Oponerse a la regularización de los inmigrantes que viven y trabajan en España sin papeles, al margen de la legalidad y, por tanto, susceptibles de ser explotados en la economía sumergida, expresa una inhumanidad y un desconocimiento de la realidad, que solo puede anidar en las mentes que viven con temor por las intenciones aviesas que la derecha radical y la ultraderecha atribuyen, con mensajes falaces, a los que son y piensan de manera diferente. Mentiras que necesitan para inocular un miedo irracional al inmigrante, en genérico, con calificativos mendaces y afirmaciones denigrantes de todo tipo: vienen a delinquir y a quitarnos lo que es nuestro, a violentar a nuestras mujeres o, el más inverosímil de todos, a suplantar nuestro modelo cultural por el suyo.
Como siempre, el PP olvida su pasado cuando no le viene bien recordarlo. Aznar desarrollo tres procesos de regulación, en 1996, 2000 y 2001, a los que se acogieron más de 500.000 inmigrantes. Si en esa época nadie rechistó, ¿por qué ahora Feijóo monta una escandalera sin sentido por una regularización como las que aprobaron los Gobierno de Aznar? ¿Por qué entonces fueron medidas positivas y ahora no? ¿Por qué juega a la contra de la CEOE y la Iglesia que consideran la regularización necesaria?
No se pueden subordinar las ideas propias aplicadas en el pasado por el propio PP, a una estrategia cortoplacista, de vuelo gallináceo, por meras cábalas electorales, porque de este modo confirma ante la ciudadanía la ausencia de un plan, de un proyecto ideológico propio para la sociedad española, demostrando que todo está condicionado por la obsesión de derribar al gobierno progresista como sea y cuanto antes, y acabar con Sánchez y su gestión que desprecian: el Sanchismo.
Obsesión que lleva a Feijóo a desmantelar los principios ideológicos de la derecha moderada, dialogante y constructiva, a la europea, sustituidos por una suerte de devenir táctico al albur de los acontecimientos. La obsesión nubla el pensamiento y la reflexión necesarias para hilar una estrategia propia que presentar a la ciudadanía española para poder gobernar España. Al no existir tales mimbres en la mente de Feijóo ni de sus acólitos, el PP navega contra el viento de la historia, incapaz para desbrozar el grano de la paja: las tendencias de fondo que apuntan al principio del fin del ciclo del populismo disruptivo cuyo epítome es el errático Trump.
Sin ningún plan propio ni a corto ni a medio plazo, Feijóo se agarra al discurso de la ultraderecha, de Vox, por el miedo que siente en las canillas de que le coma la tostada electoral y dé el sorpasso al PP. De ahí el aumento en la radicalidad de su discurso que, por su confusión mental, le impide ver el beneficio que obtiene la ultraderecha al normalizar su mensaje. Por eso hablar de acuerdo para gobernar en Extremadura es un oxímoron, porque de lo que se trata es de una rendición ante Vox y sus postulados filo fascistas focalizados en la inmigración. Resulta absurdo que se vanaglorie de haber llegado a un acuerdo que se ha producido cuándo y cómo Vox ha querido, según afirmó el día anterior a la rúbrica su líder regional y futuro Vicepresidente de la Junta: somos nosotros los que decidimos si María Guardiola será presidenta. Solo había que ver el rostro de la interfecta, el propio de quien debe tragarse el sapo de saber que será una Presidenta sin poder para llevar la manija del ejecutivo.
En lugar de vanagloriase de un acuerdo que, en el fondo y en la práctica, verifica la conversión del PP en lacayo de los designios que determine Vox, como sucederá en Aragón, Castilla y León, y veremos en Andalucía; Feijóo debería aprender lo que no sabe hacer, pensar y reflexionar: ¿por qué no puede pactar con ninguna formación de su ámbito ideológico? Claro está que para los desnortados como él eso es como pedir peras al olmo a quien es incapaz de reconocer ningún fallo: yo en el error, pero firme que es ley para quienes necesitan sublimar su nula autoestima.