En Lugo, la política ha decidido avanzar con la frialdad de un mecanismo bien engrasado, ajeno al temblor humano que todavía atraviesa el Ayuntamiento. Todo ocurre con una serenidad estudiada, casi elegante, como si no hubiera ausencias recientes, como si el tiempo institucional pudiera acelerarse sin detenerse un instante ante la memoria. Hay algo profundamente desasosegante en la escena. No es solo la moción de censura, es el momento elegido, el contexto.
El hecho de que, en apenas trece meses, el grupo socialista haya perdido a tres concejales, tres vidas que se han ido dejando un vacío que no es solo político, sino humano, íntimo, imposible de cubrir con sustituciones administrativas ni con nuevas actas que se reparten con la frialdad de un trámite. La última ausencia, todavía reciente, apenas ha tenido tiempo de asentarse en la conciencia de la ciudad. Y sin embargo, la política sigue.
Sigue con esa puntualidad implacable que tienen los mecanismos de poder, donde el calendario no se altera por la pérdida, donde la estrategia no se detiene por el duelo, donde la oportunidad se reconoce y se ejecuta con una precisión que, en otro contexto, podría parecer admirable, pero que aquí adquiere un tono más áspero, más difícil de justificar sin que aparezca una sombra de incomodidad.
Porque la política también es tiempo, y también es saber cuándo hacer las cosas. Algo que dice tanto como lo que se hace. El Partido Popular ha decidido no esperar. No detenerse.
No conceder siquiera ese margen difuso que no está escrito en ninguna ley pero que forma parte de una cierta decencia pública, de ese instinto que debería indicar que no todo vale en cualquier momento. La humanidad, en este caso, parece haber quedado fuera del cálculo. Y entonces la escena se vuelve más nítida. Más cruda.
Mientras una parte del Ayuntamiento intenta recomponerse de una cadena de pérdidas que ha marcado la legislatura, otra parte mueve sus piezas con una eficacia silenciosa, sumando voluntades, ajustando números, construyendo una mayoría que no nace de las urnas sino de una grieta abierta en el momento preciso.
La figura de la tránsfuga vuelve a aparecer, inevitable, como si fuera un personaje recurrente en esta obra donde el poder se decide en los márgenes. Y el Partido Popular la incorpora con una naturalidad que desarma, sin apenas esfuerzo por disimular la contradicción con discursos pasados, sin la necesidad de justificar demasiado lo que, en otras circunstancias, habría sido objeto de una crítica feroz. Todo ello envuelto, además, en un lenguaje impecable. Se habla de estabilidad, de fiabilidad y de proyecto.
Palabras pulidas, casi nobles, que intentan elevar la operación a una categoría superior, como si la elección del vocabulario pudiera suavizar la aspereza del gesto. Pero el lenguaje, por muy cuidado que sea, no logra ocultar del todo la sensación de que aquí se ha producido algo más que un simple relevo político. Se ha aprovechado un momento, un momento frágil.
Un instante en el que las ausencias pesan más, en el que el equilibrio es más delicado, en el que la política, si quisiera, podría haber mostrado otro rostro, uno menos impaciente, menos voraz, menos dispuesto a ocupar el espacio antes de que termine de vaciarse. No ha sido así.
Porque lo que se erosiona en este tipo de movimientos no es solo la legitimidad de un cambio de gobierno, sino algo más sutil, más difícil de reparar: la idea de que la política puede convivir con la empatía, de que el poder no tiene por qué ejercerse siempre con esa frialdad quirúrgica que convierte cualquier circunstancia en una oportunidad. Lugo asiste a todo esto con una mezcla de fatiga y lucidez. Sabe lo que está viendo., reconoce el mecanismo, pero también percibe ese matiz incómodo que diferencia una operación legítima de una operación oportunista. El Partido Popular ha elegido su momento.
Pero el fondo permanece y, en él hay algo que no termina de encajar del todo: la sensación de que, mientras unos todavía están contando ausencias, otros ya han empezado a repartir el poder.