Todo el mundo conoce el chiste del paciente y el dentista, en el que una persona, tras sentarse en el sillón agarra con fuerza los genitales del odontólogo, da un giro a la mano y le dice: "Vamos a llevarnos bien". Ese mismo escenario es el que vive con demasiada recurrencia la actual situación política en España, donde las minorías tienen cogidas por salva sea la parte a los líderes de los partidos mayoritarios. Pedro Sánchez lo lleva sufriendo toda la legislatura con Carles Puigdemont. Ahora, Alberto Núñez Feijóo lo sufre con Santiago Abascal.
España se encuentra en un punto de ebullición donde las estrategias de gobernabilidad chocan frontalmente con las identidades partidistas. El líder de Vox, Santiago Abascal, en una entrevista en Antena 3, ha marcado una línea roja en las negociaciones territoriales, calificando como una "ofensa" y un "error" el documento marco propuesto por el Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo. Este choque no es una mera discrepancia técnica, es un pulso sobre la hegemonía de la derecha y el reconocimiento de Vox como un actor institucional de pleno derecho.
La crítica de Abascal se dirige al corazón de la estrategia de Génova, que intenta establecer un cordón sanitario ideológico bajo la apariencia de un acuerdo de gobernabilidad en regiones clave como Extremadura y Aragón. Para el líder de Vox, la propuesta de Feijóo es una "generalidad" que trata a sus potenciales socios como elementos ajenos al sistema. La expresión de Abascal es clara: el PP pretende negociar como si estuviera "pactando con salvajes", intentando un proceso de "doma" que Vox no está dispuesto a aceptar.
Fin de los cheques en blanco
Frente a la estabilidad presupuestaria a largo plazo que busca el Partido Popular, Vox propone una fiscalización quirúrgica del poder. El planteamiento de Abascal rompe con la tradición de los pactos de investidura genéricos para exigir una fase de negociación medida a medida y decreto a decreto. Esta táctica busca evitar que Vox quede diluido en la gestión del PP, garantizando que cada partida presupuestaria y cada plazo de ejecución tengan el sello de la formación de extrema derecha.
La negativa de Abascal a aprobar de antemano todos los presupuestos de la legislatura, una propuesta de Feijóo para blindar la estabilidad de los gobiernos regionales, demuestra una desconfianza profunda. Para el presidente de Vox, la estabilidad no es un fin en sí mismo si no va acompañada de un "cambio de rumbo" programático real, es decir, la imposición del programa de Vox. Sin garantías de cumplimiento y plazos concretos, el apoyo de Vox se venderá caro, reafirmando su papel como agente insustituible para el bloque conservador.
La integridad personal como capital político
Uno de los puntos de mayor fricción en este análisis político es la defensa del Estado de Derecho. Abascal ha reaccionado con dureza ante las insinuaciones de Feijóo que sitúan a Vox fuera del marco democrático o constitucional. Al reivindicar su propia trayectoria y su integridad personal como avales de su compromiso democrático, Abascal no solo defiende sus siglas, sino que lanza un aviso al PP: el riesgo de ofender al socio necesario puede conducir al bloqueo institucional.
Este pulso pone de manifiesto la dificultad del Partido Popular para gestionar su relación con Vox. Mientras Feijóo intenta proyectar una imagen de moderación para captar el voto de centro, Vox le recuerda que su supervivencia política depende de la aritmética parlamentaria que ambos comparten. El desdén hacia el documento marco propuesto por los populares es, en última instancia, una exigencia de respeto institucional y un rechazo frontal a ser considerados un "mal menor" o una anomalía dentro de la democracia española.
Política de llaves
La posición de fuerza que hoy exhibe Santiago Abascal ante Alberto Núñez Feijóo guarda un paralelismo estratégico casi milimétrico con la que Carles Puigdemont ejerce sobre Pedro Sánchez. Aunque situados en polos ideológicos opuestos, ambos líderes han perfeccionado la política de la "llave", transformando su carácter de socios minoritarios en una capacidad de veto total sobre el bloque que pretenden liderar.
La primera similitud reside en la ruptura del chantaje del "mal menor". Históricamente, el bipartidismo asumía que las fuerzas en sus extremos acabarían cediendo para evitar que gobernara el bando contrario. Sin embargo, al igual que Junts ha demostrado que no le tiembla el pulso a la hora de poner en riesgo la estabilidad del gobierno de Sánchez si no se cumplen sus demandas nacionales, Abascal ha dejado claro que la alternativa de una izquierda en el poder no es suficiente para que Vox acepte una posición de subordinación decorativa.
Ambos actores han detectado que su supervivencia política depende de la diferenciación. Para Puigdemont, plegarse sin concesiones tangibles sería su muerte política frente al independentismo de ERC; para Abascal, aceptar el "documento marco" de Feijóo sería validar la absorción de Vox por el PP. La consigna en ambos despachos es la misma: cobrar el apoyo por adelantado y en piezas de convicción.
"Extorsión" legislativa
La posición de Puigdemont obligó al PSOE a una legislatura de "pago por visión", donde cada votación en el Congreso se convierte en una negociación de vida o muerte. Abascal propone exactamente el mismo modelo para el bloque de la derecha: la negociación "medida a medida y decreto a decreto".
Esta técnica de estrés institucional busca evitar los pactos de legislatura estables para mantener al líder del partido mayoritario en un estado de dependencia permanente. Tanto Junts como Vox han aprendido que el poder no reside en estar en el Gobierno, sino en ser el factor que permite que el Gobierno exista cada mañana.
El factor personal
Existe también una analogía en la narrativa de la "persecución y la integridad". Mientras Puigdemont ha construido su liderazgo sobre la épica del "exilio" y la resistencia frente al Estado, Abascal reivindica su "integridad personal" y su historial de defensa del Estado de Derecho como un capital que Feijóo no puede despreciar.
Ambos se presentan como líderes que han pagado un precio personal por sus ideas y que, por tanto, no van a permitir que se les trate como "salvajes" o actores secundarios. Esta carga emocional convierte las negociaciones políticas en cuestiones de honor, donde la "ofensa", palabra clave en el discurso actual de Abascal, pesa tanto o más que las partidas presupuestarias.
