Mariano Rajoy volvió a escena en Sevilla con un diagnóstico grave y conocido: España atraviesa un problema de calidad democrática y el poder judicial está sometido a presiones inadmisibles. El mensaje, pronunciado en el marco de una presentación editorial y arropado por el presidente andaluz, sonó solemne y medido. Lo llamativo no fue tanto el contenido como el lugar desde el que se formuló: el de quien observa el presente con distancia, sin someterlo al contraste de su propia gestión.
Rajoy habló de democracia como si fuera una categoría abstracta, separada de decisiones concretas y de contextos políticos determinados. De su paso por La Moncloa apenas hubo rastro. Ni referencia al uso intensivo del decreto ley, ni al bloqueo presupuestario que marcó el final de su mandato, ni a una relación con las instituciones que fue, en más de una ocasión, estrictamente funcional. En su relato, la erosión democrática es siempre un fenómeno ajeno.
Moderación sin memoria
El expresidente advirtió de los riesgos de gobernar sin Parlamento y calificó de “profundamente antidemocrático” hacerlo sin presupuestos aprobados. La afirmación, formulada con gesto grave, obvió un dato relevante: su último Ejecutivo agotó la legislatura sin nuevas cuentas públicas y defendió entonces la excepcionalidad como un ejercicio de responsabilidad. La memoria selectiva ayuda a reforzar el argumento, pero debilita su credibilidad.
También alertó de los “ataques” al poder judicial. Resulta significativo que quien impulsó reformas que tensionaron la independencia judicial y mantuvo durante años bloqueada la renovación de órganos constitucionales sitúe ahora el problema exclusivamente en el presente. La preocupación por la separación de poderes aparece depurada de contexto y responsabilidades.
En ese marco, Rajoy elevó a Juanma Moreno a la categoría de ejemplo. Lo presentó como antídoto frente al populismo, celebrando su estilo templado y su capacidad para evitar la estridencia. La ironía es involuntaria: la moderación entendida como bajo perfil no garantiza, por sí sola, una mejor calidad democrática.
En Andalucía, ese estilo ha convivido con una gestión que evita el conflicto político incluso cuando las decisiones afectan a servicios públicos sensibles. La apelación constante al tono amable y a la convivencia ha servido, en ocasiones, más para desactivar debates incómodos que para resolverlos. Gobernar sin ruido no siempre equivale a gobernar mejor.
Rajoy dedicó también elogios a la monarquía y advirtió contra los populismos “de derechas, de izquierdas o de nada”. Es una formulación eficaz para el aplauso, pero imprecisa. Diluir responsabilidades en una categoría amplia y tranquilizadora permite señalar sin concretar. El populismo, así definido, siempre pertenece a otros.
El expresidente cerró su intervención reivindicando la democracia como el mejor sistema posible. Pocos lo discuten. La cuestión es si puede defenderse su calidad sin una revisión honesta del pasado reciente. Cuando el análisis evita el espejo, corre el riesgo de convertirse en retórica de salón: útil para presentar libros y marcar perfil político, pero insuficiente para explicar las tensiones reales del sistema democrático.