Cómo salvar la democracia cuando el conflicto se convierte en estrategia

Por qué el estado del bienestar no se defiende con gritos, sino con resultados y sentido común

30 de Enero de 2026
Actualizado el 02 de febrero
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Cómo salvar la democracia cuando el conflicto se convierte en estrategia

Las democracias occidentales no están al borde del abismo por un hundimiento económico generalizado, sino por algo más silencioso y peligroso: la erosión de la confianza. Cuando una parte significativa de la ciudadanía deja de creer que la política mejora su vida cotidiana, el sistema pierde legitimidad, incluso aunque los indicadores macroeconómicos no sean catastróficos.

Esta es la paradoja que atraviesa hoy a España: el empleo se mantiene alto, la economía no está en ruinas y, sin embargo, la crispación política es extrema. No es una anomalía española: es un fenómeno estudiado en la teoría democrática contemporánea.

El error de confundir verdad con estadística

Uno de los grandes fallos de las democracias liberales ha sido creer que los datos hablan por sí solos. No lo hacen. La gente no vive el PIB ni los cuadros macroeconómicos: vive el alquiler, la cesta de la compra y la estabilidad de su empleo.

El filósofo Jürgen Habermas explicó que la democracia se sostiene sobre la acción comunicativa: la capacidad de traducir decisiones complejas en razones comprensibles y compartidas. Cuando la política se limita a exhibir cifras sin conectar con la experiencia real, deja un vacío que otros llenan con emociones simples y relatos de enfrentamiento.

En ese vacío prosperan los discursos que prometen identidad, pertenencia y enemigos claros.

El conflicto como atajo político

La polarización no es un accidente, sino una herramienta. Convertir la política en una guerra cultural permanente permite evitar debates incómodos sobre redistribución, desigualdad o calidad de los servicios públicos. El conflicto moviliza más que la gestión, aunque empobrezca el debate democrático.

Una amenaza que no viene del colapso, sino del desgaste

La advertencia no es nueva. Hannah Arendt escribió que, cuando la política se separa de la verdad y se apoya únicamente en el relato, la mentira deja de ser una excepción y se convierte en norma. No hace falta negar la realidad: basta con saturarla de ruido.

Ayuso y la política de la confrontación permanente

El estilo político de Isabel Díaz Ayuso ilustra bien este fenómeno. Su discurso no se centra en explicar políticas públicas, sino en construir una narrativa moral de choque constante: libertad frente a opresión, nosotros frente a ellos.

No es una excentricidad personal, sino un modelo comunicativo eficaz en tiempos de desconfianza. Cuanto más intensa es la confrontación con el Gobierno central y con Pedro Sánchez, mayor es la movilización emocional de su base. El problema no es el desacuerdo democrático, sino la sustitución del debate racional por una épica identitaria.

Por qué responder con más ruido no funciona

Intentar vencer este tipo de discursos copiando su tono es un error estratégico. La política del grito beneficia siempre a quien la domina mejor. Responder a la provocación con provocación refuerza el marco del adversario y normaliza la idea de que todo es un campo de batalla.

El lingüista George Lakoff lo explicó con claridad: quien controla el marco mental del debate tiene la ventaja. Discutir dentro del marco del adversario es aceptar sus reglas. La alternativa no es el silencio, sino el cambio de marco.

El estado del bienestar no se defiende: se hace sentir

Una de las lecciones más claras de la historia reciente es que el estado del bienestar no se salva con discursos abstractos, sino con experiencias concretas. La ciudadanía no se moviliza por conceptos, sino por certezas.

Cuando la sanidad responde, cuando la educación protege, cuando el transporte es accesible y la vivienda no devora los ingresos, el discurso del desastre pierde fuerza por sí solo. El historiador económico Karl Polanyi mostró que las sociedades se rebelan no contra el mercado, sino contra el abandono social cuando este deja de estar regulado.

La mejor refutación del ultraliberalismo no es ideológica: es práctica.

Reconstruir mayorías, no trincheras

La extrema polarización reduce la política a bandos irreconciliables. Eso beneficia a quienes viven del enfrentamiento y debilita a la democracia. Recuperar mayorías sociales amplias exige abandonar el lenguaje de burbuja y hablar a quienes no se sienten representados por ninguna trinchera ideológica.

El filósofo Antonio Gramsci llamó a esto hegemonía cultural: la capacidad de convertir una propuesta en sentido común compartido. No se trata de imponer, sino de convencer; no de humillar al adversario, sino de ampliar el “nosotros”.

La democracia se sostiene con resultados visibles

Frente a la épica del conflicto, la democracia necesita eficacia cotidiana: control del precio del alquiler, estabilidad laboral, acceso real a servicios públicos y protección frente a los abusos del mercado. Cuando estas políticas funcionan, el discurso del caos pierde credibilidad.

Como advirtió Theodor W. Adorno, la mentira política más eficaz es aquella que se repite hasta parecer inevitable. Romper esa inercia exige algo más difícil que gritar: cumplir.

Salvar la democracia es devolverle sentido

Las democracias occidentales no están condenadas al desastre. Lo que está en juego es su capacidad para ofrecer seguridad material, explicación comprensible y confianza compartida. Vencer discursos como los de Ayuso no pasa por silenciarlos ni imitarlos, sino por hacerlos innecesarios.

La democracia no muere cuando hay conflicto, sino cuando deja de tener sentido para quienes viven en ella. Recuperar ese sentido es hoy el desafío central.

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