Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a utilizar México como campo de batalla ideológico. Sus palabras —“Pregúntenle a la presidenta mexicana y a los mexicanos qué hay en la calle Guatemala 24, en Ciudad de México. ¿Qué hay bajo tierra?”— pretenden presentar el pasado mexica como una prueba de barbarie y, por contraste, convertir la llegada española en una especie de acto civilizador. Es una maniobra vieja: reducir la historia prehispánica a cráneos, sacrificios y sangre para sostener que antes de España no había más que oscuridad.
Pero la arqueología desmonta ese relato. Bajo la calle Guatemala 24 se halló una sección del Huei Tzompantli de Tenochtitlan, descubierto entre 2015 y 2017 durante trabajos de recimentación, según el INAH. No era “la nada”: era parte del corazón ceremonial, político y religioso de una de las grandes capitales del mundo mesoamericano.

El propio Gobierno de México explica que el tzompantli no puede leerse solo como un monumento a la muerte, sino como una estructura con significado religioso, artístico y cosmológico: una representación de continuidad, poder y eternidad dentro de la cultura mexica. Ayuso, sin embargo, lo usa como si hubiera descubierto una coartada moral para blanquear la conquista.
El argumento es tramposo. Que en Tenochtitlan existieran sacrificios humanos no convierte automáticamente a Europa en un paraíso de derechos humanos. Mientras Ayuso señala los cráneos mexicas, conviene recordar que la Europa cristiana también llenó su historia de hogueras, ejecuciones, persecuciones religiosas, guerras dinásticas y violencia política. Las cazas de brujas de la Edad Moderna llevaron a casi 100.000 personas procesadas y entre 40.000 y 60.000 ejecutadas, en su mayoría mujeres.

La Inquisición española tampoco fue una anécdota piadosa. Las estimaciones modernas oscilan: algunos historiadores hablan de unas 3.000 ejecuciones, otros de entre 4.200 y 5.250, y otros elevan la cifra hasta unas 10.000 o más según el cálculo y el periodo analizado. Ereticopedia, al resumir la discusión historiográfica, recoge esas horquillas y señala unas 4.500 ejecuciones confirmadas entre 1481 y 1820, con unas 3.000 antes de 1540.
![Estadísticas de juicios y ejecuciones en relaciones de causa para el período 1540–1700 según el cálculo de 1986 [Contreras Henningsen] Estadísticas de juicios y ejecuciones en relaciones de causa para el período 1540–1700 según el cálculo de 1986 [Contreras Henningsen]](/uploads/s1/22/86/21/0/estadisticas-de-juicios-y-ejecuciones-en-relaciones-de-causa-para-el-periodo-1540-1700-segun-el-calculo-de-1986-contreras-henningsen_4_1000x563.jpeg)
Y si hablamos de cráneos en espacios públicos o religiosos, Europa tampoco puede dar lecciones desde una superioridad impostada. Las Catacumbas de París conservan restos de más de seis millones de personas, trasladados desde cementerios saturados y después ordenados en muros de fémures, tibias y cráneos con criterio museográfico y monumental. El osario de Sedlec, en la República Checa, convirtió restos humanos en decoración simbólica y religiosa, con pirámides óseas, lámparas y motivos vinculados a la muerte, la resurrección y el Juicio Final.

La diferencia es que nadie sensato usa las Catacumbas de París para decir que Francia “era barbarie”, ni el osario de Sedlec para afirmar que Europa necesitaba ser conquistada por otra civilización. Solo con México se permite ese atajo colonial: mirar sus restos humanos como prueba de inferioridad y mirar los europeos como patrimonio, memoria o arte funerario.

Eso es lo grave de las palabras de Ayuso. No está haciendo historia. Está haciendo propaganda. Presenta el mestizaje como una unión limpia y feliz, ocultando que la conquista implicó guerra, imposición religiosa, explotación, destrucción de estructuras políticas indígenas, epidemias y un sistema colonial de jerarquías raciales. El mestizaje existió, sí, pero no borra la violencia que lo atravesó.

México no empezó con los españoles. Antes de la conquista había ciudades, calendarios, escritura, comercio, arquitectura, agricultura, astronomía, diplomacia, arte, guerra, religión y poder político. Había civilizaciones complejas, con luces y sombras, como todas. Negarlo para alimentar una batalla cultural desde Madrid es ignorancia o cinismo.

Ayuso pretende preguntar qué hay bajo tierra en Guatemala 24. La respuesta es sencilla: hay historia. Hay una civilización anterior a España. Hay memoria indígena. Hay una prueba arqueológica de que México no nació cuando llegaron los conquistadores. Lo que queda enterrado bajo sus palabras no es el pasado mexicano, sino la vieja soberbia colonial de quienes aún creen que América empezó cuando Europa decidió mirarla.
