José Manuel Albares ha utilizado su comparecencia en el Congreso sobre la crisis de Ceuta para ir bastante más allá de la discusión sobre fronteras y flujos migratorios. El ministro de Asuntos Exteriores ha presentado los acontecimientos del 30 y 31 de julio como una crisis con tres dimensiones inseparables: migratoria y humanitaria, diplomática y europea, pero también digital y política.
Y probablemente ahí haya estado la principal fortaleza de su intervención.
Albares comenzó dejando pocas dudas sobre una cuestión que durante estos días ha alimentado demasiada retórica: «Ceuta y Melilla son España y son Unión Europea», afirmó, vinculando expresamente ambas ciudades a la integridad territorial y la soberanía española. También recordó que el pasado 11 de agosto viajó a Ceuta, convirtiéndose, según explicó, en el primer ministro de Asuntos Exteriores que visita oficialmente la ciudad autónoma, mientras mantenía un contacto permanente con su presidente, Juan Vivas.
No fue una declaración meramente simbólica. A partir de esa premisa construyó prácticamente toda su intervención: lo sucedido en Ceuta no puede tratarse exclusivamente como un problema local ni como otra crisis migratoria más, porque afecta a una frontera española que es también frontera exterior de Europa.
Una crisis que comenzó también en una pantalla
Uno de los elementos más interesantes de la comparecencia fue la reconstrucción que Albares hizo de la propagación digital que precedió a los acontecimientos.
El ministro sostuvo que el detonante inmediato estuvo en una interpretación falsa de una sentencia del Tribunal Supremo difundida masivamente mediante redes sociales. Pero no se limitó a hablar genéricamente de «bulos». Aportó una cronología.
Tras conocerse la resolución judicial, el 8 de julio, comenzaron a circular informaciones en grupos digitales en árabe y darija. Durante aproximadamente tres semanas el impacto fue limitado. Todo cambió el 28 de julio, cuando un vídeo de dos jóvenes que habían conseguido llegar nadando a Ceuta alcanzó, según Exteriores, 1,4 millones de visualizaciones en apenas dos días.
La amplificación posterior pudo superar los 30 millones de visualizaciones, especialmente en Marruecos. Y el 30 de julio, cuando se produjo la entrada masiva, aproximadamente el 60% de todas las publicaciones analizadas desde el 8 de julio se concentraron en un solo día.
La frontera física estaba sometida a presión, pero paralelamente existía otra frontera mucho más difícil de controlar: la digital.
Albares resumió la gravedad de ese fenómeno con una de las frases más contundentes de su intervención: «Las mentiras y los bulos matan personas». Y añadió que también pueden matar la convivencia y terminar dañando la democracia.
La tesis merece atención porque Ceuta demuestra hasta qué punto una falsedad distribuida masivamente puede dejar de ser simplemente desinformación para producir consecuencias físicas sobre el territorio.
Marruecos: diplomacia frente a los eslóganes
El segundo gran eje fue Marruecos. Albares defendió sin complejos la necesidad de mantener una relación diplomática estrecha con Rabat. España puede discutir, exigir y defender sus intereses, pero la geografía no admite discursos mágicos: Marruecos está al otro lado de la frontera de Ceuta y Melilla.
El ministro explicó que desde sus primeras conversaciones con su homólogo marroquí planteó tres exigencias: reforzar el control del lado marroquí, facilitar el retorno de quienes habían entrado irregularmente y evitar que prosperara una nueva convocatoria prevista para el 15 de agosto.
Según los datos aportados, aproximadamente el 90% de quienes entraron irregularmente regresó a Marruecos en menos de 48 horas. Y la segunda convocatoria, propagada durante días en Facebook, Instagram, TikTok y WhatsApp para intentar repetir la entrada el 15 de agosto, fracasó.
Ahí Albares pudo presentar un resultado concreto de la diplomacia. Cooperar con Marruecos no significa renunciar a defender la soberanía española. Y el ministro quiso dejarlo especialmente claro: aseguró que «no ha habido, no hay y no habrá nunca» negociación alguna sobre la integridad territorial de Ceuta y Melilla.
Es una combinación de firmeza y pragmatismo bastante más útil que convertir las relaciones internacionales en una sucesión de proclamas.
El salto de Ceuta a Bruselas
La otra gran virtud de la estrategia expuesta por Albares ha sido conseguir que Ceuta no quede encerrada diplomáticamente dentro de las fronteras españolas.
El ministro contactó con sus homólogos europeos y con los responsables comunitarios de Interior y Mediterráneo. La Comisión Europea reunió a las grandes plataformas digitales y activó mecanismos para combatir la desinformación relacionada con la migración.
Albares explicó además algo que había quedado distorsionado durante los primeros días: una entrada irregular en Ceuta no permite automáticamente acceder a la Península ni circular por el espacio Schengen.
Existe un doble control: primero en la frontera con Marruecos y posteriormente en puertos y aeropuertos antes de acceder a la Península.
Era una aclaración necesaria frente a quienes presentaron la crisis como si decenas de miles de personas pudieran distribuirse automáticamente por toda Europa.
Un mensaje especialmente duro a Italia
Albares reservó una parte de su intervención para reprochar la actuación de algunos socios europeos, especialmente Italia.
Su argumento fue político: España respaldó a Italia durante la crisis de Lampedusa, apoyó a los países del este ante la presión migratoria procedente de Bielorrusia y ha acogido a más de 270.000 refugiados ucranianos. Por eso reclamó reciprocidad.
El ministro calificó de arbitraria la decisión italiana de establecer controles sobre viajeros procedentes de España y consideró que respondía a intereses de política interna. Recordó, además, que Italia registró el pasado año aproximadamente el doble de entradas irregulares que España. La frase que recorrió ese tramo de la comparecencia fue sencilla: "Europa es solidaridad y sin solidaridad no hay Europa".
Una crisis que obliga a mirar más lejos
La intervención de Albares no responde a todas las preguntas sobre el 30 de julio. Tampoco podría hacerlo un ministro de Exteriores, porque buena parte de las incógnitas afectan a inteligencia, seguridad y prevención fronteriza.
Pero dentro de sus competencias ofreció una explicación ordenada y, sobre todo, una perspectiva que faltaba.
Ceuta no es únicamente una valla, un espigón o una cuestión policial. Es el punto donde se encuentran Europa y África; una frontera sometida a una desigualdad económica y demográfica extraordinaria; un espacio condicionado por las relaciones con Marruecos y por la inestabilidad del Sahel; y ahora también un territorio vulnerable a movilizaciones impulsadas en cuestión de horas por algoritmos, redes sociales y campañas de desinformación.
Albares entendió esa complejidad. Y su comparecencia dejó una idea particularmente relevante para el futuro: proteger Ceuta significará reforzar su frontera física, pero también su frontera diplomática, europea y digital. Porque después del 30 de julio España sabe que una crisis fronteriza ya no necesita comenzar necesariamente ante una alambrada.
Puede comenzar con un vídeo de unos segundos en un teléfono móvil y, cuarenta y ocho horas después, convertirse en un problema de Estado.
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