Crecemos, pero no avanzamos

La economía encadena buenos datos mientras el empleo sigue atrapado en una precariedad persistente que no se corrige solo con más actividad

15 de Enero de 2026
Actualizado a las 10:25h
Guardar
Crecemos, pero no avanzamos
Los riesgos e impactos de la pérdida de la naturaleza tienen importantes consecuencias para las personas, la economía y la estabilidad financiera como se dice estos en la COP29. | Foto: Pexels

España cerró 2025 con cifras macroeconómicas sólidas: crecimiento por encima de la media europea, consumo resistente y un mercado laboral que mantiene niveles elevados de ocupación. Sin embargo, bajo esa aparente estabilidad se consolida una paradoja conocida: el crecimiento no se traduce de forma suficiente en mejores condiciones de vida para una parte significativa de los trabajadores.

El balance económico del año permite hablar de normalización en términos agregados. Tras un ciclo marcado por la pandemia, la inflación y la incertidumbre internacional, la economía española ha mostrado una capacidad de resistencia mayor de la prevista. Pero esa lectura resulta incompleta si se observa qué tipo de empleo se está creando y cómo impacta en la vida cotidiana de quienes lo sostienen.

La distancia entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia social no es nueva, pero se ha hecho más visible a medida que la expansión se prolonga. Mientras los datos confirman una trayectoria positiva, persiste una sensación de fragilidad que no encaja con el relato de recuperación consolidada. No se trata de un empeoramiento abrupto, sino de una precariedad que adopta formas más estables y, por tanto, más difíciles de corregir.

Empleo hay, estabilidad no

El aumento del empleo en los últimos años es real, pero desigual en su distribución y en su calidad. Buena parte de los nuevos puestos se concentran en sectores de bajo valor añadido —servicios, hostelería, cuidados— donde las condiciones laborales siguen siendo frágiles y la capacidad de negociación, limitada. La reducción de la temporalidad clásica, uno de los objetivos centrales de las reformas recientes, no ha eliminado la inseguridad, sino que la ha desplazado hacia fórmulas menos visibles.

El peso creciente de los contratos fijos discontinuos, los periodos de inactividad recurrentes y las jornadas fragmentadas dibuja un mercado laboral en el que la continuidad formal no siempre implica estabilidad real. Para muchos trabajadores, la incertidumbre se mantiene, aunque ya no aparezca reflejada de forma tan clara en las estadísticas.

A esta dinámica se suma la evolución de los salarios. En numerosos convenios, las subidas pactadas han quedado por debajo de la inflación acumulada de los últimos años, lo que ha erosionado el poder adquisitivo incluso entre quienes conservan un empleo estable. Trabajar ya no garantiza una mejora clara de las condiciones de vida, y esa percepción tiene efectos que van más allá del ámbito laboral: condiciona el consumo, retrasa decisiones vitales y debilita la confianza en el futuro.

Un problema estructural

El problema no es solo cuantitativo. La productividad continúa avanzando con dificultad, la inversión en formación sigue siendo insuficiente y la segmentación del mercado laboral penaliza de forma recurrente a jóvenes y mujeres. Para quienes se incorporan ahora al empleo, la estabilidad aparece como una expectativa aplazada, no como un horizonte cercano.

La dimensión territorial añade otra capa de desigualdad. Las zonas con mayor dinamismo económico concentran oportunidades laborales, pero también un encarecimiento sostenido de la vivienda y de los servicios básicos. En la práctica, el crecimiento tiende a neutralizarse: más empleo, pero menos margen real para mejorar las condiciones de vida. En los territorios con menor actividad, la alternativa suele pasar por aceptar empleos de peor calidad o por trayectorias laborales intermitentes.

Nada de esto invalida los avances logrados ni el impacto positivo de algunas reformas. Pero sí obliga a matizar el diagnóstico. El crecimiento, por sí solo, no corrige inercias profundas ni redefine un modelo productivo que sigue apoyándose en sectores de bajo valor añadido. Sin políticas que refuercen la negociación colectiva, impulsen actividades más productivas y redistribuyan de forma más eficaz los beneficios de la expansión, la brecha entre los datos y la realidad persistirá.

La paradoja es conocida, pero no por ello menos relevante: la economía crece mientras una parte significativa de la población no percibe una mejora proporcional. No por desconocimiento, sino porque el empleo que se crea no siempre permite vivir mejor. La precariedad ha dejado de ser un fenómeno asociado a las crisis para convertirse en un rasgo estructural. Y ese sigue siendo el principal desafío pendiente.

Lo + leído