La muerte del periodista y escritor Raúl del Pozo ha provocado una oleada de artículos en numerosos medios de comunicación. En la mayor parte de ellos se repite una narrativa similar: la del cronista irrepetible, el columnista libre, el escritor bohemio que supo retratar la Transición y el poder político con una pluma afilada. Sin embargo, cuando se examinan con detalle muchos de esos textos de homenaje aparece un fenómeno habitual en el periodismo español: la tendencia a convertir a determinadas figuras mediáticas en mitos incontestables.
Raúl del Pozo fue, sin duda, un periodista relevante dentro de la prensa española contemporánea. Su larga trayectoria en diarios como El Mundo y su presencia habitual en tertulias radiofónicas le otorgaron una visibilidad constante durante décadas. Su estilo literario, cargado de metáforas, referencias culturales y una retórica muy personal, le convirtió en una voz reconocible dentro del género de la columna.
Pero una cosa es reconocer esa influencia y otra muy distinta aceptar sin matices la imagen casi legendaria que muchos han difundido tras su fallecimiento.
El mito del cronista de la Transición
Uno de los elementos más repetidos en los homenajes es la idea de que Del Pozo fue uno de los grandes cronistas de la Transición española. Sin embargo, esa afirmación necesita matices.
La Transición fue narrada por una amplia generación de periodistas: desde Victoria Prego hasta Juan Luis Cebrián, pasando por numerosos reporteros parlamentarios y cronistas políticos. Del Pozo no fue el único ni necesariamente el más influyente en ese ámbito. Su trabajo se situó más bien en el terreno de la columna de opinión y del comentario literario de la actualidad.
Es decir, su aportación fue más estilística que informativa. En sus textos predominaba la mirada subjetiva y el juego retórico, no la investigación periodística ni el reportaje político de profundidad.
Un estilo brillante… pero discutido
Otro de los rasgos que lo han elevado a categoría de genialidad indiscutible es su estilo literario. Del Pozo escribía columnas densas, cargadas de imágenes, con una prosa que a menudo buscaba la sorpresa o el deslumbramiento.
Ese estilo tenía admiradores, pero también críticos. Algunos lectores y colegas señalaban que su escritura podía resultar excesivamente barroca o críptica, más cercana a la literatura que al periodismo informativo. En ocasiones sus columnas se movían en un terreno ambiguo entre la crónica, el ensayo personal y la opinión política.
Esta característica, lejos de ser un defecto en sí misma, explica por qué su figura fue valorada sobre todo en el ámbito del columnismo literario. Pero también desmonta la idea de que representara un modelo universal de periodismo.
La construcción mediática del personaje
Una parte importante del prestigio de Del Pozo se construyó también alrededor de su personaje público. Durante años cultivó la imagen del periodista bohemio, amante de la literatura, de los bares madrileños y de las conversaciones con escritores y políticos.
Ese perfil, muy atractivo desde el punto de vista narrativo, encajaba bien en una tradición española de periodistas-escritores que va desde Francisco Umbral hasta Manuel Vicent. Sin embargo, esa construcción mediática contribuyó a que su figura se percibiera como algo más excepcional de lo que realmente fue dentro de la profesión.
El periodismo español contemporáneo está lleno de reporteros, corresponsales e investigadores cuya influencia real en la información pública ha sido mucho mayor, aunque con menos presencia en el imaginario cultural.
El riesgo de ser complacientes
Los obituarios cumplen una función legítima: recordar la trayectoria de una persona fallecida y valorar su legado. Pero cuando se convierten en elogios acríticos pueden distorsionar la memoria colectiva.
Raúl del Pozo fue un columnista con talento literario, un observador irónico de la vida política y cultural española y una figura mediática reconocible durante décadas. Pero no fue el único gran cronista de su tiempo ni el paradigma absoluto del periodismo.
Separar el talento real de la mitificación póstuma no reduce su figura. Al contrario: permite entender mejor qué aportó realmente a la prensa española. Y esa aportación, situada en el territorio del columnismo literario y de la mirada personal sobre la actualidad, ya es suficientemente significativa como para no necesitar exageraciones.