Los discursos de la presidenta madrileña trasladan a la política una doctrina nacida en la revolución tecnológica estadounidense: el individuo y la empresa prosperan cuando el Gobierno deja de regular, intervenir y “tutelar” sus decisiones.
Eric Schmidt, según Zuboff: “We want the government out of our business. We want to be free to pursue our own interests… we also want government to leave us alone.”
“Queremos libertad para perseguir nuestros propios intereses y también queremos que el Gobierno nos deje en paz”.
Shoshana Zuboff atribuye estas palabras a Eric Schmidt, entonces consejero delegado de Novell y futuro máximo ejecutivo de Google, en unas declaraciones realizadas a la BBC en 1998. Según la investigadora estadounidense, Schmidt resumió la posición política de Silicon Valley con tres negaciones: “anti-government, anti-regulation, anti-Congress”; contra el Gobierno, contra la regulación y contra el Congreso.
Isabel Díaz Ayuso en Chile
Veintiséis años después, Isabel Díaz Ayuso presentó en Chile su modelo de Madrid con una secuencia sorprendentemente próxima: “A Madrid la gente viene a ser libre, que la dejen en paz, tomar sus propias decisiones, realizar sus proyectos y luchar cada día por un futuro mejor”.
No son únicamente dos frases parecidas. En ambas aparece la misma arquitectura política: libertad individual, intereses o proyectos propios, rechazo de la tutela pública y un Gobierno que debe apartarse para no interferir. Schmidt formulaba esa doctrina desde el poder empresarial. Ayuso la ha convertido en un relato dirigido al conjunto de la ciudadanía.
A Madrid se viene a que te dejen en paz
La fórmula de Ayuso puede seguirse desde su llegada a la Presidencia madrileña. En agosto de 2019 definió su proyecto mediante libertad, bajada de impuestos y eficacia de los servicios públicos. También reclamó un Gobierno que funcionara “con los madrileños, no sobre ellos” y ofreciera oportunidades en lugar de ahogarlas.
El 28 de febrero de 2020 precisó la idea: “Estamos orgullosos de pensar en el individuo y que cada persona lleve las riendas de su vida, porque a Madrid se viene a que a uno le dejen en paz”. La declaración apareció ligada a la libertad de elección, el comercio, la empresa y el empleo. La persona es libre cuando dirige su vida sin que el poder político decida por ella.
En Chile, cuatro años después, añadió dos piezas decisivas: “tomar sus propias decisiones” y “realizar sus proyectos”. Y en junio de 2024, ante empresarios alemanes, definió la función de las administraciones: “fomentar, no tutelar, no dirigir, no imponer”. Ciudadanos y empresas, sostuvo, deben ser tratados como adultos y aliados.
La repetición revela un discurso coherente. Sus palabras clave son individuo, libertad, decisiones, proyectos y ausencia de tutela. Frente a ellas aparecen otras cargadas negativamente: dirigir, imponer, intervenir o ahogar.
De nuestros intereses a tus proyectos
La diferencia más reveladora entre Schmidt y Ayuso está en el sujeto del mensaje.
Schmidt habla en nombre de una industria: nuestros negocios, nuestros intereses, nuestra libertad. Las empresas tecnológicas quieren perseguir sus objetivos sin regulación ni interferencias gubernamentales.
Ayuso traslada esa aspiración al lenguaje cotidiano. Los "intereses" se convierten en “proyectos”; los “negocios”, en “personas”; y la autonomía de las corporaciones frente a la regulación se presenta como parte de la misma libertad que permite a una familia elegir colegio o a un emprendedor abrir una empresa.
El cambio de vocabulario es decisivo. “Intereses” puede sugerir beneficio privado o conflicto con el bien común. “Proyectos”, en cambio, evoca familia, esfuerzo, creatividad y futuro. Una reivindicación corporativa adquiere así apariencia universal.
También se transforma el papel del Estado. Ya no aparece principalmente como garante de derechos o corrector de desigualdades, sino como una presencia que tutela, dirige, impone y limita. Realidades distintas quedan reunidas bajo un mismo principio: nadie debe decidir por ti.
La ideología californiana
Esta semejanza pertenece a una tradición política reconocible. En 1995, Richard Barbrook y Andy Cameron bautizaron como "ideología californiana" la mezcla de contracultura, individualismo libertario, fe tecnológica y liberalismo económico de Silicon Valley. El empresario digital podía presentarse al mismo tiempo como rebelde frente a la autoridad, creador de riqueza y agente de liberación colectiva.
Dos años después, la Administración de Bill Clinton convirtió parte de ese credo en política pública. Su Marco para el Comercio Electrónico Global estableció que el sector privado debía liderar Internet, que el mercado debía impulsar la innovación y que los gobiernos tenían que favorecer la autorregulación empresarial.
La promesa era sencilla: liberar a las empresas de controles considerados innecesarios produciría prosperidad para todos. El interés particular del sector tecnológico se identificaba con el progreso general.
Ese mecanismo reaparece en el discurso madrileño. El empresario se convierte en modelo del ciudadano responsable. La libertad empresarial representa la libertad de toda la sociedad. Impuestos y regulaciones se describen con el mismo lenguaje que las restricciones que impiden a una persona dirigir su vida.
Libertad formal y libertad real
Ayuso no propone la desaparición absoluta del Estado. Su modelo necesita un poder público fuerte para proteger la propiedad, garantizar el orden, atraer inversiones y ofrecer seguridad jurídica. Pero debe replegarse cuando regula la actividad económica, redistribuye recursos, eleva impuestos o condiciona decisiones empresariales.
El problema es que el Estado del bienestar se sostiene precisamente sobre algunas de esas facultades: recaudar, redistribuir, regular y garantizar derechos mediante servicios colectivos.
Una persona también puede carecer de libertad real si no dispone de vivienda accesible, ingresos suficientes, sanidad, educación, cuidados o protección frente al desempleo. La ausencia de interferencias concede libertad formal, pero no distribuye los recursos necesarios para ejercerla.
Cuando estas diferencias desaparecen del relato, reducir impuestos y regulaciones puede presentarse como una ampliación de la libertad para todos, aunque debilite los instrumentos que permiten a quienes tienen menos recursos desarrollar sus proyectos.
Schmidt formuló con crudeza el deseo de Silicon Valley: perseguir los intereses empresariales y mantener al Gobierno apartado. Ayuso ha transformado esa aspiración en una identidad política. Los intereses se llaman proyectos; la regulación se convierte en tutela; los impuestos, en intromisión; y la reducción del Estado del bienestar, en libertad.
Las palabras se han adaptado al nuevo escenario. La doctrina permanece: solo somos libres cuando el Gobierno se aparta.
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