Antonio Tejero, el teniente coronel que protagonizó el intento de golpe de Estado del 23F, ha muerto hoy a los 93 años. El exmilitar fue condenado a 30 años de prisión por rebelión tras irrumpir en 1981 en el Congreso de los Diputados. El anuncio de su muerte coincide con la publicación de los documentos desclasificados sobre el golpe fallido.
Su fallecimiento cierra definitivamente la biografía de uno de los protagonistas más controvertidos de la Transición española, una figura que durante más de cuatro décadas ha simbolizado el último gran desafío militar contra la democracia recién recuperada.
Tejero fallece sin haber renegado jamás de su papel en el 23F. Hasta sus últimos años mantuvo una visión justificativa de aquel episodio, que él siempre presentó como un intento de “salvar a España” del caos político. Esa falta de arrepentimiento lo convirtió en un personaje incómodo para las instituciones y en un símbolo persistente para sectores ultraderechistas que nunca aceptaron plenamente el sistema democrático nacido de la Constitución de 1978.
Su muerte reabre inevitablemente el debate sobre el legado del 23F, un acontecimiento que marcó a toda una generación y que consolidó la imagen del rey Juan Carlos I como garante de la democracia. La irrupción de Tejero en el Congreso de los Diputados, pistola en mano, interrumpiendo la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, quedó grabada en la memoria colectiva como el momento en que la joven democracia española estuvo más cerca de quebrarse.
El golpe fracasó, pero su impacto fue profundo. La imagen de los diputados agachados bajo los escaños, el tiroteo al techo del hemiciclo y la incertidumbre que se extendió por el país durante horas forman parte del imaginario político español. Tejero fue condenado a 30 años de prisión por rebelión militar, aunque solo cumplió algo más de la mitad antes de obtener la libertad condicional en 1996.
Desde entonces, llevó una vida discreta en Málaga, aunque nunca renunció a participar en actos vinculados a la extrema derecha. Su presencia en homenajes franquistas o en celebraciones del 20N generó polémicas recurrentes. Para algunos sectores, su figura representaba una reliquia del pasado; para otros, un recordatorio de que la democracia española tuvo que enfrentarse a amenazas internas incluso después de la muerte de Franco.
La muerte de Tejero llega en un momento en el que el debate sobre la memoria histórica y el legado del franquismo sigue muy presente en la política española. Su figura, lejos de diluirse con el tiempo, ha sido utilizada en ocasiones como arma arrojadiza en discusiones sobre la calidad democrática, la legitimidad de las instituciones o el papel de las Fuerzas Armadas en la España contemporánea. Su fallecimiento no cierra esos debates, pero sí marca el final biográfico de uno de los últimos protagonistas directos de aquel episodio.
En el ámbito institucional, la reacción a su muerte será previsiblemente sobria. Tejero no ocupaba ningún espacio relevante en la vida pública y su figura no generaba consenso ni reconocimiento oficial. Para la mayoría de partidos democráticos, su nombre está asociado a un intento de subvertir el orden constitucional. Para otros, especialmente en la extrema derecha, su figura ha sido reivindicada como símbolo de una España autoritaria que nunca desapareció del todo del imaginario de ciertos grupos.
Historiadores y analistas coinciden en que el 23F fue un punto de inflexión. El fracaso del golpe permitió reforzar la legitimidad del sistema democrático y aceleró reformas pendientes en el ámbito militar. La muerte de Tejero invita a revisar ese episodio con perspectiva histórica: no solo como un intento fallido de involución, sino como un momento que obligó a la sociedad española a reafirmar su compromiso con la democracia.
En los últimos años, Tejero había desaparecido casi por completo del debate público. Su figura sobrevivía más como símbolo que como actor político. Su fallecimiento cierra un capítulo, pero no borra las preguntas que su legado plantea: cómo se construye una democracia después de una dictadura, qué resistencias internas enfrenta y cómo se gestionan las sombras del pasado.
Con la muerte de Tejero, desaparece uno de los últimos rostros visibles de la España que intentó frenar la consolidación democrática. Su figura quedará para siempre ligada a una noche de incertidumbre que puso a prueba la fortaleza de las instituciones. El juicio histórico sobre su papel ya está escrito; su fallecimiento solo lo subraya.
