La política internacional suele perdonar la retórica, pero raramente sobrevive a los choques de la cruda geopolítica. Durante años, Vox ha buscado mirarse en el espejo del movimiento Make America Great Again (MAGA) de Donald Trump, importando sus códigos conceptuales, su estética de confrontación y su rechazo a las agendas globales. Sin embargo, la reciente crisis migratoria e institucional en Ceuta (la entrada de 70.000 personas a nado por la frontera sur) ha levantado un muro imprevisto entre ambos actores.
El líder de Vox ha dado un paso adelante en su retórica demagógica populista al afirmar que la “invasión” de Ceuta ha sido “un acto de guerra promovido por Marruecos y tolerado por Pedro Sánchez” y ha abogado por militarizar la frontera para contener la crisis migratoria y que no vuelva a ocurrir. Estas declaraciones no solo han elevado la temperatura del debate nacional, sino que ha chocado de frente contra los intereses estructurales de su gran referente estadounidense. Para el líder de Vox, la situación en la frontera sur de Europa no admite matices diplomáticos. En su reciente comparecencia frente al Palacio Autonómico de Ceuta, Abascal empleó un vocabulario de corte bélico para describir lo sucedido en el espigón fronterizo. Sin embargo, al otro lado del Atlántico, la lectura de los hechos es radicalmente distinta. Donald Trump despachó el asunto reduciéndolo a las consecuencias de “leyes débiles y mala administración” de España. La respuesta de Abascal fue divergente a la directriz marcada por la Casa Blanca y apuntó no solo a Moncloa, sino al aliado fiel de Estados Unidos: Marruecos. Este análisis contra el rey alauita no ha debido gustar a Donald Trump.
Estamos sin duda ante un nuevo síntoma de una desconexión profunda: el enfriamiento de Vox en su relación con MAGA. Vox se encuentra atrapado en una encrucijada donde el nacionalismo patriótico choca con la sumisión ideológica a una superpotencia y al mentor que apoyó el movimiento ultra en nuestro país. Para Donald Trump y el núcleo duro de su doctrina de política exterior, Marruecos no es un adversario, sino un socio estratégico indispensable en el norte de África. La luna de miel entre Washington y Rabat viene de lejos, pero se selló de manera definitiva en diciembre de 2020, cuando la Administración Trump reconoció oficialmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de la normalización de relaciones de Marruecos con Israel. Aquel movimiento reconfiguró el tablero magrebí, consolidando al régimen de Mohamed VI como el gendarme preferente de la Casa Blanca en la región, una posición que las administraciones posteriores han mantenido por razones de estabilidad, contraterrorismo e inteligencia.
Esta realidad deja a las fuerzas de la derecha populista europea en una posición de extrema debilidad intelectual. Mientras que el relato de Vox se construye sobre la premisa de la soberanía nacional indiscutible frente a cualquier injerencia externa, la terca realidad demuestra que sus aliados internacionales priorizan sus propios tableros de ajedrez. Trump aplica su máxima de “América primero”; y en ese cálculo, la estabilidad y complacencia de su principal aliado norteafricano cotiza mucho más alto que las angustias fronterizas de España. El eje Washington-Rabat opera con una autonomía que ignora por completo las afinidades culturales o ideológicas de la llamada “Iberosfera” que Vox trata de cultivar. El distanciamiento ya venía madurando en los últimos meses.
En las redes sociales se venía propagando la idea de que Abascal era el lacayo sumiso de Trump y de sus políticas promarroquíes, pese al discurso patriótico que esgrime Vox. Asumir que el dirigente ultra era el nuevo Don Julián 1.300 años después de la invasión musulmana de la Península Ibérica era una nefasta estrategia política. Ya dio una primera muestra de que está rompiendo lazos cuando el presidente norteamericano arremetió contra la primera ministra Giorgia Meloni y el dirigente voxista tomó partido por ella en lugar de por el patriarca de la internacional ultraderechista. Ese fue un giro radical a la estrategia. Vox venía viviendo en la más absoluta contradicción en el asunto Trump, ya que nadie en este país entendía que el hombre que hunde la industria del aceite y del vino español, a fuerza de aranceles, pueda ser el socio de un partido que se llama a sí mismo patriota. Luego, durante el Mundial de fútbol, llegaron los tejemanejes del gurú de MAGA en los despachos de Infantino mientras la Selección española se perfilaba como primera candidata al título y el país bullía de euforia. Ser amigo de alguien así era muy impopular y muy nocivo de cara a las urnas. Había que desmarcarse de esa amistad contraproducente y Abascal lo ha hecho.
Fuentes internas sugieren que Vox ha ido enfriando discretamente sus lazos con los foros conservadores de Washington al constatar que la agenda estadounidense es ajena a las prioridades españolas en el Mediterráneo. No se puede sostener un discurso de firmeza identitaria frente a Marruecos mientras se rinde pleitesía a un líder estadounidense que refuerza de forma constante las capacidades militares y el estatus diplomático del vecino del sur. En definitiva, la crisis de Ceuta actúa como un baño de realidad para el nacionalpopulismo español. Demuestra que las alianzas de la “ola conservadora mundial” son sólidas en la teoría y en los mítines conjuntos, pero sumamente frágiles cuando entran en conflicto con la seguridad nacional y la integridad territorial. Al verse obligado a elegir entre el aplauso a Trump o la defensa de las fronteras de Ceuta, Abascal ha optado por lo segundo, firmando un distanciamiento explícito que redefine el mapa de alianzas de la derecha española y constata que, en el tablero internacional, los amigos de mis amigos a veces son mis peores amenazas.
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