no supuso el desmantelamiento de la estructura de espionaje, sino su reconversión hacia programas de desarrollo propio y hacia nuevos proveedores del mercado negro de la ciberseguridad. Mientras las instituciones españolas prefieren pasar página y mantener la ficción de un entorno de plena confianza con el vecino del sur, la arquitectura de vigilancia de la DGST continúa activa, recordando que en la contienda invisible que se libra al otro lado del Estrecho, el silencio diplomático no frena las intrusiones; únicamente garantiza la impunidad de quien aprieta el botón.

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