Bendodo, ese señorito andaluz

El portavoz del PP asegura que el socialismo era "cobrar mucho y trabajar poco", una humillación a la clase obrera y una muestra de ignorancia de la historia de Andalucía

24 de Abril de 2026
Actualizado a las 11:13h
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Bendodo arremetió ayer contra el socialismo andaluz
Bendodo arremetió ayer contra el socialismo andaluz

Elías Bendodo ha acusado al socialismo de “cobrar mucho y trabajar poco”. Es un ataque directo, además de una humillación, a la clase trabajadora. Las palabras del dirigente popular malagueño han generado indignación en muchos andaluces como Javier Aroca, el tertuliano de Malas lenguas que ayer estalló en televisión contra quienes tienen la manía de colgarle a los andaluces el sambenito de vagos y perezosos. En Andalucía, la memoria histórica del campesinado, del jornalero y del obrero agrícola está profundamente marcada por décadas (incluso siglos) de desigualdad estructural, de sangre, sudor y lágrimas. Por eso, cuando un dirigente político recurre a este tipo de afirmaciones, se activa de inmediato un imaginario colectivo: el del señorito andaluz, figura asociada al poder económico tradicional, a la propiedad de la tierra y a la explotación de quienes la trabajaban. 

Para entender por qué Bendodo recurre a un discurso carroñero contra el socialismo conviene recordar la situación del campo andaluz durante siglos, especialmente durante los años anteriores a la llegada de la Segunda República. El 2 por ciento de los propietarios controlaba más del 50 por ciento de la tierra cultivable en regiones como Andalucía y Extremadura. Los trabajadores doblaban el espinazo de sol a sol por un sueldo de miseria mientras los terratenientes llevaban una vida de lujos. En provincias como Jaén, Sevilla o Córdoba, la estructura latifundista era dominante, con fincas que superaban con frecuencia las quinientas hectáreas. Miles de jornaleros vivían en condiciones de extrema precariedad: trabajo estacional, salarios de miseria y ausencia de derechos laborales consolidados. Nacían en la chabola y morían en la chabola. Entre medias, el sol castigador bajo el olivo, el dolor, la injusticia y el sufrimiento. Y todo ello con el consentimiento de las clases altas, la aristocracia, los partidos de derechas y la Iglesia católica, que trataban a las personas como bestias de carga. No hay más que leer Los santos inocentes, de Miguel Delibes. Bendodo se merecería una vida como la que llevaron los abuelos de muchos que hoy le votan de forma imprudente. 

La Ley de Reforma Agraria de 1932 fue un intento de corregir esta desigualdad. Su objetivo era expropiar tierras infrautilizadas y entregarlas a campesinos sin recursos. Aunque su aplicación fue lenta y encontró una fuerte resistencia de los grandes propietarios, los historiadores coinciden en que representó uno de los esfuerzos más ambiciosos de modernización social en el campo español. En este contexto, la figura del cacique y del señorito no es una caricatura, sino una realidad documentada por los historiadores. Muchos terratenientes ejercían un control político y económico sobre los jornaleros, condicionando su acceso al trabajo según su obediencia electoral. La literatura sociológica y los informes de la época describen prácticas como listas negras de trabajadores que apoyaban a sindicatos; contrataciones selectivas según la orientación política; y amenazas de despido y expulsión de cortijos para quienes participaban en huelgas. Por eso, cuando se acusa al socialismo de fomentar la vagancia, numerosos historiadores señalan que este tipo de discursos ignoran (o minimizan) la historia de explotación que vivió la clase trabajadora andaluza.

Analistas políticos han descrito declaraciones como las mencionadas como ejemplos de demagogia, entendida como el uso de mensajes simplificados, emocionales y polarizantes para movilizar a un sector del electorado. Este tipo de discursos suele funcionar porque apelan a estereotipos arraigados, construyen un relato entre “ellos” y “nosotros”; y desvían la atención de debates estructurales, como la desigualdad o la precariedad laboral.

En Andalucía, algunos expertos señalan que la narrativa utilizada por Bendodo, que presenta al socialismo como responsable de todos los males de la región, ha sido utilizada durante años por sectores conservadores para erosionar el apoyo al PSOE, que gobernó la comunidad durante décadas. Esta estrategia ha incluido la repetición de mensajes que asocian al socialismo con el atraso económico. Además, la difusión de bulos sobre políticas sociales, presentándolas como “paguitas” o incentivos a la inactividad, suele ser una humillación a la clase trabajadora, que curiosamente ha decidido dar la espalda a la izquierda para votar al PP o a Vox.

Diversos estudios de comunicación política muestran que los bulos y los mensajes emocionales deshumanizadores como los vertidos por Bendodo tienen un impacto mayor que los datos en la opinión pública, especialmente cuando se repiten de forma sistemática. A lo largo de los últimos años, ciertos discursos de la derecha andaluza han buscado construir una imagen de la región basada en dos ideas principales: el PSOE habría mantenido a Andalucía en la pobreza para conservar el poder; y las políticas sociales serían un mecanismo de dependencia y no de protección. Todo es mentira; fue exactamente el revés. Fue la derecha la que históricamente cultivó hambre y miseria en los campos andaluces. Las investigaciones académicas sobre desarrollo regional muestran que la realidad es mucho más compleja. Andalucía arrastra desde el siglo XIX un modelo económico basado en latifundismo y baja industrialización. Atribuir los problemas de Andalucía exclusivamente a un partido político como el PSOE ignora factores estructurales e históricos que siguen condicionando el presente. Aquí, si ha habido un vago de verdad, ha sido el señorito. Bendodo, como representante de la casta de la derecha, lo sabe muy bien.

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